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La oración de Epafras, Eduardo Padrón

Lo que nos indica que Epafras no hacía una simple oración, pasajera, automática, formal y ocasional. Era la oración de quien agonizaba por la Iglesia

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Si hay algo singular en la oración es la vida de quien la hace. Hay una exquisita reciprocidad entre la oración y quien ora; pues el hombre de Dios hace la oración y la oración hace al hombre de Dios y toda esta obra la inicia el mismo Espíritu, inyectando esta necesidad de orar. Por tanto, la oración muestra la calidad del hombre y este a su vez proyecta la calidad de vida de oración que lleva. Es en este sentido que veo a Epafras que se nos presenta como un siervo que dedicaba tiempo a la oración. ¿Qué nos enseña su esfuerzo y sano empeño al orar por la iglesia? ¿Cuál era su petición a Dios en favor de ella?
Epafras era el diminutivo de Epafrodito y de él se tiene muy poca información. Sin embargo, las alusiones que hizo Pablo lo describen como un “consiervo amado y fiel ministro de Cristo”, que ya es bastante qué decir. Le acompañó en sus prisiones así que también podemos deducir que era un excelente amigo y compañero de ministerio. La verdad es que Pablo no necesitó muchas palabras para resaltar el carácter de este siervo que ―y es lo que nos interesa en este momento― demostró una profunda preocupación por la iglesia. Pablo lo dejó bien claro con esta sola referencia: “Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere” (Colosenses 4:12). Es verdad que la calidad de la oración no está determinada por las palabras, pero ellas revelan el fuego que consume por dentro al que ora. Hay una exquisita elocuencia espiritual que enciende el fuego de la motivación de modo que las peticiones se convierten en sacrificios aceptables que llegan a Dios como grato aroma. Lo poco que se dice de la pasión de Epafras al orar deja muy pequeño con seguridad al creyente normal y formal que se acerca a Dios solo para cumplir con una responsabilidad cotidiana. Veremos que esta no fue la experiencia y vida de este siervo.
De la práctica de orar de Epafras, Pablo testifica: “siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones”. Aquí la palabra “rogando” es el término del cual se deriva la palabra “agonía”. Lo que nos indica que Epafras no hacía una simple oración, pasajera, automática, formal y ocasional. Era la oración de quien agonizaba por la Iglesia. Era la intercesión en la cual se experimentaba “un desgaste de energía física y mental” (Mundo Hispano). Y amigos míos, esta es la intercesión que vale. La que demuestra que se agoniza por el bienestar de alguien o del cuerpo de Cristo. Esta tiene que ser una inigualable medida para evaluar si lo que nos mueve a la intercesión es una flama que nos quema o la débil llama ahogada por la premura u otros intereses.
Pedir por otro es agonizar por el desvalido, por el necesitado, por el que está siendo tentado; por quien flaquea o está en peligro. ¿Cuántas oraciones agónicas elevamos al cielo a favor de la iglesia, del liderazgo, de los pobres, del perseguido, del explotado o por quien necesita urgentemente el auxilio de lo alto?
Pero ¿qué pedía Epafras que le dio a su oración ese toque tan peculiar? Leamos otra vez Colosenses 4:12: “Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere”. ¿Lo notó? Pedía que los hermanos de las iglesias estuvieran “firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere”. No deberían ser extrañas estas peticiones en relación a la vida cristiana y la vida de la iglesia. Son las peticiones que apuntan a la calidad de vida en la fe bíblica, en las respuestas que hay que dar, en la calidad de estas respuestas y en función de lo que Dios espera de nosotros.
Su preocupación era que los creyentes estuvieran firmes en su confianza en Dios. Que recibieran la fortaleza para mantenerse inamovibles en medio de las olas de pensamientos filosóficos y nuevas creencias que azotaban la fe de los creyentes. Esta es la historia que se repetirá hasta el final de los tiempos. Los ataques que han sido invariables y polícromos desde el mismo nacimiento de la humanidad cuando Satanás torció la verdad para promover su engaño. Engaños que siguieron evidenciándose en la iglesia primitiva y en toda su historia. Por tanto, la iglesia ha tenido que demostrar firmeza ante tantas propuestas foráneas y las que se incubaron en su seno. Esto no ha cambiado hoy. Por tanto, es siempre vital una oración por fortaleza y firmeza en medio de la tempestad que siempre amenaza con su artera heterodoxia.
Epafras también rogaba que fueran perfectos que es la cualidad de quien madura en la vida, y para la que se requiere conocimiento de la Palabra y la capacidad de discernir. Solo así la Iglesia podría determinar a su luz, lo que se debe o no se debe hacer; lo que se debe aceptar o rechazar.
Y en último lugar, Epafras agonizaba en oración para que los creyentes fuesen completos. Nada es bueno si no está completo aun en sus detalles. Una obra incompleta puede mostrar rasgos de belleza, pero no es bella. Así una vida cristiana aunque no se trate de perfección, debe desear y demostrar que sus respuestas están comprometidas con la verdad. Nunca una vida a medias en sus decisiones, acciones, ejemplos y compromisos ha sido atractiva, aunque tenga destellos de belleza y perfección.
Toda respuesta, aunque sea firme, madura y perfecta nunca será grata a Dios si es egoísta, egocéntrica en sus deseos o en lo que se supone personalmente bueno. En esto Epafras no se equivocó, pues nunca dejó al azar ni sujeto a la subjetividad humana algo tan importante. No deja sobreentendida la medida de toda esta exigencia en su oración. Su medida, aunque sencilla y simple, es poderosa: los creyentes debían ser firmes, maduros y perfectos “en todo lo que Dios quiere”. Es esa voluntad que se descubre como “agradable y perfecta” en Romanos 12. Esta petición no deja nada a medias. De hecho no hay medias tintas ni intermitencias. La vida en Cristo tiene que estar marcada en todos por lo que Dios quiere.
La oración de Epafras enseña con cuánto fervor se debe interceder. Es la oración del oferente que agoniza ante Dios por el bienestar de otros. Es un fuego que no afecta su razón, sino la reanima llenándola de certeza.
Esta oración es modelo de fervor, perseverancia y contenido. Es significativo que lo poco que se dice de Epafras nos confronte incluso hasta llevarnos a un punto en el que tengamos que reconocer con cierta vergüenza lo que aún no hemos cultivado en nuestra vida de oración. Aún tenemos tiempo. Encendamos la llama.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
Min. Educación y Cambio
edupadron@gmail.com

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