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Uso y abuso del Nombre

“Santificado sea su Nombre” y pensé en que ese nombre tiene que ser “apartado” de cualquier uso banal y común; no mencionarlo por mencionarlo y distinguirlo de cualquier otro nombre

Nadie puede manipular a Dios o al Señor usando su nombre al declarar cosas

“Y todo lo que hacéis, sea de palabra o, de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3:17).
Si hay algo que usa con muchísima frecuencia el pueblo evangélico es la expresión “en el Nombre de Jesús o del Señor”. Pero como suele suceder el uso muy frecuente o mención de algo, usualmente se hace tan común que pierde su brillo, su impacto aunque nunca su contenido.
Cualquiera dirá que eso no sucede ni nunca sucederá con el uso del Nombre de Jesús o del Señor. En parte tiene razón. Creo que las cosas no pierden su valor intrínseco y muchísimo menos el Nombre de Jesús. El problema no es ese, sino el cómo lo usamos.
Hace unas semanas atrás me sucedió algo que, aunque no recuerdo exactamente los detalles, el asunto giró en torno a algo que alguien debía darme o devolverme; fue una compra mal hecha o un vuelto que no recibí. El asunto fue que decidí que lo mejor era dejárselo y creo que la expresión que usé fue, “se lo dejo en tu nombre, Señor”. Inmediatamente, como nunca antes lo había hecho, caí en cuenta de lo que había dicho. Había expresado unas palabras contrarias a lo que realmente deseaba y usé el “Nombre del Señor”. Repito, en el fondo no lo deseaba, pero como para no seguir forcejeando con el asunto, tomé esa decisión. Mi razón me decía que era lo mejor, pero seguía luchado emocionalmente con ello.
Cuando me dispuse a orar caí en cuenta que había usado el Nombre del Señor para algo que no deseaba, aunque haya sido lo mejor. Me dije entonces a mí mismo que con mi actitud no estaba honrando el Nombre que había invocado al tomar esa decisión. Le dije al Señor que había usado su Nombre en aquella decisión, debía entonces honrarle con mi actitud. Así que cambié mi forma de orar. Desde entonces he pensado en la necesidad de ser muy cuidadoso al mencionar o hacer o decir algo en el Nombre del Señor.
Yo estoy convencido que un genuino creyente nunca tendrá la intención de deshonrar el Nombre de Jesús. Lo usa con frecuencia, pero ¿tiene claras todas las implicaciones o significados? No me gusta decirlo, pero lo voy a decir: creo que esta inquietud de hacerles reflexionar en el uso del Nombre del Señor de una manera consciente y responsable es una inquietud que viene de Él.
Hay algo muy especial en el Nombre de Dios que le hace completamente diferente a cualquier otro. El nombre era y es lo que distinguía a las personas: sus rasgos, su personalidad, sus atributos. Creo que es la síntesis de lo que la gente es. Igual es el Nombre del Señor.
Cuando Dios comisionó a Moisés para que sacara al pueblo de Egipto, el mismo Moisés le hizo este planteamiento: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros” (Éxodo 3:13-14).
Y más adelante dice la Escritura que “Habló todavía Dios a Moisés, y le dijo: Yo soy JEHOVÁ. Y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre JEHOVÁ no me di a conocer a ellos” (Éxodo 6:2-3).
Hay una autoridad y una representatividad en esta comisión. Ir, hacer o decir algo en nombre del Señor es algo que se hace con una autoridad que le ha sido delegada. Moisés representaba en sus hechos y en su mensaje al Dios del cielo y su voluntad. Así que no hacía nada en nombre propio, iba en el Nombre del Creador del cielo y de la tierra que manifestaba su bendita voluntad para su pueblo. Moisés debía ser muy cuidadoso para no quitarle gloria a Dios. Y el día que lo hizo, el día que no glorificó el nombre de Dios en aquel asunto en la Peña de Horeb, ese día Dios le quitó el privilegio de entrar a la tierra prometida. No honró su Nombre. Lo que quiere decir que, aún quienes le conocen, corren el riesgo de fallar en esto.
Para Pablo el asunto de la autoridad y representatividad estaba muy claro. Él señaló en 2ª Corintios 5:20: “somos embajadores en nombre de Cristo” con un mensaje de reconciliación, pero también con el sagrado deber de honrar su Nombre. El apóstol conocía que representaba al Reino de los cielos y caminó en esta autoridad honrando siempre a su Rey y Señor. Es similar todo el que sale de su tierra, la representa donde quiera que va. Igual debe hacer el creyente que camina en este mundo llevando en alto la bandera del cielo, su deber en honrar el nombre de quien le envió.
En el Antiguo Testamento cuando se hablaba del Nombre de Dios se hablaba de su autoridad. Si Dios enviaba a alguien en su Nombre, ese alguien representaba la autoridad del cielo. Éxodo 23:20-21 enseña: “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él”.
Esto mismo sucedió con Moisés ante el faraón y cada uno de los profetas de la antigüedad ante el pueblo, rey o cualquier nación.
Pero igual sucedía con el lugar donde se levantaba un altar al Dios del cielo, allí estaba su autoridad. Deuteronomio 12:5 enseña: “sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis”.
Y es que cuando se hablaba del nombre de Dios se hablaba de Dios mismo. Eso lo sabemos, pues cuando mencionamos el nombre de alguien hablamos del portador de ese nombre, para bien o para mal. Un ejemplo, algo terrible, es el caso del hijo de una israelita que “blasfemó el Nombre, y maldijo” (Levítico 24:11-14). La sentencia divina fue la muerte. Así, pues, blasfemar de su Nombre es blasfemar de Él.
En los Diez mandamientos se establece muy claramente que no debe usarse el Nombre de Dios en vano. Esto indica que hay que usar santa y reverente su Nombre, sus títulos, sus atributos, su Palabra, sus enseñanzas y sus obras.
Los Salmos nos enseñan que el Nombre de Dios se alababa, se reverenciaba, se cantaba al Nombre del Todopoderoso.

