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En homenaje a todos los hijos e hijas de Dios que han partido a su presencia en la pandemia, Rony Chaves

Cuando Dios mismo es quien se encarga de la muerte y el funeral de sus hijos

Muerte y sepultura de Moisés
“Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar.
 Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, más no pasarás allá.
 Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová.
 Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy.
 Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor.
 Y lloraron los hijos de Israel a Moisés en los campos de Moab treinta días; y así se cumplieron los días del lloro y del luto de Moisés.
Y Josué hijo de Nun fue lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés.
 Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara; nadie como él en todas las señales y prodigios que Jehová le envió a hacer en tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, y en el gran poder y en los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel” (Deuteronomio 34:1-12).

Todos quisiéramos, sinceramente, que ninguno de nuestros parientes cercanos y amigos murieran nunca. Desearíamos que ellos vivieran siempre entre nosotros, y por esta causa, algunos ven la muerte equivocadamente como una derrota, en cualquier edad y circunstancia en que esta ocurra.
El problema no es morirse; el problema es cómo se muere la gente. Una cosa es morir sin Dios de nuestro lado y otra cosa es morir con Cristo en el corazón.
El apóstol Pablo nos da una cátedra sobre este tema, poniendo los puntos sobre las íes; él define con claridad que cuando el hombre es alcanzado por la salvación de Jesucristo, este pasa de tinieblas a luz, de muerte a vida; y su permanencia viva sobre la tierra le permite vivir más años para cumplir propósitos y asignaciones divinas, más si la muerte le llega anticipadamente, aunque su carrera termina antes, eso será maravilloso para él, porque de inmediato pasará a la “mejor vida”, a la Gloria del Señor, donde está preparada su morada eterna. ¡Aleluya!
Para el que está en Cristo la muerte no es derrota; venga cuando venga y cómo venga, será tan solo el visado para partir a la ansiada Eternidad con JESÚS; por eso el apóstol Pablo, quien vivió en constantes peligros de muerte nos dejó este legado de sabiduría y revelación:
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.  Más si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.
 Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.
 Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe,   para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros” (Filipenses 1:21-26).
El apóstol nos abre su corazón ampliamente y nos señala que desde que “nació otra vez” al entregar su vida a Jesús, el anhelo de su ser era partir de este mundo para estar por siempre con el Señor; más el poder servirle a Él entre los hombres y edificar a los hijos de Dios le generaba un gran deseo de vivir más en esta tierra para ayudar en la edificación de sus vidas y en la construcción del Reino de Dios.
Pablo, estaba claro; la sangre de Cristo le había concedido ya la victoria sobre Satanás, sobre la muerte y sobre la condenación eterna.
Por eso él claramente se refirió en medio de la lucha a su estado espiritual y a la seguridad total de su futuro eterno en Cristo Jesús así:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito:
 Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35-39).
Esta pandemia de más de 12 meses ya, nos ha metido a todos, y en todas las naciones, en una enorme batalla por nuestra subsistencia y la de nuestros familiares y amigos muy queridos. La enfermedad mortal llegó a muchas puertas de seres amados que han librado literalmente, una guerra contra la muerte. Muchos, para propósitos del Eterno y por Su decisión soberana han vencido estas circunstancias y han salido bien librados y sanos. Otros, a quienes también amamos, sucumbieron ante este mal y partieron con el Señor cuando menos lo esperábamos. Más importante es el recalcar y reiterar que para ellos y para nosotros esto no es una derrota; es la decisión del Soberano Dios, Quien determinó el momento de su partida y el tiempo para recibirlos en el Cielo. Dios como Amo, Dueño y Señor del Universo es quien determina soberana y sabiamente hasta cuándo permanecerá cada uno a su servicio en Su Obra. El Único y Sabio Dios, es quien determina los días de nuestra existencia y servicio para Él y para Su Pueblo. ¡Amén!
Quiera Dios que lo entendamos bien. El vacío que nuestros seres amados puedan dejarnos no debe opacar el hecho de que la muerte ya no tiene dominio sobre los hijos de Dios, ya Jesucristo la derrotó por cada uno de nosotros en la Cruz. ¡Amén!
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14).
“Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apocalipsis 1:17-18).
¡Amén y Amén!
Inicié este artículo con un pasaje que ha impresionado siempre muy profundamente mi espíritu, “la muerte y sepultura de Moisés”. Me impacta muchísimo el hecho que en este pasaje bíblico el Espíritu de Dios no oculta el hecho de que el Altísimo Dios Hashem, se involucró directamente en los acontecimientos que rodearon la muerte del hombre de Dios y líder de Israel, Moisés. El texto sagrado nos narra esos últimos e intensos minutos llenos de emoción y poder espiritual; la hora de su partida al Cielo estaba planificada muy bien y directamente por el Eterno.
“Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová” (verso 5).
El lugar de su sepultura lo escogió Jehová en el valle de Moab; el Trono lo planificó todo muy específica y puntualmente:
“Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy” (verso 6).
Dios no quería un funeral de momento, en un día y hora específico, para que después el pueblo se olvidara de Moisés, de sus poderosas obras bajo la Unción del Altísimo y de los mandamientos y preceptos de Jehová que él entregó a Israel por mandato divino. Dios quería que Israel honrara y celebrara la vida y ministerio de Su Profeta por muchos días. Israel así entonces, recordaría la vida, las enseñanzas, la adoración, los mandamientos y las obras de Moisés por mucho tiempo hasta quedar grabadas para siempre en su historia, en sus mentes y en su vivir por los siglos.
¡Dios mismo se encargó del funeral; de la honra y de la celebración memorial de Su siervo Moisés!
“Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor.
Y lloraron los hijos de Israel a Moisés en los campos de Moab treinta días; y así se cumplieron los días del lloro y del luto de Moisés” (versos 7,8).
La tarea del hombre de Dios había terminado, era hora de ir a su morada eterna preparada por Jesús mismo; su hijo ministerial Josué, continuaría su Misión y Ministerio para la Gloria del Eterno.
“Y Josué hijo de Nun fue lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés” (verso 9).
En el caso particular de Moisés, Jehová le dio a Josué como su ayudante, como su discípulo e hijo ministerial, para que continuara la encomienda divina entregada a él con la nación de Israel.
En el caso de todos nosotros, los que servimos hoy al Eterno en Su Obra, quiera Dios darnos de Su Gracia y de Su Sabiduría para preparar con el tiempo debido a quienes serán nuestros herederos sucesores que continuarán haciendo y expandiendo nuestro Ministerio para Él. La partida de los siervos de Jehová a Su bendita Presencia, nunca detendrá el avance de Su Obra; en medio de las pruebas y tormentas, en medio de las luchas y de las “ausencias”, Jesucristo mismo edificará Su Iglesia.
“Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:15-18).

Consejo Final:
No juzguemos más a los hijos de Dios que mueren; ni por el día en que se van, ni por la forma en que nos dejan; eso pertenece solamente a la Soberanía y a las decisiones del Altísimo y Eterno Dios.
¡Amén!

Rony Chaves
Apóstol

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