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La cola, ¡ay, la cola!

Fui a un centro comercial a hacer una diligencia diferente a lo que terminé haciendo un día memorable de febrero. No sé si por el destino, la necesidad o por la providencia divina (aunque siempre me inclinaré a creer en esta última), terminé haciendo una de esas tantas e interminables colas, era corta, tengo que admitirlo, pero cola al fin.

El grito generalizado era: «¡Pañales»! Al observar me di cuenta que eran de la talla y marca que mi pequeñita está usando, por lo que impelido por el amor que le tengo a esa risueña bebita decidí hacer lo que la mayoría de mis desmejorados y necesitados compatriotas están haciendo, la cola. Dije que providencialmente porque durante mi no tan larga estadía en ella pude ver tres países diferentes. Les detallo:
1.- Observé de cerca lo que padres de escasos recursos con sus pequeñitos a cuesta viven a diario, entre llantos, hambre y hastío de los pequeñines indefensos e ignorantes de la realidad que vive la nación en la cual el Señor les puso y del trajinar de sus amantes padres porque no les falte comida, implementos de limpieza y los tan escasos pañales; he ahí la verdadera «guerra esconómica». O ¿economía de guerra?
Entre gritos del empleado de la cadena de supermercados tratando de mantener un casi imposible orden en medio de un caos de escasez, no faltan los insultos, malas caras y cualquier cantidad de insatisfacciones arraigadas en las almas de un pueblo que no parece ser hoy el heredero de memorables hombres y hechos heroicos y glorioso («ay Bolívar querido, si estuvieras hoy aquí…»).
Me sentí como un insignificante numerito a quien la necesidad empujó, como empuja a todo este pobre pueblo propietario original de inmensas reservas petroleras que ha visto sólo en cifras televisivas; confieso que lloré por dentro aguantando a más no poder esas delatoras lágrimas, ante las cuales sucombo mientras escribo, porque ellas también tienen tiempo haciendo interminables colas por salir de mi adolorida alma patriótica.
2.- Al entrar a la parte trasera del supermercado, porque hoy los productos a 6,30 Bs/$ no merecen la puerta delantera de ningún comercio, vi un segundo país. Están los indefensos y extenuados trabajadores pidiendo disculpas por el maltrato verbal, «porque es que estamos aquí desde las 6 de la mañana…», y ya el reloj marcaba las 6:30 de la tarde; «Mis compañeros de trabajo y yo -decía quien nos había ordenado afuera en la cola- lo hacemos por amor a ustedes a sus hijos porque estas horas extras no nos las pagan»; «además -dijo en tono despectivo e inconforme una de las cajeras- la Ley del Trabajo prohibe el pago de horas extras».
¡Dios santo! -me dije; esta es la otra realidad, la otra cara de la escasez, la verdad tras la cola, es la cola bien adentro; estos también son venezolanos que están sufriendo la escasez desde otro ángulo. Varios de nosotros expresamos a viva voz nuestro agradecimiento, casi 13 horas de trabajo por el pago de 8 (¿dije pago?, 8 horas subpagadas, en verdad). Si mis lágrimas estaban bien contenidas, me tocó aguantar todavía más las ganas de llorar.
3.- Afuera, cola afuera, familias enteras, se habían reunidos con cara de gozo y realización a juntar 6, 8 o 10 paquetes de pañales uno por cada miembro, y ahora a continuar con su propia «guerra económica», la que denominan «bachaqueo», en las propias narices de los que se quedaron sin tiempo y sin pañales, en la misma cara de las autoridades y de los atribulados empleados del supermercado con más de 12 horas de fuerte trabajo sin cobro extra, para que unos vivos estén vendiendo el paquete de pañales en Bs 1.200, casi diez veces más de lo que cuesta cola adentro.
¿«Guerra económica»?, sí, la vi y viví en carne propia. A nosotros, en la cola, se nos exigió partida de nacimiento de nuestros hijos en mano; ¿y estos diabólicos usureros y depredadores de dónde sacaron tantas partidas de nacimiento? Si existe tal «guerra económica» alguien está dándoles las armas para empuñarlas…
Estas tres Venezuelas las viví en menos de una hora junto a mi niño de 6 años, Georges Samuel, quien me repetía incesantemente: «Papi estoy cansado» (claro, venía de buscarlo del colegio luego de clases, educación física y fútbol). «Aguanta un poquito hijo que los pañales son para tu hermanita que se le están acabando ya» -fue mi respuesta, no sin antes considerar a los padres que pasan muchas más horas que nosotros en las interminables y diarias colas… ¡Ay, la cola!
Luego de este periplo inesperado pero necesario, me monto en el carro y al encender la radio escucho: «¡Hombres fuertemente armados allanan las oficinas del alcalde Mayor Antonio Ledezma y se lo llevan detenido con destino desconocido!». Y me digo como preguntándole al Señor: ¿Hasta cuándo Dios mío…?
Perdonen si esperaban un artículo «más espiritual» y les he defraudado, pero escribí este de hoy como tributo a mi pueblo que sufre el nacimiento de la Nueva Venezuela… «Dios proveerá» hermanos venezolanos, pero una nación conforme a su eterno corazón. Nunca perdamos la fe, que Jesucristo está con nosotros, «y si Él es por nosotros, ¿quién contra nosotros?»…

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