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Groserías: Palabras del corazón corrupto

(Samir Yasigi – PUERTO ORDAZ).-

Es un domingo como cualquier otro, y en alguna iglesia de Ciudad Guayana, Teresa, quien será llamada así por resguardo de su identidad, está adorando a Dios. Sus manos se alzan al cielo mientras que las lágrimas llegan hasta su cuello. Sus labios no cesan de glorificar el nombre de Cristo.

Finalizado aquel servicio dominical, Teresa realiza labores domésticas en su hogar. Por razones que son producto de la convivencia de varias personas, y la diferencia de temperamentos, comienza una acalorada discusión con los miembros de su familia.

Repentinamente y de manera más abrupta que símbolos como estos: @%&$#*_/ que al juntarse en una pantalla, evocan al espectador algún tipo de mala expresión, las groserías fluían por la boca de Teresa, quien algunas horas atrás no hacía más que adorar el dulce nombre de Jesús.

El tiempo pasaba y ya Teresa no era nueva en el Evangelio. Habían transcurrido cuatro años y aún diversificaba su vida en dos espacios en los que hablaba cosas diferentes: en la iglesia, era recatada; en su casa, era el miembro más vulgar de todos.

Consciente de su realidad, Teresa les confiesa a algunos hermanos que no podía dejar de decir aquellas malas palabras. «Es una fuerza que me impulsa para pronunciarlas y no puedo parar».

Esta es la historia que narra la secretaria de Educación Cristiana de la Iglesia de Jesucristo, Carmen Bitter, quien vivió de cerca cada tramo de esta historia que recién empieza y que dibuja los casos de personas que luchan con este hábito desaprobado por Dios en la Biblia y por las leyes morales humanas.

En mayor o menor proporción, decir palabrotas, obscenidades, vulgaridades, malas palabras o simplemente como se le conoce en término común: groserías, empobrecen el vocabulario y tal como lo define la Real Academia Española en su ciberespacio, el hablar de esa manera denota: «Descortesía, falta grande de atención y respeto. Tosquedad, falta de finura y primor en el trabajo de manos. Rusticidad, ignorancia».

Hábito maldiciente

De acuerdo con el blog electrónico Idiomas, Culturas y el Mundo, y con base en el lingüista James V. O’Connor: «‘Quienes dicen groserías normalmente son desagradables, críticos, cínicos, iracundos, conflictivos y quejumbrosos’. Por otra parte si reflexionamos, las personas que no suelen decir groserías son personas más tranquilas, maduras y que encuentran otras maneras y palabras para expresar lo que sienten».

Por otra parte, la representante del ministerio de los Grupos de Asistencia Pastoral (GAP) y Membresía de la Iglesia de Jesucristo, Nohemí Ramírez, se apoya en las Escrituras para descalificar este tipo de lenguaje soez. «De una misma fuente no pueden salir maldición y Bendición», pues para ella el uso de groserías no es más que maldecir, tanto a una persona como a su familia, así como también a objetos.

Y en esto concuerdan también los ministros de Adoración y Alabanza, Carlos Rondón, y Acción Juvenil, Alba Albarrán, debido a que en su criterio las palabrotas «no tienen beneficios, ni aportan bendición alguna».

Por su parte, el apóstol Pablo fue enfático en las Escrituras cuando le ordenó a los creyentes de Éfeso, a través de su carta en el verso 29 del capítulo 4: «No empleen lenguaje grosero ni ofensivo. Que todo lo que digan sea bueno y útil, a fin de que sus palabras resulten de estímulo -edifiquen- a quienes las oigan» (Nueva Traducción Viviente).

Es por ello que Albarrán ratifica la importancia de cuidar el lenguaje que se emplea, pues «las malas palabras corrompen el corazón y no solo el tuyo, sino también del que te escucha». Y esta es la explicación al hecho sencillo de los infantes que nunca han oído un lenguaje soez y de repente escuchan a un familiar, compañero de escuela, u otra persona decir groserías y comienzan a emplearlas en su lenguaje, aún sin saber lo que significan.

«‘Yo quería ser como mis compañeros. No pensé que fueran malas las palabrotas, pues las oía en la escuela, en casa… en todas partes’.  Era el comentario que oía decir de una chica en la escuela», con esta historia comienza el artículo ¿Qué hay de malo en decir groserías» publicado en el ciberespacio de Idiomas, Culturas y el Mundo.

Con la lengua enferma

Teresa meditaba en su debilidad, sin embargo, en la primera ocasión de molestia, o incluso para bromear, no dejaba de utilizar un lenguaje obsceno. Algunos síntomas extraños comenzaron a aparecer en su cuerpo.

Los malestares se incrementaban y Teresa decide ir a una consulta médica. ¿El diagnóstico? Cáncer de Mamas. Aunque hoy en día muchas mujeres padecen esta enfermedad, y muchas las han superado por el tratamiento a tiempo, Teresa no dejaba de sentir angustia, pues en su caso, estaba avanzada y debía ser operada con urgencia.

Aquel día que su cuerpo se hallaba en la fría sala de quirófano, mientras estaba en estado de inconsciencia por los efectos de la anestesia, el médico tratante realizó su corte para operar, encontrando la sorpresa de que Teresa estaba sana. No había rastros de cáncer en ella.

