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¿Nuestros talentos al servicio de Dios?

(Fernando Regnault – Articulista).-

Nos hemos acostumbrados a la expresión de, «poner nuestros talentos y habilidades al servicio del Señor». Sería lo más lógico que alguien se convirtiera a Cristo, y decidiera usar todo lo que sabe y lo que es para servirle a Cristo. «Al fin y al cabo» esas habilidades fueron dadas por Dios, qué mejor que usarlas ahora para su servicio. Muchos se sorprenderán cuando les digo, que eso es una falsa doctrina. Claro que suena muy bien, hasta lógico que así sea, pero a la luz de la Palabra del Señor es otra cosa. Esto está tan arraigado por tantos años que, la palabra «talento» es sinónimo de habilidades naturales. Realmente el talento es una medida antigua muy usada para el oro y la plata, y equivalía a unos 34 kilos y parece ser que también una moneda se llamaba así.
Hay dos naturalezas en nosotros que son antagónicas e irreconciliables. La carne y el espíritu, cuando no conocemos al Señor andamos en nuestra naturaleza carnal. En ese tiempo todo lo que podamos hacer aun lo más hermoso, no agradará al Señor, veamos: «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden» (Romanos 8:7).  Nada que provenga de la carne agradará al Señor, ya lo dijo el Señor Jesús: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» (Juan 6:63). Cuando el Señor usa estas expresiones absolutas, está abarcando realmente a todo lo que es de la carne, para nada aprovecha. El Señor no nos escoge por nuestras habilidades o capacidades naturales, Él nos escoge por misericordia a través de su Gracia. Esto no implica que haya algo bueno en nosotros, sino: «sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte;  y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es» (1ª Corintios 1:27-28).
Para eliminar algunas dudas que puedan quedar sobre esto, citaré a nuestro Señor Jesús cuando dijo: «Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación» (Lucas 16:15). Las cosas que a los hombres conmueven por su aparente espiritualidad o pureza, para Dios son abominación. A los hombres les conmueven estas cosas porque no ven lo que está detrás, espiritualmente hablando. Veamos un pequeño ejemplo, porque siempre se dicen cosas genéricas, y no vamos al ejemplo de la vida diaria que nos edifica. Cuando las mujeres se le salen las lágrimas viendo las telenovelas, que están cargadas de adulterio, fornicación, odios, esas novelas las abomina Dios, sin embargo la gente se conmueve por ellas. ¿Sabía usted que la gente lloraba de emoción al oír los discursos de Hitler? Pues cada palabra eran completa abominación a Dios.
Cuando las personas le sirven a Dios en la carne puede pasar cualquier cosa, pues están actuando en sus capacidades naturales para lo espiritual, y no hay forma de reconciliar eso. Esta es una de las causas que tantas personas dejan el pastorado hoy día, se convierte en una carga muy pesada para la carne, tratar de actuar en el espíritu. Fijémonos en los nuevos salmistas que tenemos hoy día, las poses que toman para las fotos de promoción, las ropas que usan algunas hasta sensuales. Realmente tienen buena voz y la quieren poner al servicio del Señor, pero su carne no ha sido quebrantada, entonces reflejan lo que llevan: la carne. Para servirle al Señor es necesario que la carne sea quebrantada, el Señor Jesús enseñó que debe morir, veamos: «De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24). Este texto se refiere tanto a la muerte física de Cristo en la cruz, como a que los creyentes deben hacer morir la carne, veamos: «porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Romanos 8:13). Sólo lo que proviene del Espíritu del Señor agrada a Dios, al Señor no le agradan las cosas porque sean hermosas, o porque sean costosas, o porque sean únicas. Al Señor sólo podemos agradarle con lo que procede del Espíritu que Él nos da, hacerlo de otra manera es ofrecer fuego extraño que Él no mandó. La gente en la carne puede cantar muy hermoso, pero la procedencia de esa voz es pecaminosa, carnal, es necesario que sea lavado con la sangre de Cristo y sea quebrantada para Dios, entonces saldrá el olor grato, veamos: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). Lo que es de la carne, no puede cambiar, es carne y si cambia sigue siendo carne disfrazada.
Este hecho está simbolizado en el Antiguo Testamento, con las ofrendas al Señor que tenían que ser quemadas al fuego. Toda carne ofrecida al Señor tenía que ser quemada al fuego, es símbolo para nuestros días, en los cuales ya los sacrificios no son de animales, veamos: «vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1ª Pedro 2:5). Somos llamados a ofrecer sacrificios espirituales, eso es, que el sacrificio en el altar tenemos que ser nosotros, en ayuno y oración por las almas, por nuestra casa. Es necesario que sirvamos al Señor en el Espíritu, veamos: «Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne» (Filipenses 3:3). Es necesario que seamos transformados, no cambiados o mejorados, sino hechos de nuevo para Cristo, de la carne no debe quedar nada en nosotros, veamos: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2ª Corintios 5:17).
Todo tiene que ser hecho nuevo para poder agradar al Señor, tenemos como ejemplo de esto al apóstol Pedro, durante todo su discipulado al lado del Señor, su carne una y otra vez hablaba. Una y otra vez ofreció morir junto con el Señor y serle fiel hasta la muerte, pero era su carne, aunque era sincero y el Señor le amaba, sin embargo él tenía que aprender que esa confianza no estaba apoyada en Dios, sino en su corazón apasionado por Cristo. Estas crisis de quebrantamiento son realmente dolorosas, pues la carne tiene que ser quebrada para que pueda salir la fragancia del espíritu que agrada al Señor. Aquél Pedro tan dispuesto a dar su vida por Cristo, cuando llegó el momento y las tinieblas se vinieron contra él y aquella mujer le preguntó si conocía a Jesús, lo negó, no una, sino tres veces, para que no quedara duda, y su confianza en la carne fuera desecha.
El Señor nos ha dado su Espíritu Santo, para que sea en el Espíritu que sirvamos a Dios y usando los dones que nos da el Espíritu para edificación de la Iglesia. Claro que implica un esfuerzo de búsqueda del rostro del Señor, implica consagración y santificarse, y hoy casi nadie quiere pagar este precio. Estos son los dones y las capacidades que el Señor quiere en la Iglesia, veamos: «Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu;  a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu.  A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas.  Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (1ª Corintios 12:8-11). Este es el poder Glorioso de Jesucristo dado a la Iglesia, no podemos sustituirlo con capacidades naturales. Sin embargo, es lo que estamos viendo hoy en día, despertemos de este adormecimiento y enderecemos lo que está torcido, porque el Gran Día se acerca. «Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo» (2ª Timoteo 2:7).
¡A Dios Sea La Gloria!
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