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¿Tonto de solemnidad?, Roberto Velert 

Santa Claus tiene la figura de un lleno de algodón, Jesús está lleno de amor / EFE

Santa se presenta con risotadas mientras cacarea: “jo, jo, jo”. Jesús sabe que a veces las risas no son lo que necesitamos, sino ayuda, esperanza y amor

Respetado Pastor Roberto:
Ni que decir tiene que con esta mi carta, me aprovecho de lo que nos dijo por escrito hace unos Boletines cuando indicó que editaría unas cartas recibidas, y con esta que le mando, puede hacer lo que quiera, aunque le confiese que me gustaría verla publicada; fíjese hasta dónde llega mi presunción, pero al menos al escribirla me quito de encima una espinita, verá.
En una de sus agradables notas de su infancia, de las que nos narra como ilustraciones, nos compartía que en sus riñas colegiales, siempre optó por no decir como insultos, palabrotas, porque quería evitar los castigos de su buen Maestro, que castigaba a los que dijeran tacos.
Así que cuando quería hacer rabiar a un molesto compañero, le decía algo así como: “eres un Dulcineo del Toboso, y como el insultado desconocía esta connotación Quijote, se enrabiaba mucho, se quejaba al Maestro y éste sonreía… y usted nos decía que se quedaba muy satisfecho y desahogado por su literaria venganza.
Así, que estos días, recordando los insultos que se han hecho tantos politicastros, he podido comprobar los que lo han hecho con cierta cultura y los que como zopencos han evidenciado su burda educación.
Leí que un político de un bando definía a un político opuesto como “patriota de hojalata” y los barones de este último, respondieron en apoyo de su jefe de filas, que el que así hablaba era un “tonto de solemnidad”. Y me dije, al menos no son palabrotas.
Esta forma de “definirse” me viene bien a mí, para con esta carta señalar a otro “tonto de solemnidad”, a Papá Noel. Cosa que haré, como usted nos sugiere, con toda la posible prudencia, porque hay muchos españoles e incluso capillas decoradas que sienten veneración por este gordo que se ríe tanto.
Al que además muchos creen que es gemelo de Santa Claus, San Nicolás, Viejito (o Viejo en Chile). Colacho en Costa Rica, y otros muchos “ripios” de tanta ignorancia e infantilismo.
El llamado San Nicolás fue obispo de Mira (Licia) en el siglo IV, un personaje serio, responsable, de noble conducta, amante de los niños y famoso por ser repartidor de obsequios entre los niños pobres.
Este mismo hombre religioso se le conoce en occidente como San Nicolás de Bari, teniendo en Europa multitud de Iglesias con su nombre. Lo que es seguro es que a él no se le parece nada ni Papá Nöel, ni Esteru (Cantabria), ni el Olentzero del País Vasco y Navarra, ni Tío de Nadal (de Catalunya) ni el Apalpador de Galicia.
A este paso de mediocridad reflexiva, no me extrañaría nada que en los próximos años se hiciera santo a Manolo el del Bombo. Porque la necedad es tan grande, que se escoge a lo vano para desplazar lo verdadero.
Santa vive en el Polo Norte, Jesús está en todas partes. Santa se pasea en trineo tirado por ciervos, llamándose el primero Rodolfo y apuntando con su roja nariz el camino a tomar; Jesús camina entre nosotros y camina sobre las aguas.
Santa tiene que preguntar a los niños ¿cómo te llamas? Jesús sabe nuestro nombre antes de que naciéramos, conoce nuestro pasado y nuestro futuro.
Santa Claus tiene la figura de un lleno de algodón, Jesús está lleno de amor.
Santa se presenta con risotadas mientras cacarea: “jo, jo, jo”. Jesús sabe que a veces las risas no son lo que necesitamos, sino ayuda, esperanza y amor.
Los ayudantes de Santa hacen juguetes. Jesús hace nuevas vidas, repara corazones y arregla hogares destrozados
Santa hace reír, Jesús nos puede hacer volver a vivir. “Si te portas bien, Santa puede dejarte un regalo en el árbol”. Jesús, perdonándonos ante nuestra confesión, nos hizo el regalo de su vida, que la ofrendó por nosotros.
Por lo que, simplemente pensando en esto, deberíamos tener muy claro quién es el importante en la Navidad.
Lo cierto es que el gordo de capirote, los renos, los trineos y las chimeneas, han arrinconado bastante a los personajes bíblicos de la verdadera historia, entre otros a los Magos de Oriente.
A la hora de repartir alegrías me quedo con los Magos y el sentido de y al Quién de sus regalos. Me molesta toda la parafernalia que se ha montado sobre el gordo de ficción.
Un individuo que se precie no puede ir por la vida, y menos por los cielos de la vida, soltando “jo, jo, jo” a troche y moche. Para reírnos sin motivos ni fundamentos ya tenemos “El rincón de la Comedia”.
A los niños –trate de darse cuenta tantísima risa insulsa les aturde y les asusta. No puedo decirlo de mi infancia, porque en mis tiempos, y aún más en los suyos, ni sabía quién era el gordo de capirote, el único “Gordo” que conocía era el de la Lotería y ello por aquellos niños vestiditos con traje que cantaban “los premios”.
Mi tiempo era más de los “Reyes Magos”, de los que en historia sagrada los Catequistas me decían que siguiendo una estrella que Dios preparó, llegaron hasta Belén, y sus corazones se reblandecieron al sentir que estaban ante Dios, no pomposo, sino de humilde amor, tan débil en aquellos días como ellos en el fondo de su alma, e hicieron algo tan natural ¡y absolutamente espiritual!  como arrodillarse en adoración.
Los sabios de Oriente sabían de la necedad de los dioses humanos, del oro, de la vanidad de los violentos. Ahora entendían que el verdadero valor estaba en el Creador de los cielos, que veían en aquel bebé.
Se arrodillaron, y en el mismo momento se dieron cuenta de dos cosas: que eran felices, y de que hasta entonces no lo habían sido de tan bendita manera. Ahora ellos reían de corazón, y sonreía la madre, José y el bebé. Y abrieron sus cofres, y pusieron a los pies del Admirable bebé, el oro, el incienso y la mirra, tratando de expresar su amor con sus dones.
Comprenderá estimado Pastor, que yo no siga “desde mi corazón” dándole oportunidad ni a Santa Claus o Papá Nöel, sobre todo cuando desplaza las sencillas verdades de la historia.
Sus risotadas me dan alipori. Que regale, que falsamente parezca generoso, pero que no se ría como un tonto de solemnidad, a no ser que lo haga porque tantos ya se ríen como tontos de capirote.
Esperando que no se moleste y agradeciendo a Dios por su vida. Fraternalmente.
Giuçepe kalousúne

Roberto Velert
Pastor, pedagogo y periodista

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