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La Historia nunca juzgará

Siempre hemos escuchado la ya trillada frase: «La Historia le juzgará», atribuida a personas, instituciones y gobiernos. Los hombres suelen acallar su conciencia endilgándole el juicio a esta disciplina del saber que además de recordar el pasado, su juicio nada tiene de valor para lo realmente trascendente o eterno.
La Historia, o digámoslo mejor, los historiadores que son quienes la recogen y la difunden, pueden cumplir el rol de ser la memoria o archivo de lo que los hombres al frente de sus vidas e instituciones hacen; pero si somos sinceros debemos reconocer que es una mirada un tanto personalista y hasta sesgada de lo acontecido, sujeta a la óptica del historiador.
¿Cuántos han hecho caso de lo bueno o malo que ha sucedido en el pasado para cambiar o mejorar el presente y futuro? Realmente muy pocos. ¿Quién emite un juicio en torno a lo acontecido en el pasado? La respuesta es obvia: Otro hombre o mujer, al que dan por llamar historiador(a). ¿Podemos fiarnos de su juicio de valor para determinar la verdad de un acontecimiento? No.
Si la Historia no nos ayuda a ver la fragilidad de la conducta humana por causa de su naturaleza caída, para así no cometer los mismos errores, simplemente viene a ser como una lectura más, sin mayor efecto que el que la conveniencia le quiera dar. Pero ¿qué piensa Dios de todo esto?
Para empezar, Dios acepta que analicemos lo pasado, pero no que lleguemos a juzgarlo y menos a juzgar a nadie, pues esa sólo es su atribución. El sabio Salomón escribió: «Por lo demás, Dios habrá de juzgar toda obra, buena o mala, junto con toda acción encubierta» (Eclesiastés 12:14); la Historia sólo ve lo exterior, los acontecimientos físicos, pero jamás podrá ver los encubiertos, pues corresponden al alma de las personas, y allí sólo entra el Espíritu Santo (Jeremías 17:9-10).
Cuando vino nuestro Señor, partió la Historia en dos: Antes y después de Cristo; Él dice: «el Padre (Dios) no juzga a nadie, sino que todo el juicio se lo ha dado al Hijo» (Juan 5:22. Énfasis añadido). Puesto que Dios cargó los pecados de la humanidad sobre su Hijo Jesús en la cruz del Calvario (como el «Cordero que quita los pecados del mundo»), para que por medio de Él aquellos que le reciban como único Señor y Salvador puedan hacerse acreedores «por gracia» de la justicia de Cristo y ser salvos, sólo Él tiene la autoridad para juzgar a la humanidad (Isaías 53; Juan 3:16-21).
La Historia «juzga» hechos, pero el Señor juzgará (en el juicio final) las intenciones ocultas del corazón y aún las palabras pecaminosas que digamos; «…yo les digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado» (Mateo 12:36-37). La Historia juzga hechos, buenos o malos; Dios juzgará lo oculto de los hombres. La Historia se escribe en libros perecederos; el Señor escribe en sus libros eternos.
Decir que «La Historia juzgará», es el atajo más peligroso que los hombres puedan elegir; uno, porque la Historia no redime; y dos, porque una vez muerta la persona se la haya considerado «buena» o «mala», si partió de este mundo sin haber recibido a Jesucristo en su corazón sencillamente está perdida por la eternidad, aunque la Historia se encargue de exaltar sus méritos humanos, no así sus hechos ocultos.
Nadie puede escapar de la condenación a no ser por los méritos de Jesucristo; bien lo dijo el apóstol Juan: «Los que creen en el Hijo de Dios tienen vida eterna. Los que no obedecen al Hijo nunca tendrán vida eterna, sino que permanecen bajo la ira del juicio de Dios» (Juan 3:36). ¿Tiene usted a Cristo en su corazón? Aproveche de hacerlo mientras viva.
Que digan «la Historia juzgará», nada más falso que ello, visto a la luz de la Biblia, la Verdad eterna; la Historia nunca juzgará correctamente, puesto que no son justos los que la estudian y la escriben… Sólo el Justo, Jesucristo, tiene la última palabra… Por eso, ¡en el cielo nos llevaremos varias sorpresas!

director@verdadyvid.org

@georgesdoumat

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