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Un encuentro con el Getsemaní, la Cruz y la Tumba vacía, Néstor A. Blanco S.

La extraordinaria vida de Jesús de Nazareth se desarrolla en una sucesión de siete hechos que comienzan con su encarnación, nacimiento, ministerio, Getsemaní, pasión, muerte y resurrección

El drama de una muerte por crucifixión la puede experimentar cualquier mortal, pero el Getsemaní solo lo pudo sufrir Él, Jesús triunfa sobre la muerte y se convierte entonces en la muerte de la muerte, La resurrección de Cristo es lo que le da valor a la cruz y al Getsemaní

Introducción
Los templos cristianos se llenan de gente por el anecdotario de Jesús en lo que la cultura popular conoce como Semana Santa. Si Cristo hubiera muerto en nuestros días, la prensa mundial cubriría el suceso de la cruz, sin importarle para nada la crisis del Getsemaní; porque el hecho de la crucifixión es espectacular, es público y notorio, y eso es lo que lo convierte en noticia. Quizás esa sea la razón por la cual, al recordar la obra redentora del Hijo de Dios, a los cristianos nos llame más la atención la crueldad del sufrimiento físico de un hombre clavado en un madero, que la silenciosa angustia existencial del único ser sin pecado, quien, para poder salvarnos de la condenación eterna, tuvo que experimentar el dolor como si hubiera pecado, que es, justamente, donde se inscribe la verdadera dimensión de su sufrimiento.
La extraordinaria vida de Jesús de Nazareth se desarrolla en una sucesión de siete hechos que comienzan con su encarnación, nacimiento, ministerio, Getsemaní, pasión, muerte y resurrección. En esta ocasión nos enfocaremos en comparar la intimidad de la crisis del jardín del Getsemaní con la escandalosa noticia de su muerte vicaria en una cruz, como antesala al incomparable portento de su resurrección.

1.- La Cruz
«…Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio» (Juan 19:17-18).
La cruz tiene miles de años de antigüedad en sus diversas formas. Era conocida y venerada por todos los pueblos del mundo. Cuando los primeros europeos llegaron a México, se sorprendieron al ver que la cruz, emblema sagrado de su fe, se erigía como objeto de veneración en el templo pagano de Anahuac. También fueron encontradas cruces en sepulturas prehistóricas de los antiguos peruanos en América.
La crucifixión es un método antiguo de ejecución, donde el condenado era atado o clavado en una cruz de madera o entre árboles, o en una pared, y dejado allí hasta su muerte. Probablemente se originó en Asiria. Este método fue utilizado sistemáticamente por los persas del Imperio Aqueménida durante el siglo VI a.C, ya que consideraban sagrada la tierra, por lo que suspender al reo ejecutado desde postes era la forma más apropiada de disponer de sus restos para no ofender a sus dioses. Los cartagineses la introdujeron en Roma en el siglo III a.C, durante las guerras púnicas. Fue así como esta forma de ejecución fue ampliamente utilizada con otras modalidades en la Roma antigua y en culturas vecinas del Mediterráneo.
La víctima crucificada tenía que desnudarse por completo antes de ser clavada a la cruz, sin importar si era hombre o mujer. Por eso la crucifixión era considerada como la forma más vergonzosa y humillante de morir. De hecho, como pena capital, estaba reservada para los esclavos y los criminales de peor abyección. Ya las Sagradas Escrituras recogían la sentencia: «…La maldición sea sobre todo hombre colgado de un madero» (Deuteronomio 21:23).
El tiempo necesario para alcanzar la muerte podía variar entre algunas horas y varios días; dependiendo exactamente del método empleado, el estado de salud de la persona crucificada, y las circunstancias ambientales. El historiador judío Flavio Josefo describe que encontró a dos de sus amigos crucificados colgando todavía vivos durante una semana. Él rogó por ellos y se les concedió el indulto, uno de ellos murió y el otro logró recuperarse.
A pesar de que la crucifixión tiene suficiente documentación histórica, solo existe como evidencia material un descubrimiento antropológico en 1968 de un cuerpo crucificado que data del Imperio Romano, alrededor de la época de Jesús, descubierto en la localidad de «Giv’at ha-Mivtar» (Ras el-Masaref), al norte de Jerusalén, los restos fueron encontrados accidentalmente en un osario con el nombre del crucificado en él, «Yehohanan, hijo de HGQWL». Ambos talones del sujeto habían sido atravesados por un solo clavo, el cual aún se encontraba doblado por la punta, con adherencias de madera de acacia; lo que indicaba que el hombre había sido crucificado.
La muerte por crucifixión fue utilizada por los romanos hasta el año 337, después de que el cristianismo fue legalizado en el imperio en el año 313, favorecido por el emperador Constantino al final de su mandato, pero antes de que se convirtiera en la religión oficial de Roma.
Marco Tulio Cicerón, el famoso orador romano, dijo que la crueldad de la crucifixión no se puede describir con palabras. Aunque el sufrimiento de Jesús y su muerte representan elementos centrales de la teología cristiana, nos asombraría saber que Jesús fue de los que sufrió menos en una cruz. Entre el momento de clavarlo en ella y el de su muerte pasaron unas seis horas, lo cual era una rareza. Hubo crucificados que fueron cubiertos con un comburente lento conocido como brea; de manera que a la maldad de la crucifixión, se agregaba la de morir horrorosamente quemado.
Nuestra intención no es disminuir la intensidad del sufrimiento de Jesús. Lo que intentamos es ubicar su sufrimiento -que fue incomparable- en su justa dimensión, que no es, precisamente lo físico, sino lo moral, y como tal no puede ser experimentado por ningún otro ser viviente, porque Cristo era el único que podía pagar la deuda legal del pecado que pesaba sobre todos los hijos de Adán. De forma que Jesús no fue actor en un torneo de sufrimiento físico. El sufrimiento del Hijo de Dios es absolutamente incomparable con cualquier otra forma conocida de sufrimiento que pueda ser experimentado por alguien, porque Él es el único hombre sin pecado, y esa era la condición que satisfacía le demanda de la justicia de Dios para que la humanidad pudiera ser justificada y librada de la condenación eterna.

