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La abominación de comer murciélagos, Antonio Cruz

El coronavirus responsable de la pandemia iniciada en 2020 se cree que procede del murciélago. Hace miles de años que el Antiguo Testamento prohibía taxativamente su consumo

Los murciélagos se mencionan en el Antiguo Testamento, en relación con la ley levítica que los declaraba impuros

“Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase” (Isaías 2:20).

La palabra hebrea atalleph, עֲטַלֵּף, que significa literalmente “animal que vuela en la oscuridad”, se refiere a los murciélagos en general. Fue traducida al griego de la Septuaginta por nykterís, νυκτερίς, y al latín de la Vulgata por vespertilio.
Los murciélagos se mencionan en el Antiguo Testamento, en relación con la ley levítica que los declaraba impuros, y se les incluye al final de una lista constituida por 19 aves (Levítico 11:13-19; Deuteronomio 14:12-18) ya que, aunque no son aves, también son animales voladores.
La prohibición expresa de comérselos podría sugerir que quizás, al principio, los antiguos hebreos se alimentaron de ellos o que otros pueblos solían hacerlo.
Todavía hoy existen lugares en los que se consumen diversas especies de estos mamíferos, como es el caso de Guinea, donde en el 2014 el gobierno tuvo que prohibir su consumo, debido a que estos animales eran portadores del virus del Ébola.[1] De la misma manera, el coronavirus (SARS-Cov-2 o COVID-19) responsable de la pandemia iniciada en 2020 se cree que procede del murciélago Rhinolophus affinis, consumido habitualmente en China.
Sin embargo, hace miles de años que el Antiguo Testamento prohibía taxativamente su consumo. También el libro del profeta Isaías se refiere a estos mamíferos voladores y los relaciona con cuevas o lugares de oscuridad y desolación (Isaías 2:20-21).
Se conocen unas mil especies de murciélagos por todo el mundo, de las que poco más de una treintena se hallan presentes en Tierra Santa.
Una de las más abundantes es el pequeño murciélago de borde claro (Pipistrellus kuhlii), que posee el dedo pulgar aproximadamente tan largo como la anchura de la muñeca y presenta un ribete blanco en el extremo de la membrana alar, entre el quinto dedo y el pie.[2] Otras especies comunes en Israel son el murciélago orejudo gris (Plecotus austriacus), de 5 cm y 8 gramos, que prefiere volar sobre la vegetación y las lagunas ya que se alimenta principalmente de mariposas nocturnas (polillas); el murciélago grande de herradura (Rhinolophus ferrumequinum), que alcanza los 10 cm, pesa 15 gramos, emite  los ultrasonidos por la nariz y no por la boca, siendo abundante en el valle del Jordán; el murciélago rabudo (Tadarida teniotis), con 13 cm y 25 gramos, presenta una pequeña cola que le confiere aspecto de ratón y abunda por todo Israel.
Y, finalmente, el murciélago egipcio de la fruta (Rousettus aegyptiacus), de 15 cm y 120 gramos de peso, que es el de mayor tamaño de Israel. Su cabeza recuerda la de un zorro y es frugívoro, se alimenta preferentemente de cítricos y algarrobas.
Los murciélagos son pequeños mamíferos misteriosos y relativamente desconocidos por la población, debido sobre todo a sus costumbres nocturnas. Semejante desconocimiento popular ha contribuido a generar leyendas, incomprensión y rechazo.
Se han relacionado injustamente con los poderes de las tinieblas y así se les representa en el imaginario colectivo o en celebraciones populares como Halloween.
Sin embargo, estos pequeños mamíferos nada tienen que ver con el mal, sino todo lo contrario, ya que cumplen un excelente papel en el control de insectos en los diversos ecosistemas.
Son mamíferos quirópteros (del griego khéir, “mano” y pterón, “ala”), lo que significa que vuelan con las manos o que sus alas son sus manos. No son ratones ni tienen nada que ver con los roedores, aunque algunos nombres vulgares así lo den a entender.
Se trata de los únicos mamíferos realmente voladores que existen y sus alas están constituidas por la piel (patagio) que se extiende desde los lados del cuerpo hacia los dedos de manos y patas.
