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Sofía Müller, misionera que desbancó a la Iglesia Católica en Guainía

(El Tiempo de Bogotá – Verdad y Vida).-

Pocas mujeres extranjeras han dejado una huella tan profunda en Colombia, un legado que perdura. En Guainía, en Vaupés, en partes del Guaviare, resulta imposible no cruzarse con sus pasos. Sin embargo, Sofía Müller es una perfecta desconocida para la mayoría de los colombianos.
Quienes saben de su existencia suelen distribuirse en dos grupos. En un lado se encuentran miles de indígenas convertidos al cristianismo que se apegan a las enseñanzas bíblicas al pie de la letra, las que predicó desde mediados del siglo pasado y hasta su muerte por un cáncer, en 1995. En el opuesto están los que consideran que la ‘gringa’ de aspecto frágil y determinación férrea, la neoyorquina sofisticada que apareció un buen día, en medio de la selva inhóspita, decidida a evangelizar tribus, que se dedicó a aniquilar las costumbres ancestrales de varios pueblos nativos de la Orinoquia, hasta desdibujar su esencia.
«Antes de ella, el blanco [refiriéndose al hombre extranjero] les pegaba a trabajadores si no cumplían. Ella empezó a organizar los ríos, nos enseñó a leer y a escribir, trajo la educación y cambió la manera de hacer negocios con los blancos. Ya nos trataban como iguales», afirmó Elías Canico, un comerciante curripaco de Chaquita, pequeña aldea a orillas del Atabapo, a unas tres horas en lancha de la capital, Inírida.
De su medio siglo de trabajo misionero en una vasta región que abarca Colombia, Venezuela y Brasil, no deja de sorprender la cantidad de lugares remotos que recorrió para sembrar una semilla que germinó entre etnias que adoraban a sus propios dioses y temían el poder oculto de los brujos. Ni cómo desbancó a la Iglesia Católica, que es marginal en Guainía.
Müller había nacido en Nueva York en 1910, de padres alemanes. Estudiaba en la Academia Nacional de Diseño, con la intención de convertirse en una renombrada artista, cuando se encontró con un grupo de jóvenes que propagaban el mensaje de Dios en las calles. Sofía fue impactada por este mensaje de salvación, abandonó su carrera e ingresó al Instituto Nacional de la Biblia, donde descubriría su llamado a predicar el Nuevo Testamento a los indígenas que no habían escuchado jamás de Jesús.
Averiguó que a lo que hoy en día son áreas pertenecientes a los tres departamentos citados -Guainía, Vaupés y Guaviare-, ningún misionero había llegado aún. Los únicos blancos eran caucheros que explotaban a los indios. Decidió que esa región sería su destino. Tenía 34 años.
«Yo andaba con ella cuando el bote ya tenía motorcito de 15 caballos. Antes era a puro remo. Mi abuelo Eusebio la llevó unos años», rememora Isaías Flores, pastor evangélico de la comunidad puinave de Chorro Bocón, sobre el río Inírida, y uno de sus discípulos.
«Aunque era seria, era una mujer muy feliz, querida, estricta, respetuosa con la gente; no era brava, era como una maestra buena de muchas cosas, que quiere educar bien. Nos enseñó a leer y escribir en español y en puinave, nos dio una educación de cómo vivir más sano. Nos decía: ‘Si comen en el piso y todos toman de una misma totuma, se contagian y se enferman mucho; ustedes pueden mejorar’. Antes morían niños a cada rato; después, todos sanos».
En la actualidad, cada vez que uno desembarca en alguno de los remotos poblados que la «señorita Sofía» -término que utilizan para referirse a ella-, animó a crear en las riberas de numerosos ríos, ya sea el Atabapo o el Inírida, por citar solo dos, enseguida se conoce que pertenece a la Iglesia Bíblica Unida, que fundaron sus seguidores. Resultan inequívocas sus señas de identidad: silencio, limpieza y orden.
Los niños corretean calzados, limpios, bien vestidos, las casas son sencillas, de bahareque o material, techo de cinc y piso de tierra en buena parte, y la economía es básica. Sobreviven de la pesca, el cultivo de yuca brava, y algunos subsidios, pero no hay miseria a la vista, desnutrición ni barrigas hinchadas por las amibas. Y todos los días, al caer la tarde, los hombres dedican unas horas a jugar fútbol y las mujeres, a jugar voleibol.
