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Mitología romana: El dios del año nuevo, Edson Contreras

El dios Jano recordaba que los seres humanos tienen, como él, dos caras, una mirando el pasado y otra el futuro

Jano (en latín Janus), el dios de dos rostros, era uno de los más antiguos en el Panteón romano de los dioses. Conocido desde los orígenes de la ciudad de Roma, tenía su propio templo en el que estaba su imagen de dos caras mirando hacia dos puertas. Una faz hacia el Oriente y la otra hacia el Occidente simultáneamente, equilibrando así el cosmos. En una mano tenía el número 300 y en la otra el 65, controlando el sucesivo paso de los días. Sus dos semblantes representaban la mirada hacia adelante y hacia atrás, contemplando tanto el pasado como el futuro al mismo tiempo.
Este dios abría y cerraba los tiempos humanos, observando ambos hemisferios del mundo. Por un lado, en el solsticio de verano, cuando el sol llegaba a su punto más alto y empezaba su curso descendente, abría la entrada de las almas que llegaban al mundo. Esa puerta era conocida como Janua Inferni (Jana del Infierno) o la Puerta de los Hombres y, por otro, en el solsticio de invierno, con el ciclo ascendente del sol, abría el acceso para las   almas que dejaban este mundo. Esa puerta era conocida como Janua Coeli (Jana del Cielo) o la Puerta de los dioses.
Los solsticios simbolizaban el camino iniciático y la sabiduría que abrían las dos puertas que el ser humano debía transitar a lo largo de cada año. La Puerta de los Hombres (solsticio de verano) era la puerta de descenso que conducía a cada uno hacia la profundidad de su propia verdad interior. La Puerta de los dioses (solsticio de invierno) era el tránsito ascendente hasta la trascendencia, la unión con lo divino.
Por estas razones, el dios Jano –también llamado Bifronte (el de los dos frentes o puertas)- era el amo de las puertas del mundo, el que abría y cerraba los tiempos humanos, los ciclos naturales de los seres vivos y las etapas históricas de las épocas del mundo: Señor del Tiempo, poseedor de las llaves, mediador entre mortales e inmortales y rey de la astrología ya que imperaba los movimientos del sol.
A los sacerdotes más importantes del culto romano se les confiaba la custodia del templo de Jano, el cual era especialmente venerado al final de un año y al comienzo de otro. Él cerraba las puertas del año viejo y abría las del año que se iniciaba. El mes de enero (en latín januarius derivado de Jano) era el mes que estaba consagrado al dios de los cambios, las transiciones, las mutaciones y las transformaciones que se dan en el tiempo de un año. Presidía el principio y el fin de todas las cosas, el alfa y la omega. Se lo honraba cada vez que comenzaba un proyecto nuevo, nacía un bebé o se contraía matrimonio.
El dios Jano recordaba que los seres humanos tienen, como él, dos caras, una mirando el pasado y otra el futuro. Dios de las dualidades, de las paradojas y de los opuestos que se complementan. Enseñaba que los años que terminan o los que se inician no eran buenos, ni malos. Cada uno, según la puerta que eligiera, lo hacía un buen o un mal año. Sin embargo, no había una determinación de cuál era la puerta correcta o la equivocada. Cada uno lo sabía al hacer el balance hacia el final de su año. Las opciones de cada uno hacían del año lo que el dios sentenciaba para cada uno. El dios no preanunciaba ninguna determinación, ni emitía ningún oráculo acerca del año que se iniciaba. Cada uno, con sus propias elecciones, hacía de su año un determinado aprendizaje. Cada uno escogía una puerta del templo y pasaba por ella simbolizando las opciones que tomaba haciendo de su año, su propia elección.
El dios Jano enseñaba así que el tiempo es lo que cada uno opta en el camino de sus aprendizajes, hacia su propia transformación y cambio.

Edson Contreras
Profeta

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