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Santos somos todos

(Eugenio Orellana – Escritor).-

La reciente conversión en santos de dos papas, Karol Woktyla (Juan Pablo II) y Angelo Giuseppe Roncalli (Juan XXIII) nos ha puesto a sus contemporáneos en un punto especial de la Historia. Porque hasta ahora, todos los santos con los que nos hemos topado vienen de muy atrás en el tiempo. Y aunque para muchos el haber sido «testigos oculares» de este acontecimiento pudiera ser un hecho significativo, para otros parece haber sido tan poco emocionante como cuando pasamos del siglo veinte al veintiuno. Nos acostamos a dormir en el siglo XX y despertamos al día siguiente en el siglo XXI. Sin toque de trompetas ni despliegue alguno de luminarias en el cielo. El sol siguió alumbrando como siempre, el viento soplando según su costumbre, la noche siguiendo al día, las tinieblas a la luz.
Comoquiera que sea, sin embargo, no podemos ignorar que ya el incidente ha quedado impreso con tinta fuerte en las páginas de la historia de la Humanidad.
Estamos escribiendo este ensayo en torno al tema del título sin la intención de atacar a la Iglesia Católica ni de polemizar sobre algo en lo que no creemos o, a lo menos, en la forma en que el católico lo cree.
Ella tiene todo el derecho de organizar su liturgia y vivir sus tradiciones así como nosotros tenemos el nuestro.
Los medios de prensa nos decían que en ciertos lugares del globo en lugar de euforia se percibía cierta apatía. El acontecimiento, como sucede con tantos de trascendencia universal pronto fue empujado al terreno del olvido por otros aconteceres que le fueron cayendo encima como sucede con la dinámica noticiosa de todos los días.

