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¿Qué puede más que la buena voluntad?, Eduardo Padrón

Mientras más oremos, menos poder tendrá la debilidad del cuerpo en nuestra vida

La oración en el huerto de Getsemaní / Tintoretto

¿Sabe usted qué puede más que las buenas intenciones? A veces recuerdo esos momentos cuando una persona decía que tenía la intención de hacer algo, de ir a un sitio, de complacer a alguien, de hacer un regalo o de llevar o traer algo; pero no pudo concretarlo. Al punto se disculpaba diciendo que “la intención es lo que vale”, es decir, la buena voluntad. No sé si hoy en día esto tenga el mismo peso que en otros tiempos –supongo que no–; pero cuando lo llevamos a lo que nos interesa, la vida de oración, ¿podríamos decirle a Dios que la intención es lo que vale? ¿Que lo que nos anima es la buena voluntad de orar, pero no lo concretamos? El tema de hoy toca precisamente ese aspecto: ¿qué puede más que la buena voluntad?, y está basado en ese versículo de Mateo 26:41: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”.
Es una pregunta que lucha contra afirmaciones como: “querer es poder”. Lo cierto es que muchas veces queremos algo, pero carecemos del poder –digamos de la voluntad— para lograrlo. Entonces se levanta una sabia voz que dice: –no lo logras porque no lo deseas en realidad. Y hasta puede ser verdad. Curioso que Agustín de Hipona en su escrito De libero arbitrio, dijo: «Cuando quiere no puede, porque cuando pudo no quiso. Y así, por un mal querer perdió un buen poder». Amigo mío, creo que lo que hay que considerar en todo esto de querer y poder, es lo que está debajo o lo que mueve a la voluntad. Alguien dijo: «¿Por qué es tan difícil querer, siendo tan sumamente fácil desear? Porque en el deseo habla la impotencia, y en el querer la fuerza». ¡Qué enredo este de querer y poder! ¿Verdad? Pero existe esta tensión.
Cuando el Señor estuvo en el huerto de Getsemaní, en aquella difícil hora previa a su pasión y muerte, les dijo a sus discípulos –a Pedro, a Jacobo y Juan– que le acompañaran y que velaran con él, pues estaba angustiado y se sentía morir. La hora de la prueba se acercaba tanto para él como para sus discípulos y, lo mejor que podían hacer –el Señor lo sabía— era velar en oración. Pero lo que sucedió inmediatamente después –no sé si decirlo de esta forma— sorprendió al mismo Cristo: los halló durmiendo. Así que les dijo: “¿No habéis podido velar conmigo ni una hora?”. Luego les dio claramente la razón del porqué velar en oración era importante. Les advirtió: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”.
Y es en esta advertencia del Señor donde encuentro la explicación de lo que realmente vence la buena voluntad: «el espíritu –y no habla del Espíritu Santo— a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil». El Nuevo Testamento en lenguaje sencillo traduce: «ustedes están dispuestos a hacer lo bueno, pero no pueden hacerlo con sus propias fuerzas». La Dios Habla Hoy lo vierte de la siguiente manera: «Ustedes tienen buena voluntad, pero son débiles». La Palabra de Dios para todos dice: «El espíritu está dispuesto a hacer lo correcto, pero el cuerpo es débil».
Si lo que acabamos de leer es cierto –y por supuesto que lo es— una buena voluntad sí puede ser vencida por la debilidad e inclinaciones del cuerpo. ¿Cuántas veces a sabiendas de lo que es correcto, de lo que es más conveniente y adecuado nos dejamos vencer por el desinterés, la flojera, la negligencia, el sueño? Dejamos lo que sabemos nos conviene para más tarde y de repente darnos cuenta que ya no tenemos tiempo para lograrlo. ¿No has pensado que esa debilidad que tienes, esa derrota constante en tu vida espiritual, en tus relaciones, en tu lectura bíblica, en la oración no es otra cosa que la debilidad de un cuerpo que se ha levantado imponiendo sus exigencias y al que no has podido vencer? Pasan los días, las semanas, los meses y los años, y la frustración siempre está allí. ¿No crees que es hora de vencerlo, de obligarlo a que te obedezca? La salida es la oración. ¿Lo digo yo? ¡No! Lo dijo Cristo el Señor. Entonces, ¿qué esperamos? Mientras más oremos, menos poder tendrá la debilidad del cuerpo en nuestra vida. ¿Qué paradoja verdad? La debilidad del cuerpo es tan fuerte que hay que vencerla con la oración constante.
Por tanto, a la convicción, hay que meterle oración decidida y constante y así, nunca más seremos vencidos por la debilidad y estaremos mejor preparados para la hora de la prueba.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com
Tomada del inédito libro “Un delgado nervio”. Vol. 2

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