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La oración del religioso, Eduardo Padrón

No es difícil cruzar la línea que separa la verdadera espiritualidad de esa religiosidad y, sobre todo, cuando no tenemos claros los conceptos

¿Se ha sentido alguna vez como un religioso? Posiblemente cueste un poco responder a esta pregunta por los “depende” que siempre existen. Puede que sea desagradable descubrir que se ha asumido ―aun sin saberlo― posturas religiosas. Nos han enseñado que esto no es lo que debe practicar un creyente en Cristo. Que no predicamos religión sino relación.
Pero lo cierto es que a veces tenemos ese comportamiento religioso tan ominoso sin darnos cuenta. No es difícil cruzar la línea que separa la verdadera espiritualidad de esa religiosidad y sobre todo, cuando no tenemos claros los conceptos. Honestamente creo que la hemos cruzado tanto que ya no nos damos cuenta.
Las palabras religión y religioso no son descartadas del todo en la Biblia y no siempre tienen una carga negativa. La verdadera religión procede de un corazón piadoso que logra atravesar los pliegues del egoísmo que recubren el corazón y convertirse en obras de piedad, misericordia y dominio propio. Santiago enseña que “Si alguno se cree religioso, pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión del tal es vana”.
Así que podemos afirmar que existe una religiosidad con una etiqueta muy bien ganada: es vana. Esta es la religión que se proyecta externamente, que ama el reconocimiento, que expone las “buenas” obras con el fin de exaltarse. El religioso intenta que su ego sea el centro de todo; el sol que ilumina todo, el modelo a imitar.
Hay una caricatura que presenta a un gallo muy particular que creía que el sol salía solo cuando él cantaba, hasta que le sacaron de su error cayendo bajo el peso de su engaño. Hay personas que son así, creen que el sol sale cuando ellos cantan, que Dios se mueve cuando ellos oran.
¿Cómo descubrir a un religioso? Lucas 18:9-12 nos revela algunas características que lo evidencian. En ella el Señor habla de un religioso que, curiosamente, tenía algunas prácticas iguales a las nuestras. No lo imitamos en todo, pero este descalificado religioso tenía prácticas aceptadas por todos; nada malo en sí mismas, pero su forma de practicarlas evidenciaba condiciones inadecuadas. Veamos.
Primero, un religioso confía desmedidamente en sí mismo. Es un autosuficiente capaz de sentirse justo en base a sus prácticas religiosas. Lucas 19:9 nos dice: “A unos que confiaban en sí mismos como justos…”. ¿Lo notan? Un religioso no se humilla ni acepta razones. Lo que él hace, es lo mejor que se puede hacer.
Segundo, el religioso se inclina por el desprecio a otros (Lucas 19:1). Un personaje muy famoso representado en una película confesó una vez que nunca en su vida se había agachado para recoger un papel. ¿Habrá en la iglesia personas así, que han acumulado suficientes méritos como para despreciar o sentirse mejor que los demás?
Tercero, al religioso le gusta que lo vean o admiren. Lucas 19:11 dice: “El fariseo, puesto en pie…”. Una actitud farisaica que se muestra en ocasiones en nuestras iglesias y de la que hay que cuidarse. Sé de creyentes que les gusta dar a conocer cuánto oran. Esto por supuesto contrasta con lo señalado por Dios en su Palabra cuando nos dice: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto…”.
En cuarto lugar y unido al punto anterior, el religioso habla consigo mismo (v.11). Está más preocupado por la elocuencia de su oración que por ser verdaderamente escuchado. No les caracteriza la sencillez ni la sinceridad del corazón. Sus oraciones son retórica vacía, palabras sin sentido, rezos que inflan su ego.
Quinto, el religioso da gracias igual que cualquier creyente, pero con motivos insanos: “te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano” (v.11).
Sexto, el religioso también ayuna y da sus diezmos, pero solo son ritos externos. Es posible que ayune más que cualquier cristiano común. Lo hace dos veces a la semana. Pero aun así no fue escuchado ni justificado. Este fariseo es el ejemplo claro de una religión con énfasis en lo externo, sin cambios en el corazón.
En conclusión, aceptemos que la oración puede ser afectada por una religiosidad vana y sin sentido. Es la rigurosidad del que no cambia internamente. Desde ese punto de vista, se podrían camuflarse sentimientos inadecuados detrás de una fachada religiosa. Si el corazón no se ha sometido al Espíritu Santo, si los sentimientos no son los correctos y la voluntad no está bajo los dictados de la Palabra de Dios, podríamos estar escondiendo a un religioso debajo de nuestra práctica cristiana.
Amigo mío, ¿has vivido momentos en los cuales has rechazado a alguien porque no es como tú en los caminos del Señor? ¿Has sido intolerante con alguien de otra iglesia? ¿Crees que eres mejor por la cantidad de años que tienes en el Señor o porque posiblemente oras más que otro? De estas respuestas depende si estás haciendo la oración de un religioso o no.
Y, por último, este tipo de oración de pura forma, contiene una exhortación. Si participas en un grupo coral o de alabanza, o desempeñas alguna función en tu iglesia: nunca escondas el pecado detrás del ministerio. Dios está más interesado en un corazón arrepentido que en una inmaculada ejecución en su forma y contenido. Cuídate de la apariencia exterior de la religión divorciada de un corazón arrepentido y agradecido. Definitivamente, cuidémonos todos de la oración del religioso.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com
Tomada de su libro “Un delgado nervio que mueve a Dios”.

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