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Mártires y mártires

(Wenceslao Calvo – Pastor).-

El estudio de las palabras es una disciplina fundamental cuando queremos definir nociones que consideramos de importancia vital. Es sabido que hay materias en las que el uso de palabras precisas e idóneas es una cuestión que no puede ser pasada por alto, como por ejemplo en la filosofía, el derecho o la teología. Una palabra equivocada en un tratado puede dar origen a un conflicto diplomático entre naciones, provocar una confusión en la resolución de un debate o trastocar el sentido de una proposición.
En el estudio de las palabras hay dos esferas complementarias, que son la etimología y la semántica. La primera se ocupa del estudio del origen de las palabras, mientras que la segunda de su significado. Conocer la raíz y las derivaciones de una palabra es esencial en el campo de la filología y todo aquel que tiene que tratar con textos antiguos lo sabe de primera mano. Por eso la Biblia es un libro que para ser estudiado en profundidad lingüística demanda zambullirse en el campo etimológico. En cambio la semántica busca conocer no el significado histórico de las palabras sino el actual, que puede no ser el mismo que el original, especialmente cuando han pasado los siglos y ha cambiado el escenario.
La palabra mártir es griega y literalmente significa «testigo». Evidentemente se trataba de un término aplicable a muchos aspectos de la vida, pero especialmente al ámbito de lo legal. De esa manera un «mártir» era alguien que daba testimonio ante un tribunal, al haber sido testigo de ciertos hechos. El término, que también tenía un uso religioso, pasó al lenguaje usado en el Nuevo Testamento para describir esa condición del cristiano por la que se convierte en testigo de la verdad sobre la persona de Jesús. Cuando el cristiano lleva hasta sus últimas consecuencias la proclamación de ese testimonio sellándolo con su sangre, se convierte en «testigo» en el pleno sentido de la palabra. De ahí que con el paso del tiempo y el aumento de las persecuciones la palabra «mártir» se convirtiera en un término técnico y exclusivo para describir a los que mueren por su fe en Cristo. Y el primer mártir fue Esteban, a quien Pablo se refiere con ese calificativo en Hechos 22:20, pues su testimonio de Jesús ante un tribunal (el judío) le costó la muerte. Hasta el día de hoy la palabra «mártir» se entiende en todas las latitudes en el sentido cristiano que con el peso de los siglos ha cuajado. Igualmente, hasta el día de hoy, sigue habiendo cristianos mártires por su fe en determinados países, donde el cristianismo está perseguido.
Pero en las noticias actuales procedentes del mundo musulmán hay una continua referencia al término «mártir». La palabra es la misma, pero el significado es totalmente opuesto al cristiano. Aquí se trata de una persona no que ha caído por mano de otros sino que ella misma se ha quitado la vida con el fin de quitársela a otros. Es decir, mientras en el sentido cristiano es alguien que recibe totalmente el daño sin dañar, lo cual es expresión de lo que Jesucristo hizo, en el sentido islamista es alguien que se daña a sí mismo para dañar. Hay, pues, todo un mundo de diferencia entre ambos significados.
Ese mundo de diferencia en la palabra «mártir» explica la disparidad radical que hay entre la creencia cristiana y la musulmana. Una diferencia que no consiste solamente en un conjunto de postulados doctrinales sino en la naturaleza misma de cómo se entiende la vivencia de los mismos. Nunca puede ser un auténtico «mártir» el que se destruye para destruir, ni siquiera en el hipotético caso de que lo haga por una causa justa. La ética más elevada enseña que el fin no justifica los medios, sino que entre ambos elementos ha de haber una concordia. Y en el caso de que se quebrante ese lazo de unión entre fin y medios, ambos términos quedan invalidados. Por eso el suicidio para asesinato no puede ser conceptuado como un acto virtuoso, a menos que previamente se haya pervertido la noción de virtud.
Sólo gente ciega y fanática, como los yihadistas, puede sustentar que quien ocasiona una matanza es un «mártir». Yo me quedo con el significado etimológico y semántico cristiano y espero que un día la sangre derramada de los verdaderos mártires sirva de acicate que haga reflexionar a quienes ahora aspiran a un martirio que en realidad es un tobogán que los lleva al infierno. Y también espero que, por encima de todo, pongan sus ojos en quien es el mártir por antonomasia, aquel al que se denomina ‘el testigo [mártir] fiel y verdadero’ (Apocalipsis 3:14), que se inmoló por la verdad y vertió su sangre no para aniquilarnos sino para darnos vida eterna.

©Protestante Digital

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