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La División: Un pecado histórico de la Iglesia Evangélica en Venezuela

[quote]Unidad no es acabar con las Denominaciones, ni renunciar a las Organizaciones; sino unirlas integralmente para salvar a Venezuela. Unidad es enfrentar el desacuerdo y manejarlo de manera que honre a Dios[/quote]

I.- La Lección de la Historia
Hagamos un vuelo rasante a través de las páginas sagradas de la Palabra de Dios, para que observemos cómo el pecado de una persona o institución puede afectar a toda una nación.
Acán, el perturbador. En el capítulo 7 del libro de Josué, la Biblia nos habla del pecado de Acán, un hombre de la tribu de Judá que había quebrantado el mandato de Dios acerca de no tomar despojos de la ciudad de Jericó que Josué acababa de conquistar. Como consecuencia de esa abierta desobediencia, Dios castigó a toda la nación de Israel, humillándolos con una derrota inexplicable ante el pequeño pueblo de Hai. Fue necesario que el culpable confesara y pagara con su vida y la de su familia, además de la destrucción de sus bienes, por el gran daño que había causado. A pesar de que el responsable personal de la prevaricación fue Acán, la sentencia de Dios fue terminante: Israel ha pecado (Josué 7:11).
Saúl y los Gabaonitas. En el capítulo 21 del segundo libro de Samuel, se nos narra la historia de una hambruna que vino sobre el pueblo de Israel por tres años. El rey David pregunta a Dios cuál es la razón de ese mal y la respuesta del Señor fue: Es por causa de Saúl, y por aquella casa de sangre, por cuanto mató a los gabaonitas (vers.1). Los gabaonitas eran unos amorreos que con astucia habían engañado a Josué, ¡doscientos años atrás! (cap.9) para salvar su pellejo. El líder de Israel hizo pacto de protección con ellos y el rey Saúl lo desconoció y los atacó, violando así el convenio. Esa violación descarada del pacto que Josué había hecho con ellos, fue castigada por Dios con hambre sobre toda una nación. El hambre no cesó hasta que David acordó con los gabaonitas un resarcimiento que significó el ajusticiamiento de siete descendientes de Saúl. (2° Samuel 21:6).
Jeroboam I, “…el que hizo pecar a Israel”. En el cap. 11 de 1° de Reyes comienza a desarrollarse la historia de Jeroboam I, un personaje que pasó, de ser escogido por Dios para reinar, a ser desechado por el mismo Señor por introducir un culto falso y paralelo que maldijo a toda la nación; a tal punto que, ¡catorce veces!, se le distingue con un hándicap sentencioso:
“…el que hizo pecar a Israel…”. El reino fue dividido y subsecuentemente debilitado, con lo cual se facilitó la antesala para que los paganos caldeos dominaran al pueblo de Dios En los tres casos anteriores estamos ante pecados históricos y relacionales cuyas consecuencias rebasan a las personas que los cometieron, para maldecir a toda una nación.

II.- La Iglesia en Venezuela está muy dividida, y por lo tanto, debilitada
Pues bien, la representación formal del pueblo evangélico ante el Estado venezolano surge a partir de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez en el año 1958. Es cuando se constituye el Consejo Evangélico de Venezuela, organización que incluía a todos los evangélicos, sin excepción.
Esa unidad formal duró en esas condiciones hasta 1985, cuando el concilio más numeroso del país decide desafiliarse del Consejo y constituir la llamada Confederación Pentecostal. Ese acto fue, a mi modo de ver, un pecado histórico porque debilitó la representación de la Iglesia de Cristo ante el Estado.
El pecado histórico parió nuevos pecados. Veintinueve años después, ese mismo concilio, el más numeroso del país, decide desafiliarse de la Confederación Pentecostal que ellos mismos habían creado en 1985, dejándola en condiciones de suprema debilidad. Por otra parte, ya otros grupos de iglesias habían decidido conformar otras “organizaciones” de evangélicos que obviamente no iban a pertenecer al Consejo ni a la Confederación. De manera que ahora no somos uno, sino cuatro, seis, diez,… ¿quién sabe?
El panorama de hoy es que la representación oficial de la Iglesia Evangélica ante el Estado está seriamente lesionada por estar profundamente dividida. Creo, -y perdonen mi ingenuidad de carbonero- que tenemos que devolvernos por el camino donde comenzamos y volver a ser UNO. El liderazgo evangélico venezolano no puede seguir exhibiendo una arrogancia que se deriva del tamaño de nuestras iglesias, porque los números, no nos dan esos derechos.

