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Un conflicto viejo pero cotidiano (Romanos 8:5-8), Eduardo Padrón

La Biblia habla de uno que es cotidiano: el conflicto entre la carne y el espíritu. Es el conflicto entre lo espiritual y lo terrenal o entre el viejo hombre y el nuevo

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La vida está formada de conflictos. Es lo que conforma su trama, su historia, sus luchas. Una historia que no cuenta con un conflicto no es atractiva ni interesante. No tiene mucho que contar, no hay nada que nos pegue a ella. De hecho, la historia es historia porque tiene algo que contar: logros alcanzados, la formación de bases sobre las cuales se han levantado naciones e incluso sus costumbres; todo es debido a los conflictos que libraron.
Para que exista un conflicto solo se necesitan dos elementos que antagonicen. A partir de allí se desarrolla una serie de eventos, estrategias y acciones que da al final un vencedor. Durante la guerra se libran batallas; unas se pierden y otras se ganan. Pero es la estrategia junto con otros elementos lo que da la victoria final. El tiempo del mismo dependerá de la calidad de sus contendientes.
Hay conflictos de distinta naturaleza. Los peores son los conflictos mundiales. Pero están los conflictos que se desarrollan en escenarios más específicos. Hay conflictos laborales, económicos, vivenciales, políticos, emocionales. Existen los conflictos entre amigos, familiares, eclesiales, cristianos, matrimoniales y los muy íntimos conflictos personales.
Pero la Biblia habla de uno que es cotidiano: el conflicto entre la carne y el espíritu. Es el conflicto entre lo espiritual y lo terrenal o entre el viejo hombre y el nuevo, la vieja naturaleza y la nueva. Lo que hace suponer que siempre hay algo que enfrentar y vencer. Pablo es quien lo señala y lo describe de una forma muy vívida, además muestra la necesidad de imprimirle interés para que siempre se incline en favor de la vida espiritual.
En Romanos 6, describe el conflicto que se tiene con el pecado y el viejo hombre. En el capítulo 7 revela la frustración cuando se quiere hacer el bien y hay impotencia. En Romanos 8 ―ese gran capítulo sobre la vida en el Espíritu― señala que no somos deudores a la carne para que vivamos conforme a ella. En Romanos 13:14 exhorta a no proveer para los deseos de la carne. A los corintios les dijo que no pudo hablarles como a espirituales sino como a carnales. En su carta a los Gálatas, plantea la gran necesidad de andar en el espíritu y no satisfacer los deseos de la carne. En su epístola a los Efesios establece que hay que despojarse del viejo hombre, “viciado conforme a los deseos engañosos”. En Colosenses exhorta a que se haga morir lo terrenal en la vida cristiana, y a los hermanos de Tesalónica les ruega que lleven la santificación a todas las áreas del cuerpo y la conducta.
Pablo no se está refiriendo a la salvación ―evidentemente― sino a la lucha que tiene todo verdadero creyente. Es el conflicto que debe vencer cotidianamente. Sí, hay momentos de tranquilidad, de gozo; pero no debe haber descuido porque el conflicto no se acaba aún. Hay que pelear cada batalla y cada batalla tiene su enemigo a vencer.
Ahora bien, es cierto que el conflicto espiritual comienza con el mismo nuevo nacimiento, pero igualmente con este recibimos la posibilidad de vencerlo. En estos días hablaba con un hermano muy amigo y hacíamos alusión a la definición de nuevo nacimiento o regeneración que había leído hace años. Y debido el tema de la conversación, hice énfasis en uno de sus elementos: la liberación de la voluntad. ¿Sabías que cuando una persona nace de nuevo las cadenas que atan su voluntad son rotas de manera que ese nuevo creyente ya puede comenzar a obedecer a Dios? Pablo dijo que “habiendo sido libertados del pecado hemos venido a ser siervos de Dios” (Romanos 6:22).
