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La verdadera Navidad

(Liliana Daymar González – Periodista).- 

Y llegó la navidad, la época del calendario donde la pandemia por las compras, los regalos, estrenos y comilonas se extiende y crece sin control. Diciembre siempre irrumpe con sus remembranzas del año viejo, con su aroma a pino y hallaca abrigando esperanzas en cada corazón. Aunque las Escrituras no otorgan datos específicos, en estas fechas los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús, la Biblia narra que estando María y su esposo José en Belén de Galilea, se cumplieron los días de su alumbramiento «y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en  el mesón» (Lucas: 2-7).

En aquella época se llamaba mesón a la posada donde los viajeros se alojaban para pasar la noche, algunos mesones disponían de establos donde ubicaban a los animales de los huéspedes para su descanso y alimentación. Y fue precisamente allí, en un establo oscuro, pestilente, sucio, hediondo a excremento de ganado donde María halló lugar para dar a luz al Salvador del mundo. A pesar de ser el Hijo de Dios el que estaba por nacer, llama la atención las calamidades que desde un principio enfrenta la obediente y fiel María; parir con dolor en aquellas condiciones no debió ser nada fácil; virgen, primeriza y sin una partera que la asistiera, la puedo imaginar asustada, pero valiente, adolorida, pero confiada en el Señor. Ante los persistentes dolores de parto José toca las puertas de muchas casas y mesones, desesperado explica la situación, pero no halló vacante para el Mesías. Eso es precisamente lo que sucede hoy, dos mil años después, Jesús está tocando la puerta de muchos corazones, pero se hospedan allí la falta de perdón, la hipocresía, la vanidad, la envidia, el egoísmo, la codicia, lo ocupan también, el exceso de trabajo e incluso, el miedo y la soledad tienen su habitación, es por eso que no hay un lugar para el Señor.

Dios pudo crear las condiciones perfectas para el nacimiento de su único hijo, los judíos pensaban que el Mesías prometido nacería en un ambiente real; sin embargo, nuevamente el Padre nos revela la verdadera intención de su corazón: «El hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas: 19-1). A sanar las almas heridas, a limpiar con su sangre el pecado. Él nace en nosotros cuando lo dejamos entrar, no obliga ni manipula a nadie: «Yo estoy a la puerta y llamo si alguno oye mi voz, y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo» (Apoc. 3:20).

La verdadera navidad consiste en dejar nacer a Jesús en el pesebre de tu corazón, invítalo a entrar y a morar en ti, entrégale tu voluntad. Recuerda que Él es la luz del mundo y su mayor deseo es resplandecer en medio de la oscuridad de tu pesebre. Jesús llega como un peregrino pidiendo posada, nace en la pobreza de un inmundo establo, su cuna fue el pasto de los animales, muere en una cruz de madera para enseñarnos que estamos de paso por el mundo, los verdaderos tesoros son invisibles y la llave de la Vida Eterna la guarda el Señor.

lili_vidaenlapalabra@hotmail.com

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