III.-La clase política venezolana le dio una lección a la dirigencia evangélica
La dirigencia política venezolana, ante un gobierno de corte totalitario, que no cree en la democracia, pero se beneficia de ella, pudo entender, que para poder acceder al poder no le quedaba otro camino que unirse. Los partidos que hoy constituyen la Mesa de la Unidad Democrática tienen fundamentos filosóficos y políticos variopintos y hasta contradictorios; lo cual no fue óbice para que con humildad renunciaran a sus aspiraciones particulares y lograrán una mayoría aplastante en la Asamblea Nacional. Creo que los políticos nos dieron una gran lección. Ellos se unieron para llegar al poder. ¿Será que nosotros no podemos hacerlo para salvar a Venezuela? ¿Acaso se nos ha olvidado que somos LA SAL de la tierra y que con nuestra actitud nos estamos desvaneciendo?

IV.-Consideraciones teóricas acerca de la Unidad de la Iglesia
Es fundamental que superemos la hipocresía social en la cual participamos los creyentes y en especial los líderes cuando abordamos el espinoso tema de la unidad de la Iglesia. Jamás encontraremos a un dirigente cristiano que manifieste no estar de acuerdo con la unidad. De hecho, todos hablamos bien de ella. La unidad ocupa un lugar capital en nuestro discurso.
¿Por qué?, entonces ha sido imposible lograr que las diferentes organizaciones evangélicas asuman la unidad como un verdadero mandato de Cristo y no como una simple opción adjetiva?
Si la Palabra de Dios tiene para nosotros el valor que le atribuimos, entonces es mandatorio aceptar que la unidad es una condición ideal de la Iglesia por la cual oró Jesús en los términos de: “…que también ellos sean UNO… PARA que el mundo CREA…” (Juan 17:21).
No hay que profundizar en la exégesis del pasaje bíblico para entender que la falta de unidad del cuerpo de Cristo afecta sensiblemente a millones de personas sin Dios y sin esperanza. En sana interpretación, es evidente que el Señor nos dice que nuestra falta de unión torpedea efectivamente el establecimiento de su Reino en la tierra. Eso es supremamente grave. ¿Por qué hemos podido permanecer tan indiferentes ante ese claro juicio del Hijo de Dios? Por un asunto de orden, y para hablar un mismo idioma, es necesario aclarar qué es lo que debemos entender por unidad de la Iglesia Evangélica en Venezuela.
La Iglesia está formada por la multitud de almas redimidas que militan bajo la bandera de Cristo. Los distingos denominacionales y organizacionales no pueden ser más importantes que la condición de persona salvada. Es decir: Primero yo soy cristiano evangélico y después soy presbiteriano, pentecostal, bautista, menonita, episcopal, etc. En este caso mi nombre es más importante que mi apellido. Las diferencias humanas que tanto nos dividen se derivan de accidentes históricos irrelevantes, algunos de ellos de muy poca monta, si los comparamos con el deber que tenemos de presentarnos unidos ante un mundo que necesita satisfacer su necesidad de Cristo antes que cualquier otra.
Unidad no es uniformidad de formas de cultos. Eso, sencillamente no es posible, además de que tampoco es necesario. Las formas de culto están tocadas y determinadas por los accidentes de la cultura. Si el Señor se agrada con todas las manifestaciones culturales presentes en la iglesia, ¿por qué nos peleamos nosotros?
Unidad no es un mundo de fantasías donde jamás hay disenso. Creo que eso sería una utopía pueril. Unidad tampoco es la ausencia de conflictos. La Iglesia del Nuevo Testamento tuvo disidencias normales, pues era, -y lo sigue siendo hoy- una organización formada por hombres imperfectos. Sin embargo, usted va a encontrar siempre la presencia de un espíritu conciliador. Eso es unidad.
Las Organizaciones y Denominaciones son realidades. Están allí. Son diferentes porque los humanos somos diferentes en muchos sentidos, aunque antropológicamente seamos hombres. Somos, en otro orden: morenos, blancos, negros, amarillos, melancólicos, flemáticos, “espirituales”, de Pablo, de Pedro, de Cristo. Hay quienes son directos y punzantes como Pablo o tolerantes como Bernabé, y hasta iconoclastas, como Juan el Bautista. Todos estamos determinados por nuestro código genético y nuestra experiencia. Ya lo decía Ortega y Gasset: “El hombre es su yo más su circunstancia”. Sin embargo, toda esa variedad encierra a una sola especie: El hombre.
La base de la unidad de la Iglesia es el respeto y la tolerancia hacia las posturas que no nos gustan de los demás, no porque sean pecaminosas, sino porque no forman parte de nuestra tradición. Unidad es dejar de mirar a los demás por encima del hombro, en el entendido de que no somos superiores. “Nada hagáis por contienda o por vanagloria, antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”.
Trabajamos por la unidad cuando somos proclives a reconocer a los otros, a ser comprensibles, amistosos, amables. “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables, no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo…”.
Trabajamos en pro de la unidad cuando aceptamos que la Iglesia es PRIMERO un organismo vivo y DESPUÉS una organización.
Unidad es aceptar las diferencias entre el fundamento bíblico que es eterno y lo cultural y tradicional, que es transitorio. El gran apóstol Pablo usó la figura del cuerpo humano, en donde cada miembro tiene diferentes funciones sin prescindir del otro. Eso es unidad. Una Iglesia dividida es un triste espectáculo de contradicción.
El logro de la unidad pasa forzosamente por sacrificar lo secundario para fortalecer lo básico. Eso significa aceptar posturas colaterales dentro de lo esencial. En pro de la unidad debemos aceptar que nuestra iglesia no debe significar necesariamente el centro de atracción y reconocer, sin mezquindad, que lo que otros están haciendo también es importante.
Ayudaremos a establecer la unidad de la Iglesia cuando reconozcamos sin rodeos que hay otros que hacen las cosas mejor que nosotros, porque saben más, porque tienen más experiencia, por la razón que sea, y humildemente aceptar que debemos aprender de ellos.
Unidad es aceptar sin titubeos que hay cosas que debemos cambiar, que necesitamos un espíritu humilde que nos permita imitar sin rubor ni orgullo lo bueno de los otros. No siempre tenemos que ser originales. Si a Dios no le molesta nuestra variedad, ¿por qué nos molesta a nosotros?
Unidad es entender que, aunque como Iglesia de Cristo nos movemos bajo principios divinos e inmutables, también es cierto que el mundo cambia y nosotros cambiamos con él. El Evangelio fue entregado al mundo por Jesús de Nazareth, un judío del siglo uno que hablaba, vestía y tenía costumbres domésticas muy distintas a las nuestras. ¿Lo rechazaremos porque no es “igual” a nosotros?
No propaguemos noticias que dañen el testimonio de nuestros consiervos. No arrojemos la primera piedra. No tenemos ese derecho. La desgracia que produce la caída de alguien, debe producirnos dolor y una revisión interior.
Somos la iglesia, no somos una iglesia. La gloriosa iglesia de Jesucristo tiene un enemigo formidable que sabe que un cuerpo dividido en sí mismo no permanece. Por ello la unidad requiere INVERSIÓN de un esfuerzo espiritual. El Señor nos llama a estar “solícitos en guardar la unidad en el vínculo de la paz”.
Renunciemos con humildad a esa postura recalcitrante que nos encierra indiferentes en las torres de marfil de nuestras organizaciones religiosas en donde hemos estado atrincherados para no contaminarnos con esos creyentes “inferiores” que nos avergüenzan porque son “fanáticos”, o “fríos” o “intelectuales”.
Recuperemos la devoción del altar de oración íntima donde derramábamos nuestra alma al Señor para que la presencia inconfundible del Espíritu Santo produzca en nosotros un quebrantamiento tal, que facilite la contestación de la oración que nuestro Salvador hizo hace casi dos milenios.

