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Una alerta necesaria ante un peligro permanente

La experiencia ha demostrado que ni los dones, ni el conocimiento, ni las jerarquías, inmunizan a nadie ante la posibilidad de extraviarse

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“Empezar y terminar bien”.
En el año 1945 los evangelistas más prominentes en los EUA eran Billy Graham, Charles Templeton y Brown Clidford.
En 1950 Charles Templeton, que era el más conocido, había dejado el ministerio, y negando la fe, se declaró ateo.
En 1954 Brown Clidford perdió su familia, su ministerio, y finalmente su vida en el alcoholismo.
El único que terminó bien fue Billy Graham, a pesar de que era el más joven y el menos famoso de los tres.
El reconocido maestro y conferencista Howard Hendrick estudió la vida de 246 pastores que abandonaron el ministerio, en un período de 24 meses.
Él descubrió un patrón: ninguno de ellos rendía cuentas a nadie y todos estaban involucrados, primero emocionalmente, y después sexualmente, con mujeres a quienes le habían dado consejería, o con quienes trabajaban muy de cerca.
No hay nada más peligroso para un pastor que ser negligente en la formación de su propio carácter.
Darle riendas sueltas a lo que algunos se empecinan en seguir llamando “pecados inofensivos”, “debilidades del ungido”, “celo ministerial” y no poner límites a los apetitos de la carne, ha producido demasiadas bajas en términos de matrimonios, familias y ministerios.
Pablo lo sabía muy bien. Por eso nos dejó este valioso principio: “Así que, yo de esta manera corro, no como sin tener una meta; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en esclavitud, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser descalificado” (1ª Corintios 9:26-27).
No es la voluntad del Señor que arranquemos con mucho ímpetu en el ministerio pastoral, para que al cabo de unos años de servicio nos quedemos varados por ahí, en cierto lugar del camino, sin haber llegado al final.
No se trata simplemente de empezar, sino, de empezar y de terminar bien.
Pablo es un ejemplo de esto último. Haciendo un balance de su vida, y a punto de entrar en la eternidad, pudo decir: “Porque yo ya estoy listo para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2ª Timoteo 4: 6-7).
Sin embargo…
El rey Saúl, empezó bien, pero lamentablemente terminó mal. David habiendo empezado bien, terminó regular.
La historia del “dulce cantor de Israel” encierra una gran moraleja para nosotros los pastores.
Tras un período de reinado bastante estable y exitoso, David se fue deslizando, imperceptiblemente, en dirección al ocio y el pecado.
Esto atrajo el juicio de Dios, dejando como saldo: un infante que muere antes de nacer; una hija violada por su propio hermano; un hermano que asesina al violador, y que tratando de matar a su padre, para ocupar ilegítimamente el trono, perece en el intento.
Mientras estemos en el cuerpo, no importan cuántos éxitos hayamos cosechado en el pasado, cuántas personas reunamos el domingo, o cuántos títulos tengamos.
La posibilidad de ser abatidos, siempre que desatendamos nuestras vidas, está latente.
Damos el primer paso hacia la caída cuando perdemos de vista las debilidades e imperfecciones inherentes a nuestra viciada naturaleza humana, mientras nos refugiamos en nuestras propias capacidades.
La experiencia ha demostrado que ni los dones, ni el conocimiento, ni las jerarquías, inmunizan a nadie ante la posibilidad de extraviarse.
“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1ª Corintios 10:12).
Se supone que el pastorado avance paralelamente, y no ajenamente, al crecimiento personal.
Un pastor no puede ser mejor predicador que discípulo, que esposo y que padre.
Es insensato y profano vivir desordenadamente de lunes a sábado, e hipócritamente en forma “piadosa” el domingo.
Al ser tan elevadas las demandas ministeriales, si simultáneamente no somos hechos, conforme a la imagen de Cristo, habiendo empezado bien, estaremos corriendo el riesgo de terminar mal. Sería una calamidad.
Pero si queremos empezar y terminar bien, “…es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos” (Hebreos 2:1).
¡Éxitos y bendiciones!

Anónimo

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