Cada vez que decimos en el “Nombre de Jesús” debemos hacerlo con reverencia y con un profundo sentido piadoso. No es cualquier nombre el que mencionan nuestros labios

Y en el Nuevo Testamento Jesús enseñó que el Nombre de Dios debía ser santificado. Una vez me detuve en esa afirmación, “Santificado sea su Nombre” y pensé en que ese nombre tiene que ser “apartado” de cualquier uso banal y común; no mencionarlo por mencionarlo y distinguirlo de cualquier otro nombre. Es verdad que no podemos llevar el asunto al extremo de no mencionarlo nunca como supuestamente sucedió con los israelitas que hasta lo olvidaron. Pero sí debemos tenerlo como un Nombre muy especial por sus implicaciones.
Tiempo nos faltaría para mencionar los hechos y hazañas que se hicieron en el Nombre de Jehová de los ejércitos en la antigüedad. Igual en el tiempo de la Iglesia primitiva cuya oración era que Dios extendiera su mano para que se hicieran “sanidades, prodigios y milagros mediante el nombre de su santo Hijo Jesús” (Hechos 4:30).
Cada vez que decimos en el “Nombre de Jesús” debemos hacerlo con reverencia y con un profundo sentido piadoso. No es cualquier nombre el que mencionan nuestros labios.
En Filipenses 2 hallamos una versión simplificada de la humillación y exaltación de Cristo. Cristo fue exaltado pues tomó el camino de la humillación corroborando la verdad de que quien se humilla será exaltado:
“Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:8-11).
Así hallamos que el Nombre de Dios en la antigüedad se sustituye por el de Jesús recibiendo la autoridad de Señor delante del cual “toda rodilla se doble” y todos sus reconocimientos. Es el Cristo resucitado y glorificado quien afirma: “toda potestad se le ha dado en el cielo y en la tierra”; es a quien Juan en su Apocalipsis llama “el soberano de los reyes de la tierra” (1:5).
Como escribió Barclay en su comentario sobre Filipenses, no sabemos qué tenía en mente Pablo cuando mencionó el Nombre que es por sobre todo nombre. De hecho, ya a Cristo se le conocía como Jesús antes de su humillación y muerte; en su exaltación llegó a ser SEÑOR, así que todo lo que implique su soberanía debe ser mencionado con reverencia. Su señorío es reconocido en el cielo, en la tierra y debajo de esta.
Por tanto, ¿cómo debemos usar el Nombre del Señor? No lo use para cosas vanas. Es un agravio mencionarlo en algún compromiso o documento ―como en el preámbulo de nuestra Constitución― y luego deshonrarlo.
La iglesia debe cuidarse de hacer obras en su Nombre y luego quitarle su gloria. Nuestro testimonio debe honrar su Nombre, pues somos su Cuerpo y somos sus mensajeros, sus discípulos, sus hijos, sus súbditos, sus “embajadores”. Debemos honrar la palabra que damos en el Nombre de Jesús.
Que tampoco su Nombre esté acompañado de vanidad, ni para fingir espiritualidad, ni religiosidad. Nunca lo use de forma inconsciente o liviana. No decrete ni declare nada en su Nombre cuando no está en su potestad hacerlo. Nadie puede manipular a Dios o al Señor usando su nombre al declarar cosas.
Su nombre debemos exaltarlo incluso con nuestros pensamientos. No lo usemos como si fuera un nombre mágico. No lo mencionemos en el culto para luego salir y comportarnos inadecuadamente. No participemos de chistes ni nada que ofenda ese Nombre tan grande y tan temible (Deuteronomio 28:58).
Recordemos que habrá gente que ante el Señor Jesucristo argüirá que hicieron obras en Su Nombre, pero la realidad les golpeará fuertemente por su hipocresía y falsedad.
Creamos que donde está el Nombre del Señor, donde se le invoca, allí está Él. La Palabra afirma que estamos protegidos bajo su poderoso Nombre. “Torre fuerte es el nombre de Jehová; A él correrá el justo, y será levantado” (Proverbios 18:10).
Dios es santo, su Nombre es Santo y nos pide que santifiquemos su nombre. Ese nombre es más excelso que cualquier cosa en la tierra. Debemos bendecirlo y usarlo en una vida que le honra. Usémoslo con reverencia y santa piedad.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com

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