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La cruz trae paz

[quote]Quienes desean hacer la paz en el mundo tienen que llevar también la cruz con su Señor. No se trata de una tarea fácil [/quote] El apóstol Pablo usa una expresión muy próxima a la de la bienaventuranza de los pacificadores cuando escribe, refiriéndose a Jesús: «por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud y por medio de él reconciliar consigo mismo todas las cosas, tanto sobre la tierra como en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Colosenses 1:18-20).
Por tanto, la paz en el sentido general de «salvación» solo puede ser obra de Dios. La paz entre el Creador y los seres humanos procede del sacrificio de Cristo en la cruz.
La verdadera paz se crea en la cruz, de ahí que los seguidores del Maestro, quienes desean hacer la paz en el mundo tengan que llevar también la cruz con su Señor. No se trata de una tarea fácil. Hacer la paz implica dialogar con cada parte, convencer con la fuerza del amor pero también de la persuasión razonable.
Reconciliar es algo muy delicado. Enseñar a vivir en paz a los esposos, las familias, los amigos, los colegas, las mujeres, los jóvenes dentro y fuera de la congregación cristiana es el mejor servicio que se puede ofrecer.
El asesoramiento para la reconciliación debe ser una de las tareas pastorales primordiales en el seno de las iglesias evangélicas. No es extraño oír de labios de Jesús que Dios reconocerá a esas personas que han procurado hacer la paz entre sus semejantes y les llamará hijos suyos.
Quien hace la paz realiza algo que recuerda mucho a Dios mismo. Llevar la paz al ser humano está en perfecta consonancia con el amor que Dios nos tiene, por eso él reconoce a tales personas y les permitirá gozar en su reino de los privilegios reservados a sus hijos.
No obstante, para llevar la paz hay que tenerla primero. La paz habita en los corazones de los creyentes por medio de Cristo y suele materializarse en el ejercicio del amor. Como escribe Pablo: «Pero sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Cristo gobierne en vuestros corazones» (Colosenses 3:14-15).
La comunidad de aquellos que poseen la paz de Cristo, es decir la Iglesia, debe invitar a la paz mediante su propio ejemplo a aquellos que no pertenecen a ella.
Hacer la paz implica también crearla, construirla, elaborarla a la media de cada situación concreta. Pero, ¿cómo se crea la paz? Pues renunciando a cualquier situación de violencia, fuerza o rebelión, ya que estas actitudes no sirven para nada en el reino de Dios. ¿Acaso no se saludaban los cristianos del primer siglo con el ósculo santo, el beso de la paz? ¿No es el reino que trae Jesús un reino de paz?
Los verdaderos discípulos cristianos prefieren llorar a provocar llanto en los demás. Están dispuestos a construir Iglesia frente a otros que la rompen o dividen. No se imponen por la fuerza y saben soportar el desprecio en silencio. Es así como mantienen la paz de Cristo, venciendo al mal con el bien.

©Protestante Digital

Antonio Cruz
Biólogo, teólogo y escritor

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