V.-Ideas para la Unidad
El estado natural de la Iglesia Evangélica en nuestro país (y en cualquier otro lugar) debe ser la unidad. Así fue como la concibió Jesucristo cuando pidió al Padre en su oración intercesora: “…No ruego solamente por éstos, (hablaba de los discípulos), sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, (hablaba de nosotros, la Iglesia de hoy) para que todos sean como tú, oh Padre en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, PARA QUE EL MUNDO CREA QUE TÚ ME ENVIASTE”.
Es un deber rechazar las actitudes de nuestro corazón que albergan pensamientos de división, de contención de sectarismo. Tenemos que contribuir a que el cuerpo sea, en esencia, uno. Para ello debemos ejercer autoridad sobre todo principado o potestad que se quiera levantar en contra de la unidad de la iglesia de Jesucristo.
El principio fundamental de la unidad pasa por el respeto. La unidad debe basarse en cuestiones FUNDAMENTALES; las cuestiones colaterales o secundarias no deben provocar divisiones.
Unidad significa comunión, enmienda, fraternidad, reconocimiento, solidaridad, diálogo, tolerancia, participación, compromiso, caridad, misericordia, perdón; aceptación del disenso; en una palabra: Unidad significa, amor.
Unidad es desechar la idea de que somos mejores que otros: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria, antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”.
Debemos de potenciar la unidad dentro de la variedad. Unidad no es un mundo fantástico donde los desacuerdos nunca surgen y las opiniones adversas nunca se manifiestan con fuerza. Unidad no es ausencia de conflictos, sino la presencia de un espíritu conciliador.
Unidad no es acabar con las Denominaciones, ni renunciar a las Organizaciones; sino unirlas integralmente para salvar a Venezuela. Unidad es enfrentar el desacuerdo y manejarlo de manera que honre a Dios.
Para que la unidad se haga realidad no tenemos que sacrificar los principios ni los valores, ni las formas de culto, ni las tradiciones sanas, porque unidad no es necesariamente, uniformidad.
Unidad es conocernos más para entendernos mejor; para ello debemos ser amistosos, comprensibles, amables, como dice la Palabra de Dios: “…Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables, no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino, por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición”.
Es poder trabajar juntos para lograr con mayor eficacia el establecimiento del Reino de Dios. Es respetarnos mutuamente sin que eso signifique hipotecar nuestros principios cuando éstos estén amenazados.
Por unidad, debemos entender, darle prioridad a Cristo y al Evangelio. La Iglesia es primero un organismo vivo y luego una Organización. La variedad de pensamientos es normal. Si hemos sido lavados con la sangre preciosa del Cordero, somos hermanos en Cristo. Hagamos énfasis en lo que nos une y no le demos tanto valor a las diferencias adjetivas. Debemos aceptar lo que somos y lo que no somos.
Unidad es entender que lo tradicional y lo cultural son cosas transitorias, mientras que el fundamento bíblico es eterno. Es poder adorar juntos al Señor de todos y no formar grupos impenetrables, pues somos miembros los unos de los otros.
Es aprender a aceptarnos y a perdonarnos. Es comprender que, a pesar de la diversidad, la unidad nos beneficia a todos, porque beneficia a la obra de Dios, de la cual tú y yo somos parte.
Es minimizar el yo y no permitir que un enojo enfríe la amistad. Nuestra oración debe ser: Señor, ayúdanos a ser y a estar unidos y a no olvidar que nuestro enemigo siempre divide a quienes quiere derrotar.
Una demostración de que somos Iglesia de Cristo, es que, a pesar de que no tengamos una sola estructura administrativa con autoridad de sujeción, nos miramos como hermanos y reconocemos en otros el mismo sello regenerador del Espíritu Santo, pues somos herederos de un mismo Evangelio e hijos de un mismo Señor.
Por cierto, uno de los milagros de Jesús fue mantener unidos a los discípulos. A pesar de sus notables diferencias, todos (menos Judas) llegaron a cumplir con su llamamiento hasta dar sus vidas por el Señor.
