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Nuestra propia cárcel, Jaime Fernández G

René Higuita fue un portero colombiano que se hizo famoso en todo el mundo por su manera de entender el fútbol. En casi todos los partidos usaba su calidad como jugador saliendo de su portería para iniciar la jugada, y en ocasiones llegaba hasta el medio campo con el balón en los pies. Al final de su carrera reconoció que su personalidad le había jugado alguna que otra mala pasada, cuando el contrario recuperaba la pelota y tiraba a gol a portería vacía: «Los tres palos son como la cárcel de un arquero, pero yo logré escaparme, aunque de vez en cuando me atrapaba un policía y me tiraba desde la mitad de la cancha».
Uno de nuestros mayores problemas es sentirnos rechazados. Comenzamos nuestra vida felices con nosotros mismos, pero tarde o temprano observamos que algunas de nuestras características no son plenamente aceptadas por otros, y poco a poco dejamos de ser nosotros mismos. Aprendemos a reaccionar como la gente quiere que reaccionemos, y a comportarnos como los demás esperan de nosotros que lo hagamos, intentando ser aceptados.
Todos te señalan por ser diferente, así que comienzas a dejar de ser como eres cuando a los demás no les gusta lo que haces. Muchos fueron rechazados cuando eran niños y viven con esos terribles recuerdos. Otros sufrieron ese proceso más adelante. Sigue ocurriendo cuando comienzas un trabajo nuevo o cambias de equipo. De repente alguien comienza a hacer comentarios sobre ti y dejas de ser tú mismo. Jamás deberíamos vivir así; no debemos dejar que nos rechacen como personas. Eso es una maldición.
Nadie es perfecto. Y nadie tiene derecho a echar en cara a los demás sus imperfecciones. Sí, puede que nos hayamos equivocado unas cuantas veces (¿y quién no?), pero eso no puede ser la razón para que los demás nos rechacen o nosotros nos sintamos rechazados. ¡En ocasiones, lo que nosotros creemos que es una imperfección de nuestro carácter puede ser un regalo de Dios para nosotros y para los demás!
Por otra parte, no debemos olvidar que Dios puede y quiere restaurar nuestro pasado. Él nos hizo como somos y nos ama. También debemos perdonar a quienes nos han hecho daño con sus comentarios o con sus burlas. No importa quiénes sean. A veces (sin darse cuenta) nuestra propia familia o nuestros amigos nos han despreciado diciendo algo inapropiado y eso lo guardamos dentro de nosotros como la mayor ofensa del mundo.
Perdona. Y después vuelve a perdonar. Siempre es mucho más fácil perdonar a un desconocido que a quien queremos, así que haz un esfuerzo y perdona a quienes más te quieren, y a quienes más quieres tú.
La fuente del perdón es el mismo carácter de Dios. Él es amor, y lo es en esencia. Él nos ama y le es imposible dejar de amarnos. Miqueas nos lo recuerda en una sola frase: «Tu mayor placer es amar» (Miqueas 7:18. NVI). Dios no nos rechaza nunca. Puedes volver a Él. No importa el problema, la dificultad, o incluso la imposibilidad que creas que estás viviendo. No pienses que tu caso no tiene solución, el Espíritu de Dios tiene el poder para ayudarte. El mismo Espíritu que levantó al Señor Jesús de entre los muertos puede y quiere restaurar tu vida. Te quiere a ti.

Protestante Digital©

Jaime Fernández G.
Pedagogo, músico y compositor, escritor

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