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Hageo, Dios y el poder

La reacción de la gente a la predicación de Hageo fue positiva, pero, como sucede en tantas ocasiones, inconstante. Tras un arrebato de entusiasmo, que apenas duró un mes, Hageo tuvo que volver a repetir su mensaje dirigiéndose expresamente a las autoridades civil y religiosa junto al resto del pueblo.
Este dato ya resulta de por si notable porque no es precisamente la conducta a la que estamos acostumbrados por parte de dirigentes que se supone son espirituales. Los vemos hacerse fotos con políticos, intentar obtener de ellos beneficios, utilizarlos como peldaños en su ascenso personal y, por supuesto, callar todo lo que se piense que pueda incomodarlos.
A lo largo de mi vida, he visto a obispos y cardenales ayudando a jefes de gobierno a pactar con terroristas, a clérigos ordenando la retirada de libros donde se mencionaba negativamente la ideología de género para no impedir el cobro de subvenciones, a autoridades eclesíasticas callando ante el rumbo desastroso de su sociedad alegando que no están para eso sino para representar a sus correligionarios ante el poder, a papas defendiendo a dictadores en lugar de a sus víctimas… De todo he sido testigo con profundo dolor y creciente asco. Hageo no era, desde luego, de esa clase de hombres.
El profeta se dirigió al gobernador y al sumo sacerdote de la misma manera que al resto del pueblo (2:2). No puso paños calientes, no se mostró dialogante, no intentó obtener algo para él. Por el contrario, apuntó a la realidad.
La situación era penosa y no soportaba la comparación con el pasado (2:3). A decir verdad, aquello se acercaba a nada cuando se contemplaba el presente y lo que otros habían visto tiempo atrás. No servía de nada ocultarlo. Mediaba un abismo y la solución no era mentir ni esconder la verdad. Había que reconocer, primero, la realidad y luego ponerse a trabajar para cambiarla (2:4).
Si aquella gente cobraba ánimo, si trabajaba, si no se dejaba atrapar por el temor, la situación podría ser remontada de una manera radical. Pero además sucedería algo más relevante todavía. La presencia de Dios sería tan evidente que las naciones enviarían sus donativos más preciados al lugar. De hecho, la referencia en el vs. 7 al Deseado, según algunas traducciones, en el texto hebreo no va más allá de lo precioso. Entonces la gloria de Dios -del Dios que tiene todo el poder sobre las riquezas- llenaría la casa. El resplandor de la casa sería mayor que el de la anterior y el lugar recibiría paz (2:9).
Hay toda una filosofía de la Historia en este pasaje. A lo largo de los siglos, no son pocos los que han deseado asegurarse el bienestar y la prosperidad mediante el pacto con el poder.
Mediante silencios interesados y mentiras complacientes, han podido obtener incluso no pocos beneficios. En esa conducta, no ha significado un obstáculo ser religioso sino que incluso muchas veces ha constituido un aliciente añadido para la prostitución.
El mensaje de Hageo es muy diferente. Hay que decir la verdad sin límites aunque se esté en presencia de los poderosos. No hay que temer las consecuencias de ese acto porque, a fin de cuentas, Dios es el Señor del oro y de la plata.
Pero lo que es más importante es que ese testimonio es el que acaba atrayendo a las naciones por encima de lo que se pueda seguir obteniendo mediante cualquier capitulación en los principios. Sólo siendo fiel a esa conducta se puede experimentar la gloria de Dios y sentir paz (2:9).

©Protestante Digital

César Vidal
Escritor, historiador y teólogo

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