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La corona no es un virus

La corona presente en el virus actual es sinónimo de muerte, pero la corona incorruptible, de justicia y vida que Cristo ofrece, está garantizada a todos los que le reciben como Salvador

A esta pandemia que azota al mundo se le ha dado el nombre de coronavirus. Su nombre se ha contraído para llamarlo COVID-19. En este nombre abreviado, «CO» corresponde a «corona», «VI» a «virus» y «D» a «disease» («enfermedad»). El 19 corresponde al año 2019 en que surgió. La plaga ha sido tan famosa que, según el portal Sprinklr.com, los términos coronavirus y covid-19, fueron buscadas unos veinte millones de veces en un solo día a través de Google, Facebook y Twitter, el 11 de marzo del presente año 2020. Al virus le acompaña en su nombre la palabra corona, debido a las extensiones que lleva encima de su núcleo que se asemejan a la corona solar. Es tan horrible que el que recibe la infección, está expuesto al peligro de morir. Con razón, todas las personas quieren huir de una corona semejante.
El contexto sirve para recordarnos algunas verdades fundamentales de la fe.
Cuando la Biblia habla de corona, siempre la asocia con un reino y, por ello, la corona es el atuendo de un rey. Esto es lo que conocemos por corona regia en Ester 1:11. Pero, la Biblia también usa el término corona en sentido figurado, para revelarnos el plan divino de bendecir al hombre.
Por ejemplo:

  • El Salmo 8:5 dice que Dios ha coronado al hombre de gloria y de honra.
  • En 65:11 el Señor corona el año con sus bienes.
  • En 103:4 él corona el alma de favores y misericordias.
  • En 132:17,18, en alusión a Cristo, el Señor viste de confusión a sus enemigos, pero sobre Davidflorecerá su corona.
  • En Proverbios 4:9, la Sabiduría da al que la abraza, corona de hermosura.
  • En Isaías 28:5, Dios mismo se presenta como corona de gloria, y diadema de hermosura al remanente de su pueblo.

Nuestro bendito Señor fue coronado de espinas (Mt. 27:29). Y aunque sus enemigos lo hicieron por despecho, no sabían que estaban coronando al verdadero Rey, el Rey de los judíos (Mt. 2:2), el Rey de la hija de Sion (Mt. 21:5), el Rey de Israel (Mt. 27:42), el Rey de los santos (Ap. 15:3): el Rey de reyes (Ap. 19:16). Nosotros, por su muerte y resurrección, somos con Él reyes y sacerdotes (Ap. 1:6).
He aquí algunos aspectos gloriosos que el Nuevo Testamento presenta sobre la corona que pertenece a los santos.
Primero, la corona que se nos ofrece es incorruptible (1ª Cor. 9:24-25). La fe reclamada como condición al que obtendrá dicha corona, entraña también abstenerse de toda especie de mal (1ª Ts. 5:22). Pablo lo ilustró con el atleta que se abstiene de todo, con tal de obtener una corona corruptible. Si cumple dichas reglas, puede vencer y ser coronado como el ganador. La corona entregada en los famosos juegos olímpicos, era, en verdad, una rama de laurel. En los juegos ístmicos, era una rama de pino. No obstante, tenía el significado del tipo de honor entregado a los magistrados. Al tomar como ejemplo aquella corona perecedera, Pablo nos muestra que, buscar el premio eterno, entraña correr como quienes lo quieren obtener.  Lo incorruptible de la corona asignada al vencedor, significa que no se marchitará jamás. Por tanto, la honra que dará el Señor al que batalla ardientemente en la fe, perdurará eternamente.
Segundo, es una corona de justicia, y está guardada para los creyentes que pelean la buena batalla, acaban la carrera y guardan la fe (2ª Tim. 4:7,8). Esto supone que es la corona para premiar el triunfo del perseverante. Como soldados en la batalla espiritual, debemos estar firmes (Ef. 6:11,13,14), como atletas, es imperativo despojarnos de todo peso y del pecado que nos asedia, con la mirada puesta en Jesús (He. 12:1,2). Y como quienes guardan la fe, debemos ser retenedores de la Palabra fiel tal como ha sido enseñada (Tit. 1:9). Los que han sido justificados en Cristo, tendrán el honor que el Señor mismo les coronará con la justicia que corresponde a su rectitud.
Tercero, es una corona de vida que ha de recibir el varón que soporta la tentación. La paga del pecado es muerte (Ro. 6:23a), y el tentador mentiroso ofrece el pecado sin avisar de las fatales consecuencias que trae su cometimiento. Pero cuando el hijo de Dios haya vencido la prueba, (lo cual se logra confiando en Cristo y lo que él hizo en la cruz), recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman (Stg. 1:12). Con esto concuerda aquel mandamiento con promesa dicho por Cristo a la iglesia de Esmirna: Se fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida (Ap. 2:10). Con este lenguaje tan rico, somos llamados a quitar la mirada del pecado y sus deleites temporales, a fin de no recibir la muerte al final, sino la vida con Cristo por la eternidad.
Amados, la corona presente en el virus actual es sinónimo de muerte, pero la corona incorruptible, de justicia y vida que Cristo ofrece, está garantizada a todos los que le reciben como Salvador. Recordemos lo que dijo el inspirado himnólogo: Después de la batalla, nos coronará. Con esa corona disfrutada en gloria, nada pondrá en peligro nuestra subsistencia eterna. Es una corona de reino. Por tanto, si sufrimos, también reinaremos con Él (2ª Ti. 2:12).
Esperando con ustedes el reino eterno de nuestro Señor, Soy vuestro servidor,

Eliseo Rodríguez
Pastor
www.iglesiamontedesion.org

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