Jesús les dijo que no se fueran de Jerusalén, sino que esperaran hasta que fuesen llenos del poder de lo alto. Así que por diez días, ciento veinte discípulos, incluyendo a María, la madre de Jesús, estuvieron JUNTOS Y UNÁNIMES en espera de la gran promesa.
El apóstol Pablo hace una irrefutable comparación referida a la unidad usando el cuerpo humano. Cada miembro tiene diferentes funciones sin prescindir del otro. Todos nos necesitamos y complementamos. Es cometido de la Iglesia buscar la unidad en la natural diversidad y mantenerla. Hay que respetar el derecho a disentir.
Quizás el Señor no puede obrar más en cuanto al avivamiento por la falta de unidad de su cuerpo. Un cuerpo dividido es un contrasentido.
En el libro de Salmos se nos habla de estar juntos y además, en armonía. El Señor dijo que el mundo conocería que somos sus discípulos por el amor que nos tendríamos unos a otros.
Unidad es tener el valor de sacrificar lo secundario para fortalecer lo básico. Es no permitir que nos separen las normales diferencias de criterio cuando tengamos que hacer nuestra tarea común. Es aceptar la verdad de lo colateral, dentro de lo esencial.
Antes de despedirse de su ministerio terrenal, Jesús había rogado al Padre por la unidad de sus primeros discípulos y por los que habían de creer por la palabra de ellos, es decir, por nosotros.
La unidad es gloriosa porque la Iglesia es gloriosa. “La gloria que me diste les he dado para que sean UNO como tú y yo somos UNO”.
Los corintios fueron amonestados severamente porque en ellos había focos de división. “Pues habiendo entre vosotros celos, disensiones y contiendas, ¿no sois carnales y andáis como hombres?”.
La unidad requiere de un esfuerzo espiritual. Así se les dijo a los efesios: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad en el vínculo de la paz”.
“Un cuerpo y un espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos y por todos y en todos”.
La salvación -decía Francis Schaeffer- es individual, pero no individualista. No podemos hacernos cristianos sino a partir de una decisión individual. Sin embargo, nuestra salvación no es solitaria; el pueblo de Dios está llamado a vivir en comunidad.
Debemos aceptar sencillamente que no tenemos que ser el centro de atracción; aquello que los demás están haciendo también es importante y hay que reconocerlo sin mezquindad.
Unidad es aceptar que hay otros que hacen las cosas mejor que nosotros, porque saben más y tienen mayor experiencia y reconocer con humildad que tenemos que aprender de ellos.
Unidad es entender que la diversidad forma parte del carácter de Dios expresado en nosotros, que somos su creación.
Si queremos la unidad de la Iglesia debemos estar dispuestos a respetar a quienes llegaron primero que nosotros; y a los que llegaron después, también.
La unidad supone aceptar sin titubeos que hay cosas que debemos cambiar.
Un espíritu humilde que conlleva a la unidad es poder imitar sin rubor lo bueno de los demás. No siempre tenemos que ser originales.
Ayudaríamos a la unidad si supiéramos que si Dios no se molesta con nuestras naturales diferencias, ¿por qué debemos molestarnos nosotros?
Construiríamos la unidad de la Iglesia de Jesucristo si aceptáramos que algunas de las diferencias que nos separan son solamente producto del tiempo y del lugar, sin que afecten para nada el testimonio de la Palabra de Dios. Es decir, algunas de nuestras diferencias son triviales.
Unidad es entender que, aunque como Iglesia de Cristo nos movemos bajo principios divinos e inmutables, el mundo cambia y nosotros cambiamos con él.
Haríamos un gran servicio a la unidad de la Iglesia si aprendiéramos a poner en un invernadero los comentarios -ciertos o no- que dañan el testimonio de nuestros consiervos. Propagar esas noticias, no es, precisamente, un ejercicio de piedad.
Unidad es entender que si no sentimos dolor por la caída de otros creyentes, una luz roja debe encenderse en nuestro corazón, anunciándonos que es urgente una revisión interior.