No había transcurrido mucho tiempo cuando en el cuerpo de esta mujer seguían apareciendo enfermedades unas detrás de otras. Cristo había sanado su seno, pero repentinamente sufrió una diverticulitis. Otra vez, Teresa está en el quirófano, anestesiada, la cuando la intervienen, no hallan nada en su cuerpo. Está sana.

De esa misma manera aparecieron tumores, enfermó de gastritis, pero en todas el Señor la sanaba. Su mal hábito seguía con ella. A pesar de lo que el Espíritu Santo hacía en su cuerpo, Teresa no dejaba de decir groserías.

Tiempo después ocurrió algo inesperado. El simple hecho de haber enfermado tan drásticamente en menos de un año había desencadenado una presión en su vida. La mujer estaba totalmente nerviosa y comenzaba a comportarse de manera extraña. Divagaba en lo que decía. Sus ojos no se fijaban en nada ni en nadie, estaban perdidos.

Unas semanas después de que se supiera del comportamiento de Teresa, Bitter recibe una llamada para enterarse que la mujer había sido internada por su familia en el manicomio de Ciudad Bolívar.

«Cuando tú maldices con groserías no haces más que acarrear maldiciones para ti mismo», explica Rondón. Por esta razón Ramírez aconseja que las palabras de los creyentes deben estar enfocadas en ser de «consuelo, bendición, exhortación, salvación y vida».

Aunque la también encargada del ministerio de GAP comenta que el decir groserías puede ser la debilidad de algún hermano, mientras que la de otro es la mentira, o robar, o cualquier otro pecado que viene del pasado, sin embargo, «todas las prácticas que el Señor condena en su Palabra no hacen más que traer maldición a quienes la practican, porque Dios no ve una debilidad peor que otra. Las ve iguales».

Limpieza de corazón y boca

Santiago escribió en el tercer capítulo de su carta: «En la lengua está el poder de la vida y de la muerte (…) con ella bendecimos a Dios y maldecimos a los hombres (…) Refrena tu lengua».

Tanto Albarrán como Bitter citan al libro de Filipenses, en el vero 8 del capítulo 4: «Concéntrese en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza» (Nueva Traducción Viviente).

Y tomando esa cita, la ministra de Acción Juvenil explica que el ser humano se puede corromper a través de sus sentidos, «somos influidos por lo que vemos, oímos, hablamos y sentimos, pero de la abundancia de tu corazón hablará tu boca. Quizás por eso el salmista dijo: ‘No colocaré cosa corrupta delante de mis ojos’ y nosotros debemos cuidarnos de eso».

Por eso, recomienda además como medida de sanidad total de este hábito, al igual que Bitter, Rondón y Ramírez, «leer la Biblia, con entendimiento y con la ayuda del Espíritu Santo, para también escudriñarla, memorizarla, que te sea revelada y la pongas en práctica para que te limpie, porque la Palabra es el mismo Cristo, y ella te edifica, te liberta».

Otro de las medidas recomendadas por este grupo de creyentes es evaluar lo que haces en el día. «Si tú fallas, debes ir a la presencia del Señor y arrepentirte. Si dijiste una grosería, o hiciste alguna otra cosa que desagrada a Dios debes pedirle perdón, pero no solo eso sino que también tienes que meditar en por qué caíste: ‘hoy vi tal programa y eso influyó en mí y comencé a tener ganas de pecar otra vez’ o de repente: ‘hoy me reí de un chiste de doble sentido y eso despertó en mi el deseo de hacer algo incorrecto’ porque cuando meditas aprendes a identificar lo que te hace caer y lo evitas».

Albarrán añade la importancia del nuevo nacimiento, pues explica que cuando un creyente busca a Dios pero sigue practicando el pecado y no hace nada por cambiarlo, o sencillamente en momentos de presión hace lo que desagrada a Dios «no ha nacido de nuevo, solo aprendió a domar su carne, y está adormecida pero no ha muerto a ella», por lo que Rondón enfatiza en «fortalecer al espíritu, a través de la oración sincera y la lectura eficaz de la Palabra».

Puras palabras

Habían pasado dos semanas desde que la internaron, y Teresa estaba allí en el manicomio cuando alguien fue a visitarla. Un hermano de su congregación quiso ir a orar por ella. Mientras elevaban su oración el Espíritu Santo descendió con poder y aquella mujer estaba arrodillada en el suelo, llorando sin cesar y clamando por la libertad de Cristo.

El estar en la presencia de Jesús con el corazón dispuesto le regaló a Teresa un momento con el maestro en el que sintió que algo salía de su interior. Al terminar aquel momento especial, la mujer se dio cuenta de lo que había pasado en su vida, y ahora sentía repulsión por sus malas palabras.

No pasó ni un día cuando fue llevada ante la psiquiatra, quien en su evaluación rutinaria estaba sorprendida pues Teresa estaba sana de su estado mental.

—Mujer, no sé qué pasó en ti pero estás diferente, estás sana— le dice la doctora.

—Yo sé que pasó en mí. Creo en un Cristo vivo que me libertó y me sanó— retrucó Teresa, con una sonrisa en su rostro.

Esta historia ahora es el testimonio de cómo el Señor hizo la obra de transformación en la vida de Teresa, quien se ha entregado por completo a la obra del Señor, sirviéndole con todo su tiempo y amor.

Pablo les advirtió a los creyentes de Corinto: «No se equivoquen, las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres», por lo que mantener el lenguaje de bendición, con el mensaje de Jesús las preservará.

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