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Et sepultus resurrexit

(Juan Mª Tellería Larrañaga – Pastor, profesor y decano del CEIBI*).-

“Y si el Mesías no fue resucitado, vuestra fe es inútil” (1ª Corintios 15, 17a. BTX)

En este domingo especial de Pascua de Resurrección, prácticamente todos los púlpitos cristianos se harán eco del gran evento que marcó el hito culminante de la Historia de la Salvación. Desde aquella primera Pascua que encontramos referida en los Evangelios hasta hoy, todos los credos de la Iglesia y todas las confesiones de fe han recogido el hecho de que Jesús el Mesías, el Hijo de Dios, fue levantado de entre los muertos. No se trata simplemente de dejar constancia de algo extraño o anecdótico. La resurrección de Cristo supone un antes y un después en los relatos de los Evangelios porque imprime un sello indeleble en todo el acontecer narrado en los Hechos de los Apóstoles, el pensamiento apostólico y la teología cristiana hasta el momento en que escribimos estas líneas.
En la resurrección de Cristo, como muchos han dicho, se inicia una nueva era en lo referente a la relación de Dios con los hombres. Y es cierto. Porque con Cristo resucitamos todos los creyentes a una vida nueva, una vida de constante esperanza inmersa en la Gracia de Dios y dirigida de forma certera por el Espíritu Santo. Y esa novedad vital y existencial es algo que el cristiano está llamado a experimentar en el acontecer diario. Es lo que el apóstol Pablo designa con el nombre de fe. Una palabra terrible.
Los tiempos que corren no son precisamente los más apropiados, a ojos vistas, para que nadie desarrolle demasiadas esperanzas de ningún tipo ni ninguna clase de fe. Cuando leemos en los rotativos habituales o escuchamos en los medios televisivos que cada vez son más las personas que ponen fin a su propia existencia arrastrados por la incertidumbre y el miedo al futuro, como está sucediendo en países vecinos nuestros del continente europeo, entendemos muy bien las palabras que encabezan nuestra reflexión: si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es inútil.
El hecho de que, en tanto que creyentes cristianos, sin importar en este caso cuál sea nuestra denominación particular, podamos en este Domingo de Pascua confesar y proclamar abiertamente la resurrección de Jesús, constituye realmente todo un desafío. Pero no para los incrédulos, en la idea de que hay que «convencerles» con la «prueba fehaciente» del sepulcro vacío -deben ser muy pocos realmente los incrédulos que hoy puedan ser «convencidos» con este tipo de argumentos-. Ese reto lo es para nosotros mismos, precisamente. El acudir un domingo como este al servicio religioso y escuchar al predicador correspondiente hablar de cómo Jesús vence a la muerte, o cómo Dios levanta a su Hijo de entre los muertos, supone una verdadera provocación a nuestra inteligencia, a nuestra capacidad de comprensión de la realidad, que nos dice de forma tenaz que los que ya se han ido no vuelven. El leer en nuestra devoción o lectura privada de las Escrituras pasajes en los que se proclama la victoria de Cristo sobre la muerte o, más aún, se muestran sus apariciones a los discípulos después de la crucifixión, nos exige un posicionamiento claro ante un hecho portentoso que escapa a toda medida humana y que exige fe (¡otra vez esta palabra!), que reclama confianza ante los hechos portentosos de Dios.
Credo quia absurdum, que decía Tertuliano, aquel Padre de la Iglesia del siglo II de nuestra Era. Lo creo porque es increíble, o porque es posible que sucedan cosas imposibles, que hubiera dicho el filósofo Aristóteles, allá por el siglo IV a.C. Lo creo, sencillamente, porque sin la resurrección de Jesús el Mesías no tendría sentido alguno que nadie escribiera ni leyera nada de lo que aquí expresamos. Lo creo porque si Jesús no hubiera vuelto a la vida, ninguno de nosotros hoy tendría esperanza, no ya para un futuro apocalíptico más o menos lejano, sino para este duro y cruel día a día que a tantos se lleva por delante de forma inmisericorde. Lo creo porque sin la resurrección de Cristo nuestra fe carecería de sentido, no tendría fundamento alguno, y la especie humana no pasaría de ser más que un mero eslabón sin sentido en la cadena de la vida animal del planeta tierra, equiparable a cualquier otra criatura. Lo creo porque al volver a la vida, Jesús nos da a todos los que componemos la gran familia humana un respeto, un valor y una dignidad supremas, cosas por las cuales merece la pena luchar contra quienes quieren arrebatárnoslas.
Lo creo sencillamente porque así lo dice la Palabra de Dios y porque de esta manera andamos por la fe, esa fe que movió al propio Jesús, a los apóstoles, a los creyentes de todos los tiempos, y que hoy nos sigue abriendo caminos en medio del mar proceloso de nuestra época presente.
¡Feliz Pascua de Resurrección a todos los creyentes!

(*) Centro de Investigaciones Bíblicas, Centro Superior de Teología Protestante.

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