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Jesucristo: La verdadera Estrella de Navidad (Juan 1:1-14)

Para la sociedad el sentido espiritual de la Navidad ha sido sustituido totalmente. El mundo ejecuta un cambio total de valores, en el que el mensaje de esperanza eterna que viene del cielo, ha sido suplantado por ofertas en los comercios, falsas doctrinas como la Nueva Era, que promueve el espíritu de la Navidad con toques de magia al estilo de Harry Potter y, en lugar de adorar a Jesús y darle gracias a Dios por haberlo enviado, se escriben cartas y se maximiza a Santa Claus.
Estos cambios tienen un objetivo diabólico: Eliminar la celebración al más grande de los acontecimientos de la historia. Ocultar que Jesucristo vino al mundo para salvar a la humanidad del pecado y sus consecuencias. El diablo ofrece fiestas mundanales, juguetes, comidas, bebidas, que no traen ni fe ni esperanza, mucho menos amor a los corazones de las personas.
Pero la Iglesia, es decir, cada creyente, con la Palabra de Dios en las manos, boca y corazón, enfrenta a las mentiras del diablo, cuando proclama las verdades eternas de Dios reveladas en la Biblia.
La Iglesia durante más de dos mil años ha dicho que Cristo y no Santa es la verdadera estrella de la Navidad. La Iglesia fiel enseña que el verdadero espíritu de la Navidad no es el de la escuela de Potter, sino el Espíritu Santo.
El evangelio de Juan, nos trae hoy, de parte de Dios, una explicación clara y contundente de la razón que nos motiva a enseñar la verdad divina para destruir, por medio de Cristo, el edificio de falsedades edificado por Satanás y sus agentes.

Cristo es la estrella eterna, Juan 1:1-3
«En el principió ya existí a el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de Él todas las cosas fueron creadas; sin Él, nada de lo creado llegó a existir».
Lo eterno no tiene comienzo ni fin: TOTALMENTE ETERNO.
Identifiquemos las palabras claves que demuestran que Cristo es la eterna estrella de la Navidad.
1. En principio ya existía la Palabra. 2. En principio ya la Palabra estaba con Dios. 3. En principio ya la Palabra es Dios.
El texto es muy claro. El principio es Génesis, «cuando fueron creados los cielos y la tierra» en el momento cuando Dios, en seis días, hizo todo lo que existe. Esta Palabra, es decir Cristo, no solo estaba presente, «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» Génesis 1:26, sino que es Dios.
Cristo es llamado la Palabra, porque el centro de la predicación es Él. En el Antiguo Testamento, el Mesías que habría de venir, en el Nuevo Testamento, el Salvador que vino y que vendrá.
Cristo es la Palabra Eterna de Dios, como el mismo se identifica: «Yo soy el Alfa y la Omega -dice el Señor Dios-, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso» (Apocalipsis1:8).

Cristo es la estrella que ilumina todo el mundo, Juan 1:4-5,9
«En Él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla. Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo».
La Palabra al venir tenía un propósito maravilloso: Ejecutar el Plan de Dios.
Veamos las palabras que se destacan: vida y luz.
Lo contrario a la luz es tinieblas, oscuridad. Lo contrario a vida, es muerte, desolación.
Sin la Palabra que siembra fe en los corazones el ser humano está en tinieblas, las tinieblas del pecado, la barrera, el muro, que los separa de Dios.
Sin la palabra que es Cristo, las personas no solo están en tinieblas, sino que están muertos, «la paga del pecado es muerte».
El texto señala el poder de Cristo, dice que es la luz verdadera, pero agrega que las tinieblas, el diablo, el mundo, «no podrán extinguirla, apagarla».
La Palabra que nace en Belén, que anuncian los ángeles, que comparten los pastores, que adoran los magos de Oriente, es la Palabra encarnada que envía Dios para «que alumbre a todo ser humano».

Cristo la estrella que enciende la fe, Juan 1:6-8,10-13
Enfoquémonos en los versículos 6-8: «Vino un hombre llamado Juan. Dios lo envió como testigo para dar testimonio de la luz, a fin de que por medio de él todos creyeran. Juan no era la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz».
En el evangelio se destaca la figura de Juan el Bautista como enviado de Dios con la misión de predicar sobre Cristo como luz del mundo, para que, por medio de Jesús, creyeran y creyendo tuvieran vida.
La Iglesia tiene exactamente la misma misión, en Navidad y en todos los días del año, predicar la buena nueva que es Cristo, para que creyendo la palabra, que es Cristo, «tengan vida eterna». La verdad de Dios está expresada: «No hay otro nombre, bajo el cielo en que podamos ser salvo. Solo Cristo».
La Palabra es el vehículo que usa el Espíritu Santo para encender la fe: «Una fe que viene por escuchar, escuchar la Palabra, que es Cristo, la palabra de Dios».
Los versículos 10-11 expresan: «El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de Él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron». Frente a la luz el incrédulo no cree en Cristo que es la luz que está presente en la Palabra. Aunque Cristo es el Creador, no le escucha, prefiere mantenerse en las tinieblas. Aunque Jesús vino a entregarse para dar la luz del perdón a todas las personas, los duro de corazón prefieren mantenerse atados al pecado, no le reciben, desprecian la Palabra, rechazan el testimonio de Dios expresado en la predicación.
La gente mira un inmundo pesebre, no la cuna de oro de un rey. La gente mira al carpintero, al obrero, no a Dios que se hizo hombre por causa nuestra, para ofrecerse en sacrificio por los pecados de la humanidad.
Pero también, por gracia de Dios, hay otras personas que frente a la luz tienen otra actitud, leamos los versículos 12-13: «Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios».
Los que creen son hechos hijos de Dios. ¿Cómo ser un hijo de Dios? ¿Por lo que hacemos? ¿Tenemos acaso la voluntad de hacerlo, de creer?
Los hijos de Dios son engendrados, creados por Dios mismo. No es por propia voluntad o decisión que somos hechos hijos de Dios, soy nacido de Dios, gracias a la maravillosa obra que realiza el Espíritu Santo.
Lo que dice Dios en su Palabra es una excelente noticia: El niño que nació en el pesebre vino para darnos luz y vida, mediante su muerte, muerte de cruz. Vino a darnos luz y vida, confirmada en su resurrección: «Todo el que cree en mi aunque haya muerto vivirá. Yo soy resurrección y soy vida» dice Jesús.
Frente a la verdad de la Palabra de Dios preguntémonos:
¿Puede Santa Claus o las leyendas de la magia y falsos espíritus de navidad darnos luz y vida eterna?
¿Son eternos? ¿Son luz? ¿Conceden el perdón de los pecados? ¿Establecen la paz con Dios?
El testimonio de Dios es claro: «Y el Verbo se hizo hombre y habito entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad».
Por gracia de Dios, creemos que Jesús es la estrella eterna. Creemos que Jesús es la estrella que ilumina, brilla con luz propia, porque es Dios y vino a iluminar nuestros corazones y darnos esperanza. Creemos que Jesús nos da la fe para creer y creyendo nos hace, por obra del Espíritu Santo, hijos de Dios.
Los creyentes vemos un sucio pesebre, sí, el sucio pesebre de nuestro corazón que fue limpiado por la sangre de Cristo. Los creyentes como parte de la Iglesia anunciamos que la luz del mundo ha venido, para llevarnos de las tinieblas a su luz admirable, una luz que nos lleva al cielo, en el que estaremos para siempre con Él. Amén.

Germán Novelli M.
Pastor y periodista
novelli_ve@msn.com

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