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¿Oraban o no oraban?, Eduardo Padrón

A veces el silencio es la oración más elocuente

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Dos jefes africanos se acercaron un día al doctor Chalmers, un misionero, y le dijeron: -Queremos que nos envíe por favor maestros y ministros, ¿cuándo podrán venir?- Chalmers les indicó que no tenía a quien enviar. Entonces los jefes se fueron.
Dos años más tarde, el doctor Chalmers tuvo unas vacaciones de un fin de semana, y decidió ir a visitar la tribu de aquellos jefes. Cuando llegó, el domingo por la mañana, se sorprendió al encontrar a toda la tribu de rodillas, en perfecto silencio. Por fin se atrevió a interrumpir a uno de los jefes para preguntarle:
― ¿Qué están haciendo?
―Orando― fue la respuesta.
―Pero no están diciendo nada, todos están callados.
―No sabemos qué decir. Por dos años, todos los domingos en la mañana nos reunimos aquí y pasamos cuatro horas sobre nuestras rodillas pero no sabemos qué decir― fue la inesperada respuesta del jefe.
No puedo dejar de hacerme la siguiente pregunta: ¿oraban o no oraban? Ellos pasaban cuatro horas de rodillas todos los domingos, así que podría concluir sencillamente que estaban orando. Sin embargo, cuántas mentes vagaban hacia otros estratos de la vida: faenas inconclusas, problemas sin resolver y otras más.

Es verdad, no debo llegar a esa conclusión ni rápida ni fácilmente, solo Dios conoce las “intenciones del corazón”. Ellos estaban allí, de rodillas, tal vez de la misma forma como lo hacemos nosotros cada domingo en nuestra iglesia: callados, sin que nadie sepa lo que hay en el corazón y ―no hay quien pueda escudriñarlo como lo hace Dios. De hecho, nuestro santuario personal muy frecuentemente es invadido por pensamientos, pasiones e intenciones que uno mismo introduce. Es un santuario que solo yo permito su profanación, pues, ni siquiera el diablo puede conocer lo que tenemos en la mente.
La Biblia nos dice que sí hay un momento para estar callados delante del Altísimo. David en una ocasión dijo: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él”. Así que hay momentos en los cuales es mejor callar y esperar la respuesta de Dios.
Muchas veces no sabemos qué pedir, no entendemos lo que sucede ni logramos interpretar bien las cosas. Desconocemos lo que Dios está haciendo en sus propósitos perfectos y entonces, conviene estar delante de Él en silencio. Puede ser que alcancemos esa gracia muy especial en esos instantes de quietud y nos revele sus intenciones.
El silencio es bueno en casi cualquier circunstancia, aunque no en todas. Pero nos ayuda cuando estamos delante de Dios, pues nos permite escuchar lo que desea decirnos. El bendito Espíritu Santo puede hablarnos por la Palabra, por un pensamiento, una idea o un impulso del corazón.
Obviamente en aquel silencio que por dos años practicaron los miembros de aquella comunidad, ¿quién podría asegurar completamente que no era una oración? Por la respuesta, aunque suponemos que no fue rápida, parece que sí oraban. Hay muchas peticiones que elevamos a Dios audiblemente y sucede igual o lleva más tiempo la respuesta. Dios tiene fechas que no adelanta ni atrasa. Nunca veremos a Dios apresurándose por nuestras angustias y emergencias. Él sabe lo que hace y conoce muy bien el mejor tiempo para responder.
En la música el silencio tiene su valor. Igual para Dios y debe ser igual para nosotros. A veces el silencio es la oración más elocuente.
Otro aspecto de esta oración que llama la atención es que el silencio de aquellos indígenas se produjo porque no sabían qué decir. La sinceridad estaba a flor de piel, tanto como la prudencia. Si es este el caso, no podríamos objetar tal postura. De hecho, muchas veces, como ya lo hemos mencionado, es preferible callar.
Pero el silencio pudo haber sido motivado por el temor o la timidez. Y esto sí podría ser un grave problema. Entendemos lo que a muchos nos ha sucedido, sobre todo cuando teníamos poco tiempo como cristianos y nos pedían que eleváramos una oración en público: nos daba temor, pena y no sabíamos qué decir. ¡Qué terribles fueron esos momentos! ¿Verdad? Pero enfrentamos lo que nos paralizaba y logramos espantar el miedo de orar en público.
Superar ese temor fue bueno, pero nos trajo otro reto: orar sinceramente y superar la inquietud de que nuestras palabras y frases sonaran bien delante de los hombres. ¿No es verdad que después de orar en público, muchas veces nos preguntamos si habíamos orado bien? Es difícil evaluarlo objetivamente, pero con atrevimiento digo que hay oraciones gramaticalmente bien estructuradas, con palabras bien escogidas e hilvanadas, pero que posiblemente no sean oraciones en el sentido estricto de la palabra.
De manera que hablar o no cuando oramos, orar en el corazón no dependerá en mucho del momento, del lugar, la petición y si oramos acompañados; pero lo importante siempre será hacerlo sinceramente, con conocimiento de la voluntad de Dios, sobre la base de la obra expiatoria de Cristo y con un corazón libre de toda vanidad.
Debemos orar con constancia, reverencia y confianza de un Dios que dispuesto a respondernos.
Que la oración sin palabras sea de corazón sincero y que el corazón sincero acompañe a la oración con palabras.
Tomado del libro ‘Un delgado nervio que mueve a Dios’ por Eduardo Padrón.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com

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