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Una persona de todo punto extraordinaria

«Y dará a luz un hijo y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros» (Mateo 1:21-23).

De esta manera es como Mateo relata el anuncio del acontecimiento más grande que nunca haya ocurrido en esta tierra.
Una división del párrafo podría ser la siguiente:

1. Se trata de una persona extraordinaria.
El que viene no es simplemente alguien importante. Si así fuera sería otro en la lista de los grandes que han pasado por este mundo. Y aunque esa lista no es muy extensa, sin embargo no dejaría de ser uno más entre otros.
Una de las características que tiene el nombre en determinadas culturas es que es expresión de carácter, de misión y de naturaleza. No es como en nuestra cultura occidental, donde el nombre que se le pone a un recién nacido depende de tendencias, gustos, modas, tradiciones o simplemente de lo agradable del sonido fonético.
Pero aquí estamos ante alguien que tiene un nombre que va en consonancia con la excelencia de su persona. Una excelencia que es única, porque el nombre Emanuel lleva la partícula que denota la palabra Dios y aunque es verdad que hay muchos personajes que llevan en su nombre esa partícula, como Daniel, Ezequiel, Joel, Samuel, etc., sin embargo, en este caso esa partícula hace referencia a la persona misma que la lleva, de modo que hay una correspondencia perfecta entre nombre y persona.

2. Que viene por medios extraordinarios.
Antes de este nacimiento había habido algunos nacimientos singulares; mujeres estériles que dieron a luz y hombres ya envejecidos que fueron padres por vez primera. En esos casos las leyes de la naturaleza fueron sobrepasadas por otra ley que confirmaba el viejo dicho de que la excepción confirma la regla.
Pero aquí no estamos ante una posibilidad entre un millón, que siempre puede dejar la puerta abierta para que se produzca el suceso inusual. Aquí estamos ante una imposibilidad natural, porque para que un ser humano se produzca hace falta la concurrencia de dos sustancias semejantes, pero diferentes.
Pero en este caso especial solamente hay una sustancia humana que hace la aportación: la de la madre. Y sin embargo, el que es concebido es totalmente humano, aunque ha faltado el concurso de un varón. Las estadísticas saltan por los aires, porque no se trata de un caso inverosímil, sino imposible. Pero lo imposible se hizo posible.

3. Para hacer una obra extraordinaria.
No es simplemente traer liberación social o política a un pueblo de esclavos u oprimidos. Ha habido algunos en la historia que han realizado semejante tarea. Y aunque resulta una labor propia de titanes, la humanidad ha contado entre algunos de su hijos con quienes han podido llevarla a cabo. Por eso hay pueblos que han de estar agradecidos permanentemente a la memoria de tales benefactores.
Pero aquí estamos ante alguien que ha de realizar una obra no temporal ni de carácter coyuntural, sino trascendente y de duración que va más allá de los límites de esta vida. Había que ir a la raíz del problema, había que atacar el mal desde su origen y por eso necesitábamos un salvador. Pero no de cualquier emergencia, ni de alguna crisis económica o de valores. Necesitábamos un salvador que expiara la culpa de nuestro pecado y al mismo tiempo nos invistiera de la justicia perfecta, que nos era imposible alcanzar.

4. En gente ordinaria.
Muchos estarían dispuestos a hacer algo en favor de quienes poseen una dignidad, un mérito o un valor personal. El problema radica precisamente en que los seres humanos habíamos degradado nuestra dignidad hasta convertirla en indignidad, habíamos perdido cualquier mérito y solamente teníamos demérito, quedando nuestro valor devaluado. Hay un sentido peyorativo que la palabra ordinario tiene y es el de vulgar. Eso es lo que éramos, gente vulgar, sin atractivo ni gracia. Sin embargo, lo maravilloso es que fue precisamente esa gente vulgar la beneficiada de esa obra extraordinaria hecha por esa persona extraordinaria que vino por medios extraordinarios.
Qué bueno es saber en este tiempo en el que se celebra la Navidad que es nada más y nada menos que esto lo que estamos rememorando.
©Protestante Digital

Wenceslao Calvo
Pastor y conferencista

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