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¡Hipócrita!, Julio Calo 

No digo que el edificio no sea importante, digo que el templo más valioso que poseemos va con nosotros a todo lugar

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Se ofendieron porque él dijo: “destruyan el templo y lo reconstruiré en tres días”, lo veían como blasfemo por decir esas palabras, porque para ese grupo de fariseos el templo más importante que poseían era esa antigua construcción en Jerusalén.
No digo que el edificio no sea importante, digo que el templo más valioso que poseemos va con nosotros a todo lugar. “¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños” (1ª Corintios 6:19). Los fariseos tenían reglas, tenían líneas doctrinales, templos, jerarquías, conocimiento, pero no la práctica, sabían del Dios Altísimo, pero no pudieron reconocerlo cuando estuvo en medio de ellos, todo lo contrario, llenaron de celo su corazón, se sintieron amenazados y decidieron sacarlo del camino porque los ponía en jaque.
“Cuando estén en la plataforma adoremos juntos al Señor”, dije, y una persona realmente ofendida me respondió: “con respeto por favor, se dice el altar”, y a los días me enteré de que esa persona estaba siendo acusada de robar, olvidó que el altar más importante estaba en él.
No digo que el edificio no sea importante, digo que el templo más valioso que poseemos va con nosotros a todo lugar.
Jesús no hablaba del edificio cuando mencionaba el templo, Él tenía claro que su cuerpo era el templo y que al tercer día sería levantado. Dejemos de vivir como fariseos que veneran estar dentro de cuatro paredes que aman el aplauso, la jerarquía, que abrazan tener el conocimiento y la verdad, pero que descuidan el templo de su cuerpo, gente que el domingo se disfraza de religión porque están en un edificio valioso para la tradición, pero que el resto de la semana le dan la espalda a su fe y dejan que su cuerpo, su templo, se convierta en una cueva de ladrones, esos “sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, pero dentro están llenos de huesos de muertos y podredumbre”.
Jesús tenía para esos fariseos una palabra: ¡Hipócritas! Es que al final podemos vivir aparentando, aunque vivir en la falsedad realmente pesa y cansa. Hoy podemos reconocer nuestra vulnerabilidad, nuestra necesidad de Dios y entender que aunque amamos la Casa del Señor, esa construcción que nos recibe para hacer celebración cada semana; de nada sirve congregarme si no cuido mi cuerpo, este templo del que soy administrador. Buscar la santidad es la mejor decoración de esta casa que soy, en donde deseo anhele perpetuamente el Espíritu de Dios.
¡Hipócrita! es una palabra que nos hace sentir ofendidos, pero detente y responde ¿soy un fariseo acostumbrado al activismo, a la posición, a las reuniones de domingo o realmente estoy esforzándome cada día por glorificar a Dios con mi vida?

Julio Calo
Articulista

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