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Vida en la Palabra: Nuestro viaje a casa

Tristemente, algunos países del mundo han sido devastados por fenómenos naturales que han dejado un incalculable saldo de muerte y daños materiales. La ciudad de Houston (Texas) la cuarta más poblada de Estados Unidos, quedó bajo las aguas debido a las intensas lluvias provocadas por un violento huracán. Las Antillas y Puerto Rico fueron arrasadas por tres ciclones que las dejaron sin electricidad y con enormes pérdidas humanas y de infraestructura. El sismo que sacudió con fuerza la capital de México y otros cuatro estados, dejó 326 fallecidos, entre ellos, más de 30 niños en una escuela. Las catástrofes naturales además de conmovernos nos enseñan a reevaluar nuestras prioridades en la vida. Nos recuerdan que estamos de paso en este mundo y que nuestro deber supremo es guardar nuestra alma. El salmista expresó: «Señor, recuérdame lo breve que será mi tiempo sobre la tierra. Recuérdame que mis días están contados, ¡y cuán fugaz es mi vida!» (Salmos 39:4. NTV).Qué equivocados están los que ponen sus esperanzas en el éxito personal y en la prosperidad material. ¿No se dan cuenta que todo lo pueden perder en segundos? La vida abundante que Dios promete no tiene nada que ver con los bienes materiales, el éxito profesional, los lujos ni la fama. La vida eterna consiste en que conozcamos al único Dios verdadero, y a Jesucristo como su enviado (Juan 17:3). Esto no quiere decir que debemos dejar de trabajar y de esforzarnos para lograr nuestras metas temporales, sino que antes de cualquier otra cosa en la vida necesitamos conocer a Dios. Para conocer a Dios debemos indefectiblemente leer y escuchar el evangelio, ninguno que no haya tenido contacto con su Palabra podrá conocerle. Las personas sabias se preparan para la eternidad, andan como extranjeros en la tierra, no se apegan demasiado a su vida porque entienden que aquí están de paso. Cuando tenemos una perspectiva eterna mantenemos nuestra mente en las cosas que no se ven: cultivamos una amistad perdurable con Dios, nos hacemos miembros de su familia, le servimos con nuestros bienes y talentos y cumplimos su voluntad.  Para pertenecer a la familia del Señor, debemos arrepentirnos de nuestros pecados y volvernos a Él de todo corazón.  La Biblia enseña que cada persona que ha conocido a Jesucristo, incluyendo a los niños que no tuvieron esa oportunidad, vivirá eternamente en el cielo con Él (Hebreos 12:22-23). ¡Esa es nuestra gloriosa esperanza! La muerte no es nuestro destino final, es nuestro viaje a casa.

Liliana Daymar González
Periodista
Lili15daymar@hotmail.com

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