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Hagamos la paz

El mundo ansía paz. Se promueven conciertos de paz, se elige al nobel de la paz, la iglesia habla de paz, algunos países están en procesos de paz. Lo paradójico del asunto es que las naciones se equipan con modernos aviones de combate, diseñan sofisticadas armas bélicas, coleccionan bombas atómicas y adiestran soldados con el único fin de matar.
La guerra inició en el Génesis. Por envidias amargas y ambiciones egoístas Caín mató a su hermano Abel, a partir de ahí por la misma razón, el odio, el crimen y el terrorismo han azotado la tierra. Santiago lo expone así: «¿Qué es lo que causa las disputas y las peleas entre ustedes? ¿Acaso no surgen de los malos deseos que combaten en su interior? Desean lo que no tienen, entonces traman y hasta matan para conseguirlo. Envidian lo que otros tienen, pero no pueden obtenerlo, por eso luchan y les hacen la guerra para quitárselo. Sin embargo, no tienen lo que desean porque no se lo piden a Dios. Aun cuando se lo piden, tampoco lo reciben porque lo piden con malas intenciones: desean solamente lo que les dará placer» (Santiago 4:1-3. NTV).
Las guerras no cesarán hasta que el ser humano se reconcilie con Dios. La única manera de alcanzar la paz mundial es por medio de Jesucristo. La persona que no tiene al Mesías Salvador en el corazón vivirá en eternas contiendas. «No hay paz, dijo mi Dios, para los malvados» (Isaías: 57:21).
La noche en que Jesús nació el cielo se llenó de ángeles que alababan a Dios diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14). Tendremos paz en nuestros hogares y en el mundo cuando hagamos la voluntad de Dios. «Y éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado» (Juan 15:12 NVI). La única manera de cumplir la ley de Cristo en un mundo enemistado es perdonando.
Sin el ejercicio continuo del perdón la paz no será posible. El perdón nos lleva a reconciliarnos con Dios, con el prójimo, y con nosotros mismos. Por medio de su muerte vicaria, Jesucristo puso fin al odio que, como pared, separaba a los seres humanos de Dios y a unos de otros. Su sangre derramada en la cruz no hizo distinción de raza, nacionalidad, sexo, religión, lengua o cualquier otra condición. En Jesucristo todos somos hermanos, hijos de Dios, y herederos de un Reino eterno. «Cristo es nuestra paz… Él puso fin, en sí mismo, a la enemistad» (Efesios 2:14-16 -DHH). Por tanto, no nos engañemos: «El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está aún en tinieblas» (1ª Juan 2:9).
La persona que acepto a Cristo y sigue sus pisadas no guarda rencor en su corazón ni intenta vengarse por sí mismo. El apóstol Pablo ofrece un útil consejo: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor» (Romanos 12:18-19. NVI).
Nadie podrá tener paz consigo mismo ni con su prójimo si primero no hace las paces con Dios. Eso se consigue mediante la confesión y el arrepentimiento de pecados. Clamemos por la paz y la justicia, por el amor, la unión y la reconciliación. Somos llamados a ser pacificadores, a establecer relaciones armoniosas con nuestros hermanos, esposos, hijos, compañeros de trabajo, vecinos e incluso con aquellos que se nos oponen.

Liliana Daymar González
Periodista
lili_vidaenlapalabra@hotmail.com

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