Tal vez no nos hemos dado cuenta, pero la regeneración despierta la conciencia, la sensibiliza y repotencia su capacidad monitora. Desde su inicio la persona comienza a cuestionar lo que hace, lo que piensa, sus actitudes y se da cuenta de la lucha que ahora tiene. A partir de allí se percata que la única forma de tener paz y verdadero gozo está en la victoria en el conflicto de la carne contra el espíritu. Si no lo entiende se frustra y cuestiona la vida en Cristo y es posible que no continúe en la fe.
Esta batalla primero se nos presenta en el área de nuestros pensamientos. Pablo es claro en esto. Él señala que “los que están dominados por la naturaleza pecaminosa piensan en cosas pecaminosas, pero los que son controlados por el Espíritu Santo piensan en las cosas que agradan al Espíritu. Por lo tanto, permitir que la naturaleza pecaminosa les controle la mente lleva a la muerte. Pero permitir que el Espíritu les controle la mente lleva a la vida y a la paz” (Romanos 8:5-6. NTV). Además, señala que la naturaleza pecaminosa es enemiga de Dios y nunca puede agradarle. Así que, quien se habitúa a tener pensamientos carnales nunca podrá agradar a Dios.
Lo he mencionado un buen número de veces, el creyente que no vigila sus pensamientos a la postre será dominado y controlado por ellos. Lo que vendrá después será la depresión, la lujuria, malos deseos, malos sentimientos, y todo a lo que le arrastren sus pensamientos carnales. Así, pues, es determinante que los creyentes aprendamos a dominar y controlar nuestros pensamientos (Proverbios 4:23). Que los clasifiquemos y los evaluemos a la luz de la lista de criterios que nos da la Palabra de Dios (Filipenses 4:8).
En segundo lugar, el conflicto se presenta en el área de los deseos. Lo que deseamos debilita o fortalece nuestra voluntad. Pablo nos enseña que el pecado tiene solo el poder que le otorgamos, pues “no se enseñoreará” de nosotros (Romanos 6:14). Sin embargo, sí es posible que reine en la vida como un tirano (Romanos 6:12). Cuando somos controlados por los deseos, activamos el pecado que había perdido su poder o ha sido desactivado cuando llegamos a Cristo (Romanos 6:6). Es decir, despertamos la vieja naturaleza, dicho en otras palabras, volvemos a “todo lo que éramos en nuestra antigua condición no regenerada” (JFB). El viejo hombre no es alguien que vivía en nosotros, es nuestra condición anterior que se mantiene inoperante hasta que la activamos con los deseos pecaminosos. ¿No ha visto a creyentes viviendo como lo hacían antes?
Pero este reinado del pecado no sucede de la noche a la mañana. Es toda una reconquista. Recuerdo que cuando era muchacho y bastante ingenuo, viajaba con unos amigos hacia uno de esos pueblos del Táchira. El transporte en el que viajábamos estaba tan lleno que había gente viajando parados. Al rato vi que una señora me miraba fijamente como midiendo mis reacciones y muy poco a poco se fue colando en mi asiento hasta que estuvo muy bien acomodada. Creo que el pecado no se entroniza como rey de improviso. Más bien se va colando muy poco a poco hasta que se adueña de la persona, de su mente, de su cuerpo y su voluntad. De allí para adelante tendrá a un tirano que le será duro y doloroso deponer.
La exhortación de Dios es a que no reine el pecado en nosotros pues sin duda se comportará como un tirano y nos obligará a pecar. Se caerá en un ciclo en el que primero se es seducido, luego sucesivamente, resiste, peca, siente remordimiento, se arrepiente y después de un tiempo o días entra en el mismo ciclo. El pecado ya como rey lo convierte en “instrumentos de iniquidad” (Romanos 6:13).