Viven en huecos y agujeros de los árboles, en grietas de paredes rocosas, en cuevas y en construcciones humanas. Su alimentación es muy variada ya que existen especies insectívoras, otras comen arácnidos y cangrejos, incluso los hay que consumen ratones o pequeños peces, así como frutas, polen, flores, etc.
Únicamente tres especies se consideran vampiros ya que se alimentan solo de sangre y las tres habitan en el continente americano.
Aunque muchas especies emiten ultrasonidos, que usan como un radar para orientarse en la oscuridad (ecolocación), no son animales ciegos, como su nombre vulgar podría hacer creer.
El término “murciélago” viene del español antiguo mur ciego o “ratón ciego” ya que antiguamente se pensaba que eran animales que no podían ver. Sin embargo, ni son ratones ni están ciegos sino que tienen los ojos bien desarrollados y pueden ver bien de día.
Los murciélagos son muy queridos por los agricultores ya que comen insectos que constituyen plagas, controlando así de forma natural a las especies perjudiciales para la agricultura y ganadería.
En el suelo de los habitáculos donde descansan se acumula un guano que es excelente como abono para los campos. De la misma manera, también son beneficiosos en las ciudades ya que se nutren de miles de mosquitos cada noche. Asimismo las especies frugívoras y nectarívoras contribuyen a polinizar las plantas y a diseminar sus semillas.
Se han citado casos de transmisión de rabia en las tres especies hematófagas de murciélagos de América. Muchos de estos individuos infestados no desarrollan la enfermedad pero sí son transmisores del virus.
También algunas especies insectívoras pueden ser transmisoras, de ahí la necesidad de protegerse con guantes gruesos cuando se manipulan tales animales.
Actualmente, en Europa y en Israel todas las especies de murciélagos están protegidas por la ley, debido a su importante función ecológica. Uno de los principales peligros que les amenaza es el uso de desinfectantes y pesticidas en cuevas y, en general, en la agricultura.
La creencia popular errónea de que los murciélagos son ciegos puede apreciarse incluso en los comentarios teológicos del propio Carlos Spurgeon. Analizando el salmo 24, escribe:
“Sólo los limpios de corazón verán a Dios, los demás son murciélagos ciegos; pues la ceguera absoluta de los ojos tiene su origen en un corazón ciego, en un corazón de piedra. La suciedad del corazón ofusca los ojos con polvo de la tierra”.[3] Actualmente sabemos, no obstante, que estos pequeños mamíferos no solo no son ciegos sino que son capaces de orientarse perfectamente en la oscuridad ya que poseen una especie de “biosonar” que les configura un preciso mapa de su entorno.
Esto les permite volar en la oscuridad más absoluta sin chocar con ningún objeto, o localizar y cazar insectos voladores que se desplazan velozmente en el aire. Semejante mecanismo de visión por radar es similar a los diseños técnicos que emplean aviones y barcos.
El texto de Isaías (2:6-22), al que pertenece el versículo del principio, se refiere al terrible día del juicio divino sobre Judá. Isaías profetiza la gran humillación que sufrirá el pueblo elegido.
Al hacer propias las costumbres paganas, realizar alianzas políticas con naciones extranjeras sin tener en cuenta a Jehovah y llenar la tierra con sus ídolos, el Señor no les permitirá la gran victoria deseada sino todo lo contrario, una gran humillación frente a sus enemigos.
Israel se verá obligado a renunciar a todo esto y arrojar sus dioses de plata a las entrañas de la tierra, a los pozos, las cisternas, las cuevas y simas, allí en la oscuridad donde solo moran topos y murciélagos, para no recuperarlos jamás. Los ídolos debían desaparecer por completo.
El capítulo termina con una clara exhortación: ¡Dejad de confiar en el hombre y volveos a Dios! Esta es la tentación que ha acompañado desde siempre al ser humano y ante la cual nunca debemos sucumbir.

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[1] https://www.elmundo.es/salud/2014/03/26/5333083fe2704e770a8b4588.html
[2] Van den Brink, F. H. & Barruel, P. 1971, Guía de campo de los mamíferos salvajes de Europa occidental, Omega, Barcelona, p. 65.
[3] Spurgeon, C. H. 2015, El Tesoro de David, CLIE, Viladecavalls, Barcelona, p. 722.

Antonio Cruz
Biólogo, teólogo y autor
ProtestanteDigital.com©

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