2.- El Getsemaní
Mateo, el evangelista, recoge con filigrana los detalles de lo que ocurre en el encuentro final de Jesús con su Padre antes de ir a la cruz: «Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega» (Mateo 26:36-46).
La intimidad es una de las variables que diferencia al Getsemaní de la cruz. La teología debe guardar un respeto reverente por la oportunidad en la que el Hijo de Dios, quien representa la más pura inocencia, va a encontrarse en el tramo final de su travesía terrenal con una experiencia que le es ajena.
Pablo, el teólogo por antonomasia de la Iglesia, lo describe en un lenguaje que la cultura no ha podido superar: «…Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». O como lo recoge otra versión: «Cristo no cometió ningún pecado; pero, por nosotros, Dios lo trató como si fuera pecador, para que nosotros, al estar unidos a Cristo, lleguemos a tener la vida recta que Dios quiere que tengamos» (2ª Corintios 5:21).
El lenguaje del Espíritu Santo es escrupulosamente cuidadoso, no dice que Dios lo hizo pecador, porque la condición a partir de la cual nos hacemos pecadores descansa en una decisión. No pecamos por accidente. La Sagrada Escritura dice algo que al pensamiento humano le cuesta procesar: Lo hizo pecado. Es decir, Jesús tuvo que condensar en su corazón perfecto toda la pecaminosidad de la humanidad; y eso no puede ser gratis; eso tiene un costo en términos de un dolor infinito y absolutamente incomprensible para cualquier pecador, por santo que sea. Si no hay palabras para describir la crueldad de la cruz, menos puede haberlas para capturar la teología del dolor del Getsemaní. Un corazón pecador no puede entender el encuentro de la inocencia con el pecado, ni la del choque inédito de dos voluntades, la del Padre y la de su Hijo, que ocurrió en un solo momento y en solo lugar de la historia.
«…si es posible, pase de mí esta copa», es el grito de angustia de un hombre que vivió sin pecar pero que tiene que asumir la legalidad de la redención. Un intento de contextualizar estas palabras sería como decir: ‘Padre, si fuera posible, permíteme salvar a la humanidad que tanto amamos, pero sin experimentar este dolor de sentirme ofensor de tu santidad’. Pero Él comprende que nuestra salvación tiene que pasar por el túnel del dolor. Tiene que pagar porque quiere comprarnos. La salvación es un acto de gracia, pero NO es gratis; exige un derramamiento de sangre cuya exigencia divina es la inocencia y Jesús es el único que califica, pero la honestidad inmanente de Dios no le permite hacer un «milagro» que lo exima de cancelar una deuda; porque Dios jamás abusa de su poder. Nuestra entrada al reino de Dios depende de lo que Él Quiera y Pueda. Así fue como nos salvó; porque quiso y porque pudo; no porque Dios estaba obligándolo.
El drama de una muerte por crucifixión la puede experimentar cualquier mortal, pero el Getsemaní solo lo pudo sufrir Él, y no hay palabras que lo puedan describir, porque tampoco hay mortal que lo pueda comprender. Quiera la Providencia que en el cielo podamos percibir aunque sea un atisbo de ese dolor indescriptible. ¡Oh amor de Dios… su inmensidad…!

3.- La Tumba vacía
Es en la cruz donde Jesús, «habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu». A la vista de la audiencia del Gólgota, es solo un hombre más que muere; pero nunca antes un crucificado había concitado al morir, tinieblas sobre toda la tierra, ni provocado la rotura del velo del templo que separaba el lugar santo del lugar santísimo; ni causado arrepentimiento a las hordas romanas; ni golpes de pecho en las multitudes hambrientas de una mezcla obscena de sangre y circo.
Jesús al fin muere, pero no muere por sí, porque la muerte es un subproducto del pecado, y si Él no cometió pecado no hay razón para que muera. Muere porque de eso se trata la salvación. Muere por nosotros. Pero la muerte, como una institución que se instala en el mundo a partir del fracaso de Adán en el Edén, no tiene razón para retenerlo, y tiene que devolverlo. Es así como Jesús triunfa sobre la muerte y se convierte entonces en la muerte de la muerte.
¡Ah!, es que la resurrección de Cristo no fue un accidente; ni siquiera un milagro en el sentido teológico del vocablo; es un fenómeno de ocurrencia obligatoria, porque la muerte no puede derrotar a la inocencia del Hijo de Dios. La resurrección de Jesús es la doctrina capital del Evangelio; es un suceso que ocurre para que se pudiera construir el puente por el cual entramos al Reino de los Cielos.
La resurrección de Cristo es lo que le da valor a la cruz y al Getsemaní. Si el Señor no hubiera derrotado a la muerte, entonces Pablo nos advierte que «somos dignos de conmiseración… nuestra fe sería vana… y aun estaríamos en nuestros pecados».
Amigos: La muerte de Jesús no es un drama religioso de Semana Santa para que haya efusión de lágrimas acompañadas de lamentos y sollozos, y nuevos pecados con más lamentos y más sollozos en un rito vacío y recurrente. El propósito de la cruz de Cristo no es que los hombres lloren, sino que los hombres cambien. ¡Jesús está vivo, mis amigos; y no es lenguaje figurado!

Néstor A. Blanco S.
Pastor y escritor
blanconestor47@gmail.com

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