Inexorablemente, el mundo sigue su marcha
Nosotros mismos, no católicos, aparte de mirar un rato la televisión y leer algunas notas de prensa no hemos sentido alboroto emocional alguno; más bien hemos tenido que hacernos ciertas preguntas que, para hallarles respuestas coherentes con lo que creemos, sentimos que debemos ir más allá de nuestra contemporaneidad y hurgar en las páginas de la Escritura, de la Internet y, un poco, de la Historia.
Con lo primero que nos encontramos y que no deja de llamarnos la atención es que en nuestra Biblia Reina Valera se titulan las cartas de Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pablo, Pedro, Santiago, Judas como de San Mateo, San Marcos, San Lucas, etc. ¿Quién habrá declarado santos a estos «santos» hombres de Dios? ¿Y si los dueños de estos nombres fueron santos, por qué no lo fueron también Tabita, Timoteo, Aquila y/o Priscila, Epafrodito, Bernabé, Felipe y los siete diáconos; María Magdalena, Marta y Nicodemo? ¿O José de Arimatea? ¿O Cornelio? ¿O incluso Zaqueo, el carcelero de Filipos o el ciego de Juan 9? Hasta me atrevería a mencionar a la mujer arrastrada por los fariseos y los escribas ante Jesús para que el Señor la condenara (Juan 8.3-11). ¿Qué les faltó a estos y a esa «gran nube de testigos» de que nos habla Hebreos 12 para que alguien los declarara santos y santas? (*)
Volviendo a los Papas, algunos de los antecedentes que tiene que aportar el candidato es haber sido actor en a lo menos dos milagros. En el caso de Juan Pablo II, el primer milagro reconocido por el Vaticano se realizó en 2005 sobre una monja parisina que padecía la enfermedad de Parkinson. Y el segundo, fue de una mujer costarricense que padecía un grave aneurisma. Se curó en 2011 sin que los médicos pudieran explicarlo y tras las plegarias de la mujer a Juan Pablo II. (*) En el caso de Juan XXIII hay registrado sólo un milagro, la sanidad de sor Caterina Capitani en 1966, una religiosa napolitana que padecía una enfermedad incurable de estómago. Se afirma que ya había sido desahuciada por los médicos pero que después de que le colocaran una foto del papa sobre el estómago, experimentó una sanidad instantánea.
Sólo a modo de acotación un poco al margen, la Biblia nos enseña que el que hace milagros no es el hombre sino Dios; y que si se tratara de certificar todos los milagros de sanidad y/u otros que ocurren en nuestro contexto evangélico el santoral se nos colapsaría.
Aceptando como un hecho el derecho (valga la cacofonía) que tiene la Iglesia Católica de declarar santo o santa a alguien que haya militado en sus filas, todavía estamos a medio camino en esta reflexión.
A muchos de nosotros se nos enseñó desde la escuela dominical -y así lo hemos sostenido hasta ahora-, del poder sobrenatural de la sangre de Cristo para limpiar pecados. Desde Éxodo 12, la sangre viene simbolizando el poder purificador válido y vigente ante Dios.
«Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados» (Hebreos 9.22). Y el propio Jesús declaró: «porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados» (Mateo 26.28). El antiguo pacto está representado, precisamente, por el cordero sacrificado según Éxodo 12 y cuya sangre puesta en los dinteles de las puertas libró de la muerte a los israelitas de Egipto.
Todo un simbolismo que cobra vida con la muerte del Cordero de Dios, Cristo Jesús, en la cruz del Calvario.
La sangre de Cristo limpia, purifica, santifica, remite. Remisión es perdón. Y perdón es justificación. Y justificación es impecabilidad. E impecabilidad es santidad. Y es santo todo aquel que ha sido cubierto por la sangre de Cristo. Cuando Dios mira al pecador penitente y arrepentido, lo ve a través de la sangre de Cristo; de esta manera no lo ve pecador, sino limpio, puro, impecable, santo.
En otras palabras, todo aquel que es lavado por la sangre de Cristo, alcanza el grado de santidad requerido por Dios para que tenga lugar un auténtico encuentro entre Él, Dios, y el hombre. Eso fue lo que ocurrió con el delincuente que, colgado de una cruz, se dirigió a Jesús rogándole: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Su arrepentimiento fue de tal modo genuino, que Jesús no dudó en asegurarle que ese mismo día estarían juntos en el paraíso (Lucas 23.39-43).
Cuando según Juan 13 se produjo en el cenáculo el incidente entre Jesús y Pedro, de alguna manera se afirma la calidad de santidad del creyente. Pedro se negó a que Jesús le lavara los pies pero ante la dura palabra del Señor de que si persistía en su negativa no tendría parte con él, Pedro se fue de un envión al otro extremo. «Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza» pero Jesús, pacientemente, lo trajo a su justo punto medio cuando le dijo: «El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies; pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis…» (Juan 13.9-10).
Hebreos 12.14: «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor». Este «verá al Señor» puede interpretarse de diversas formas, pero el hecho concreto es que la santidad es un estado que caracteriza a todos los que han experimentado la redención mediante, lo repetimos, creer en el sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz.
«Señor, he oído de muchos acerca de este hombre [Saulo de Tarso], cuantos males ha hecho a tus santos en Jerusalén» (Ananías a Jesús en Hechos 9.13, itálicas mías). Pero el Señor le dijo: “Ve, porque instrumento escogido me es éste…”» (v. 15).
Somos santos todos los que hemos creído en la muerte expiatoria de Cristo. Esto no significa infalibilidad y aunque en el camino de la vida y en nuestro contacto diario con el mundo podemos ensuciarnos: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1ª Juan 2.1).
El lavamiento de pies sigue practicándose, ahora desde el cielo.
—–
(*) La NVI ha eliminado de los autores de las cartas evangélicas el título con que lo distinguía la Reina Valera; así, Pablo es Pablo; Pedro es Pedro; Juan es Juan. Esto nos parece más coherente con nosotros aunque si se mantuviera lo de «santo» tampoco sería como para salir a dar batalla o poner el grito en el cielo.
(**) 1ª Timoteo 2.5: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». Este pasaje excluye todo otro mediador, sean ángeles, santos, sacerdotes o parientes del propio Jesucristo. Ninguno de ellos tiene validez alguna delante de Dios (Nota a 1ª Timoteo 2.5, Reina Valera 1960.)
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