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Perdonemos en enero y el año entero

Enero representa un nuevo comienzo. Se presta para reactivar planes y proyectos; renovar votos o reavivar la fe. Es temporada para reinyectar pasión a las familias, relaciones, empresas, servicios, porque Jesús vino a darnos vida y vida abundante. Esa vida plena demanda cambios de nuestra parte. Perdonar, superar toda ofensa y avanzar es posible, porque el mismo espíritu que resucitó a Jesús vive en nosotros.
Sin embargo, uno de los más grandes enemigos de la renovación es la falta de perdón. Todo lo que se escriba y se diga acerca de la necesidad de perdonar y sanar el corazón, para entonces hablar bien y vivir en paz, es poco. No se puede honrar y menos amar a quien se repudia. La única respuesta es el perdón. Por ello Jesús habló tantas veces y por medio de múltiples parábolas acerca de la necesidad de alcanzar libertad por medio del perdón.
Perdonar lo necesitamos todos, pues no hay uno solo que no haya ofendido o maltratado. Una imagen que ilustra cómo opera la falta de perdón en la vida de un ser humano es imaginar un cuerpo vivo pero encadenado a un cadáver. Esa fue, de hecho, una forma de tortura y asesinato en la antigüedad, pues la gusanera del muerto terminaba devorando y matando al otro en carne viva. El perdón es el recurso liberador que nos saca el muerto de encima. Nos provee sanidad y paz.
Millones de personas que permanecen lastimadas e iracundas pudren los manantiales de sus almas. Lejos de brotar “ríos de agua viva de su interior”, emanan cloacas portadoras de muerte. Son palabras cargadas de veneno. Cada vez que damos rienda suelta a estos sentimientos contaminamos más y más, nuestras vidas y el ambiente.
Hombres o mujeres abandonados o traicionados por un cónyuge infiel, tienen razón para estar enojados. La hija o hijo abusados por sus padres o hermanos podría odiar, argumentando defensa propia. El socio estafado o el amigo lastimado querrían vengarse y castigar al agresor. Sin embargo, si eligen estas opciones terminarán atormentados y denigrados de su propia grandeza, y muertos espiritualmente. Jesús vino a decir que renunciáramos a estos derechos. Ese fue su ejemplo. Y tal fue parte central de su mensaje.
En Hebreos 12 se habla de una “raíz de amargura”. Y ésta siempre produce un fruto amargo. Es la razón por la cual muchas personas son ácidas, responden de forma áspera, viven a la defensiva o actúan como si “alguien les debiera algo”. Su posición ante la vida y la gente es la desconfianza y la rudeza. Si queremos saber la condición espiritual de alguien, escuchemos cómo habla.
El enojo puede matar. Es capaz de asesinar a quien lo siente. Pero el verdadero problema es que debido a que el enojo es una conducta socialmente inaceptable, entonces lo enmascaramos. La frialdad, el distanciamiento, la evasión, la crítica, el rechazo, la condena y venganzas son expresiones de enojo profundo y falta de perdón. Incluso dentro de quienes nos hacemos llamar hijos de Dios o cristianos nacidos de nuevo, sucede con frecuencia.
Recuerdo cuando en mis estudios de periodismo en Caracas, revisamos con cierta profundidad la Ley del Talión, establecida por los mesopotámicos, y hasta hoy citada: “Ojo por ojo y diente por diente. Ama a tu cercano y aborrece a tu enemigo”. Jesucristo lo sabía, por ello enfatizó que él venía a traer una nueva ley: “Les mando que bendigan a quien os maldice y que amen a quien os odia” (Mateo 5: 38-42).
Esta capacidad de compasión no es posible de ser cumplida sin la ayuda de Jesucristo mismo. Es un atributo sobrenatural y sólo por la acción del espíritu santo se puede realizar. No hay forma de oración espontánea por quienes han querido vernos en la fosa. No es natural amar a quien te causa el mal. Allí es cuando constatamos que no somos suficientes para vivir el estándar del reino de los cielos.
Se trata de un nivel que va más allá del perdón. Se nos ordena que genuinamente colaboremos con la redención de abusadores, maltratadores o criminales. Si tú no perdonas no puedes esperar ser perdonado. Si no ofrecemos misericordia, el saldo está en rojo para contar con la gracia de Dios ante nuestras propias e inevitables miserias.
Sin embargo, favor, honor y esplendor son promesas de Dios para los perdonadores y pacificadores. Mientras más difícil sea, más recompensa habrá. Jesús nos llama a sacudirnos toda desilusión, toda ofensa, toda injusticia; nos reta a superar toda amargura y asegura levantarnos. Cristo va a exhibir nuestra justicia y llevarnos a posiciones, lugares y situaciones de ventaja que ni siquiera imaginamos, para proclamar su gloria y extender su reino.
Enero es buen tiempo para despojarnos de todo lo que nos frena. Es buen momento para abrazar al líder, al hermano o al distanciado. Tal vez baste tomar el teléfono y hacer algunas llamadas para decir: “Lo siento, perdón, me arrepiento de corazón, te bendigo o cuenta conmigo”. Estamos comenzando un año que no va a ser diferente si no cambiamos nosotros. El espíritu de reconciliación sea con todos y cada uno de quienes a Dios conocen. Hoy, como nunca, lo necesitamos.

Mylena Sánchez Rodríguez
Periodista
mylenasanchezro@gmail.com

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