Así que de lo que se trata en esta lucha entre la vieja y la nueva naturaleza es controlar los deseos. Lo que desees más es lo que dominará y te dominará. Creo que si hay algo realmente trágico es cuando alguien es dominado por un deseo. Incluso puede hasta ser un buen deseo, pero se pervierte al desbocarse, al no estar bajo control. Se vuelve ciego e irracional. Seguro que usted ha visto o conocido a alguien que es dominado por el juego, la bebida; aquellos que no pueden callarse nada, los curiosos, los celosos, los controlados por el “deseo de los ojos”, la pornografía. Todo convertido en vicios descontrolados.
Sin embargo, Pablo enseña que en este conflicto existe la ley de la exclusión: cuando es una cosa no puede ser la otra. Y es en la observancia de ella donde está la gran salida o la prevención de cualquier caída. En la vida cristiana cuando eres dominado por una cosa debilitas y/o anulas la otra. Gálatas 5:16 señala que si andamos en el Espíritu no satisfaremos las obras de la carne. O eres dominado por la carne o por el espíritu, nunca por los dos simultáneamente. Santiago al referirse al uso de la lengua mantiene este mismo principio al enfatizar que una fuente no puede dar agua dulce y a la vez agua amarga (Santiago 3:11).
Por tanto, este viejo y aún cotidiano conflicto lo peleamos y lo ganamos si primero, confirmamos lo que somos, lo que tenemos, nuestra nueva condición y nos disciplinamos para vencer lo que nos quiere vencer.
Las batallas se ganan cuando se conservan los lugares conquistados. Así que, primero, no pierda la libertad del pecado que le ha sido dada por los méritos de Cristo. La seguridad que nos da el Señor es que el pecado no se enseñoreará de nosotros pues no estamos bajo la ley sino bajo la gracia. Esté firme en esa libertad.
Segundo, discipline sus pensamientos. Romanos 8 enseña que los que son de la carne piensan en las cosas de la carne y los que son del Espíritu en las cosas del Espíritu. Además, señala que es por el Espíritu que podemos hacer morir las obras de la carne. Dedique tiempo a pensar en las obras de Dios, las obras del Espíritu. Colosenses 3 exhorta a hacer morir las obras de la carne y esto significa que las conviertes en inoperantes en tu vida.
Tercero, tenga cuidado con lo que desea. Los deseos de la carne no se sujetan a Dios ni pueden agradarle. Un deseo puede ser muy pequeño y hasta nimio, pero puede debilitarle hasta convertirlo en un esclavo. La forma de hacer morir lo terrenal en nosotros es disciplinándose para restarle importancia e interés en la vida.
Leí sobre un ejército tan disciplinado, enfocado, inspirado y valiente que no había forma de vencerle en la batalla. Pero tuvo que detenerse por semanas por problemas climáticos muy severos. Aquellas semanas se convirtieron en meses así que el ejército pasó aquel tiempo en fiestas, bebidas y un relajo e indisciplina que cuando el mal tiempo hubo pasado y tuvo que enfrenarse de nuevo al enemigo se había debilitado tanto en su moral y fortaleza que fueron derrotados.
Esto me hace pensar en aquellos que han mordido el polvo por sus descuidos y pequeñas licencias. Hay quienes, bendecidos con dones maravillosos, fueron instrumentos de bendición hasta que, confiados, comenzaron a descuidarse y perdieron la batalla contra lo terrenal y volvieron a su vida pasada.
También están los que viven de victorias añejas y de temporadas muy gozosas y bendecidas. Pero nunca más las reeditaron pues se descuidaron. Fueron derrotados en la vieja, pero aún cotidiana batalla contra la carne, contra lo terrenal, contra la vieja naturaleza. Simplemente la despertaron, la activaron y esta les esclavizó.
Se cuenta que el dueño de unos perros de pelea siempre sabía cuál iba a ganar, por ese apostaba y siempre ganaba. Lo único que hacía era alimentar al que él quería que venciera y debilitar al que había escogido para perder. ¿A qué estamos alimentado nosotros a la carne o al espíritu?
Recordemos, “el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”. Esto lo garantiza Dios.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com

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