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La promesa de la sanidad de Dios, Charles F. Stanley

Cada uno de nosotros se acerca a Dios como si fuéramos leprosos, con un corazón enfermo que necesita ser sanado

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Después de concluir su conocido Sermón (Mateo 5-7), el Señor bajó de la montaña, y un leproso se le acercó, pidiendo ser sanado (Mateo 8:1-3). Según las leyes de la época (Levítico 13), tocar a este hombre habría significado una contaminación -una impureza ceremonial- que requería una purificación ritual para que la persona tuviera de nuevo su lugar en la sociedad judía.
Aparentemente, el contacto físico ni siquiera era necesario, ya que leemos unos pocos versículos más adelante cuando Cristo sanó al criado de un centurión solo con unas palabras (Mateo 8:5-13). No obstante, eligió tocar al leproso de todos modos, no solo para sanarlo, sino también para limpiarlo.
Aunque no tengamos la misma enfermedad, cada uno de nosotros se acerca a Dios como si fuéramos leprosos, con un corazón enfermo que necesita ser sanado. ¡Qué gozo saber que la presencia del Señor nos limpia, restaura y libera!

Piense en esto:

  • El leproso se inclinó ante el Señor, diciendo: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mateo 8:2). ¿Qué significa ser limpiado (o redimido) por Cristo?
  • Imagínese al Señor extendiendo su mano, como lo hizo en Mateo 8:3, para tocarle. ¿Le es fácil aceptar su ofrecimiento?

Charles F. Stanley
Pastor, maestro y escritor

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