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“La urgencia del país no es el dólar Sicad sino en el reencuentro entre los venezolanos”

(Verdad y Vida – Phoenix).-

«Una paisana y colega, Teresa Morán, me preguntó: ¿Según tu iglesia, cuál es el primer desafío que tienen los venezolanos? Esta es la interrogante más importante que me han formulado como pastor, pero también como periodista. A ella, y a los lectores de Verdad y Vida les respondo: Toda la Iglesia, es decir, los creyentes, tenemos el mandato de Dios de proclamar la esperanza, aunque veamos como Ezequiel un valle de huesos secos. El Señor puede devolver carne, tendones, piel y vida, aunque todo nuestro alrededor sea un cementerio».
De esta manera, el periodista y pastor venezolano, hoy sirviendo como pastor en Phoenix, Arizona, en la Iglesia Luterana-Sínodo de Missouri, reveló su visión de un país que, para economistas y académicos, luce perdido e irrecuperable, «pero desde la perspectiva bíblica, toda nación, que haga del Señor su Dios, tiene la bendición de ser grande y poderoso».
¿Cuál es tu visión de la Venezuela actual?
– Puedo mencionar lo que la gente ya sabe, pero en este momento lo que Venezuela necesita escuchar, no son ni las cifras del Banco Central de Venezuela, tampoco los diferentes tipos de cambio, porque lo que los venezolanos no pueden comprar, ni con dólar preferencial ni con el Sicad, es el reencuentro entre los venezolanos, especialmente la unidad y armonía familiar. Hermanos y paisanos, la verdadera auditoria nacional debe comenzar por reparar los corazones y promover la reconciliación nacional.
¿Pero eso puede sonar espiritualista?
– Piense en Nehemías, el copero del rey. Escuchó las noticias del estado en que se encontraba Jerusalén. Se lamentó, hizo ayuno y oró a Dios, ganó la atención de su jefe, y él apoyó la empresa de Nehemías. Una tarea que tuvo obstáculos, no fue fácil, pero el pueblo reconoció su pecado, y volvieron a la Ley de Dios. Entonces no se trata de paredes, ni de economía rota, la raíz de los males está en el corazón.  Únicamente venezolanos, con corazones cambiados por el perdón de Dios, pueden emprender la reconstrucción nacional.
Lo que ha pasado en el país no es culpa de un hombre, un ideal o un partido. Es un corazón sin Cristo lo que convierte a las personas en corruptas, insensibles, opresoras, asesinas, irresponsables y violentas; Venezuela está clamando para que la Iglesia marche portando el estandarte del Evangelio.
¿Cree que la Iglesia es parcial hacia los lados en conflicto?
– No diría la Iglesia, porque la Iglesia es y será el cuerpo visible de Cristo, más bien las personas, son parte de la parcialidad, somos parte de ella. Es que nadie es eunuco mental, el punto es que la división ha llegado muy lejos. Hay familias, padres, esposos, hijos, hermanos, que, por causa de su pensamiento político, se han dividido y destruido. Esa pérdida es más grave que la económica, porque una nación desunida es imposible reconstruir. Los pastores en Venezuela están obligados a convocar la reconciliación, entre ellos, luego entre su pueblo, para dar muestra que la unión es posible y de dónde viene el poder para lograrlo.
¿Lo cree posible, practico, realizable?
– Hace unos días vino a Phoenix, un colega, amigo, identificado hasta los tuétanos con el PSUV. Puedo decir su nombre, José Israel González. Pasamos gratos momentos. Hablamos de todos los temas, con sinceridad. Él sabe que yo soy crítico de la gestión del presidente Maduro, pero nos unimos en el sentir del país. Fue posible dialogar sin ofender. Él, su familia, el equipo de voleibol de Venezuela, asistió a la Iglesia, oyeron la Palabra y dieron testimonio del mover de Dios. La palabra de Dios sigue siendo eficaz. ¡Pruébenme en esto dice el Señor!
Estamos de nuevo de aniversario…
– Creo que si hay un medio que no puede ser acusado de promover el caos, y si la esperanza, es Verdad y Vida. Te imaginas el país que tuviéramos si los medios seculares tuvieran el mismo sentir, no me refiero a que sean cristianos, aunque la idea es excelente, sino mantener la responsabilidad de dar a conocer las Buenas Noticias de Jesús. La Iglesia tiene la obligación y responsabilidad de sembrar la esperanza.

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