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Valores para vivir: Masculinidad en crisis

(Héctor Márquez – Psicólogo Clínico y Teólogo).-

Josefa y Jimena tienen una conversación muy amena e intensa en un café de la ciudad. En menos de una hora han reído, sollozado y enjuiciado a todo el género masculino. Se las pudo oír frases que denotan desilusión, como: «ya no quedan hombres», «los hombres sólo quieren sexo», «todos son unos perros infieles», etc.
Al escuchar semejante conversación uno como hombre no puede sentir más que vergüenza y preocupación, pues, amén del defecto generalizador de las aseveraciones, la plática de estas dos mujeres deja ver que la masculinidad de estos tiempos posee importantes evidencias de deformación, confusión y degradación.
La crisis de la masculinidad en esta sociedad postmoderna ha hecho que los roles, la sexualidad y los atributos propios del varón se invisibilicen. Con esto quiero referir que cada vez parecen ser menos los hombres que entienden que la sexualidad no es sólo una condición biológica que hace posible un acto explícitamente sexualizado, sino también una manera de hablar, de caminar, de tratar a la pareja, de pensar y de interactuar con todos de acuerdo a la conciencia moral de varón, lo cual implica un trato de amor y de respeto hacia los demás.
La crisis de la masculinidad podemos apreciarla en la homosexualidad y en la bisexualidad, calificados como trastornos de identidad sexual por la máxima autoridad de la psiquiatría y la psicología clínica: el Manual Diagnostic Pschiquiatric. Estas dos formas de actuación psicosexual, que por cierto no cuentan con argumento biológico o científico ciertamente irrefutables que las explique como naturales o de origen orgánico, son dos maneras de rechazar la masculinidad. Uno viene escuchando desde hace bastante tiempo decir a las mujeres: «cada vez hay menos hombres porque muchos de ellos se feminizaron».
También la masculinidad en crisis es proyectada por maneras torcidas de expresarla, como por ejemplo, la metrosexualidad representada por los hombres que se sacan las cejas, se estiran las pestañas, se polvorean la cara, se pintan el cabello, usan brillos en las uñas y/o en los labios, etc. Son extremistas en el cuidado de su apariencia lo cual en definitiva es un culto narcisista al yo. Pero hay otro extremo, la contraparte del metrosexual, denominado retrosexual, y son aquellos de apariencia desdeñada, carracuda y despeinada. Esta expresión de masculinidad podría esconder alguna alteración psicológica y/o de autoconcepto.
Otras formas torcidas de manifestar la masculinidad son aquellas que se derivan de prácticas enfermizas como la tecnosexualidad (la búsqueda de sexo por vías virtuales o medios telemáticos), la pornografía (el varón ve en la hembra un simple objeto de goce sexual) y las parafilias (experiencias sexuales que denotan una patología psicosexual como el voyeurismo, el fetichismo, el frouterismo, el sadomasoquismo, etc.).
Tampoco se debe dejar por fuera dos manifestaciones de una masculinidad caótica: el machismo y el feminismo. El machista no es un varón, es un tirano abusador; un ser violento e irrespetuoso. El feminismo es su reverso, en estos casos el hombre no posee liderazgo ni iniciativa propia, no es pujante ni emprendedor y por lo tanto no es digno de dirigir su hogar, relegándose y dejando esta función como exclusiva competencia de su esposa.
Estoy seguro de no exagerar al decir que la crisis de la masculinidad debe verse como un problema de salud pública… Por eso creo importante tratar el tema de una manera abierta, reconocer lo que se deba y buscar ayuda profesional.
En el Libro inspirado de arriba un rey llamado Aquis da este cumplido al que tiempo después se convirtiera en uno de los reyes más prominentes de todos los tiempos y en un verdadero ejemplo de varón: «David, eres un hombre honrado, es un honor tenerte por compañero de batalla (viril y valiente); nunca he visto nada que me haga desconfiar de ti… Para mi tú eres como un ángel de Dios» (1 Samuel 29:6,9).

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