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VI.- Un llamado: Es tiempo de volver
La Iglesia de Cristo en Venezuela vive una hora menguada. El país está experimentando su peor crisis en toda su historia republicana. El gobierno que nos preside desde hace diecisiete años logró dividir a los venezolanos y hacer que se odiaran. Lo más grave de todo es que esa división tocó a la Iglesia Evangélica. Incluso algunos de sus líderes parecen estar más dispuestos a sufrir por el gobierno que por el Evangelio. Una buena parte de esa crisis es de naturaleza espiritual diabólica.
La brujería, en muchas de sus modalidades ha entrado por la puerta grande de Venezuela con el permiso de la clase gobernante. Los evangélicos somos testigos del aumento exponencial de la santería, así como de otras expresiones paganas, afectando especialmente a nuestra juventud y hasta a los niños. Nuestro país ha sido varias veces sede mundial de eventos de aquelarres. Eso representa una maldición que ÚNICAMENTE la Iglesia puede anular.
La Iglesia no puede seguir, ciega, sorda y muda. La hora no da para regodearnos con rangos ministeriales, ni para pasearnos arrogantes en atención al “tamaño” de nuestras organizaciones. Esas estructuras no pueden tragarse al Cuerpo de Cristo. Es hora de llorar, es hora de clamor, es hora de regresar y con humildad, abrazarnos, perdonarnos y unidos de corazón gritarle a Venezuela que estamos dispuestos a desalojar a las tinieblas que la cubren. Es hora de regresar al altar y convocar ¡UNIDOS! A una gran cruzada de oración y ayuno. Si no lo hacemos, Dios nos pedirá cuentas.
Toda la Iglesia Evangélica venezolana debe constituir UNA SOLA institución que la represente oficialmente ante el Estado venezolano. El nombre es lo de menos; puede llamarse Consejo, Confederación, Alianza; eso es adjetivo. Dios y la Historia nos lo reclamarán. El liderazgo evangélico tiene la palabra.

Néstor A. Blanco S.
Pastor, conferencista y escritor
blanconestor47@gmail.com

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One comment

  1. Que Dios que nos ama tenga misericordia y nos perdone y nos ponga en camino de la unidad solo Jesús nos puede dar DIOS TE BENDIGA

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