Aprender los idiomas nativos, llevar una existencia frugal y combinar su predicación evangélica con una prodigiosa campaña de alfabetización, que enseñó a leer y escribir a cientos de indios en poco tiempo, fueron factores que generaron confianza con los curripacos, la primera etnia que conoció y cuya lengua dominó por completo. Más tarde conquistaría el corazón de los puinavés, los piapocos, los guajibos, los cubeos, con quienes también se entendía en su idioma.
«Se despertaba a las 3:00 am, oraba y escribía sus predicaciones y sus libros», cuenta Gabriel García Acosta, capitán en Danta, sobre el río Inírida.
«No fue fácil gozar de una confianza mutua entre nosotros», escribía Sofía en su libro autobiográfico Su voz retumba en la selva (Editorial Desafío). Varios brujos, celosos por el poder que adquiría y para saber si era un ser humano o divino, intentaron envenenarla. En la citada obra relata cómo en una ocasión le dieron una sopa en la que flotaban «unos cuantos pies de tortuga, uñas y demás». Aunque le repugnó la vista, no podía rechazar el manjar y su ingestión le causó «dolores abdominales atroces». Años más tarde, el propio chamán le confesaría que le había agregado un veneno mortal.
Siguió adelante por «las tierras selváticas, el hogar de los insectos, las fiebres, los parásitos y las personas pálidas», según narra, sufriendo todo tipo de peripecias, en una odisea en la que lloraba, al principio, de nostalgia por su familia y las comodidades que había dejado atrás.
Viajó a Colombia bajo la cobertura de la Misión Nuevas Tribus, se puede considerar a Sofía Müller como una mujer de Dios que seguía fielmente la Biblia. La misionera tradujo el Nuevo Testamento en palabras sencillas, asequibles a todos, a las cinco lenguas étnicas mencionadas, que carecían de escritura, para hacer la labor que Dios le había encomendado.
Para abarcar mayor número de nativos seleccionaba discípulos indígenas entre sus conversos y los enviaba a evangelizar y alfabetizar a otras tribus. Organizaba, además, encuentros periódicos de varias comunidades, iniciativa que hoy en día continúa. Las conferencias semestrales y las mensuales ‘santa cena’ estrechan lazos entre los fieles y rememoraban el sacrificio de Jesús en la cruz.
«En Guainía, ella derrotó a los católicos. Cada comunidad indígena tiene su pastor. Los sacerdotes solo están con colonos», señala David Torcuato, capitán de Coco Viejo, a escasos minutos de la capital, Inírida. «Era una mujer de autoridad, de mucha sabiduría», agregó.
Pero no todos coinciden con la imagen positiva que proyectan los miembros de la Iglesia Bíblica Unida. Para los contradictores, había molestia porque decían que el evangelio los llevaba a ellos a abandonar muchas de sus costumbres. «Debe mostrar evidencia de una vida nueva», recomendaba Müller a los pastores como condición para bautizar a los que convertían. «Si continúan con su brujería, drogándose, tomando alcohol, no muestran que realmente haya nacido de nuevo».
Pero casi toda la población estaba feliz con su presencia y agradecen al Señor por ello. «Si no llega ella, ya no habría puinavés. Éramos solo 15 familias en el Inírida y ahora ya somos unos dos mil. Nos salvó la vida», concluyó Isaías Flores, reconociendo que Dios usó a Sofía Müller para darles vida eterna en Cristo Jesús.◄

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One comment

  1. hOLA BUENAS TARDES, MIRA SOY MAGISTER EN TEOLOGIA CON ESPECIALIDAD EN ORIENTACION FAMILIAR, MIRA DOY GRACIAS A DIOS EN PRIMER LUGAR QUE ELLA HA TENIDO LA OPORTUNIDAD DE PODER VENIR A NUESTRAS HERMOSAS TIERRAS ( VIRGENES ) ENE SE ENTONCES,, GRACIAS A ELLA POR TRAERNOS LA PALABRA DE DIOS A ESTAS HERMOSAS CULTURA. HAN PASADO MAS DE 80 AÑOS, Y AQUIE ESTAMOS ABANDERANDO ESTE SENTIR, COMO LA QUE TUVO ELLA PARA CON NOSOTROS..AMEN

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