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El síndrome de “todavía”, Eliseo Rodríguez

Ante la urgencia de que el pecador se arrepienta hoy, ante la premura de que la Iglesia del Señor sea edificada y, debido a la inminencia de la venida de Cristo, no digamos, todavía, al deber de buscar las almas perdidas y predicarles hoy el evangelio 

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Hasta nuestros días perdura un sentido peligroso al cual le vamos a llamar hoy, el síndrome de todavía.
Casi siempre lo padecen aquellos que han tenido un carácter pusilánime, con un poco de retardo espiritual. No lo han padecido únicamente los inconversos, sino los profesantes de la fe, alguna vez han tenido los síntomas de este peligroso síndrome.
Acompáñame a descubrirlo, y a encontrar la medicina que nos puede ayudar a prevenirlo, y, si ya está presente, poder curarlo. 

Primero, la Biblia le dice al que está perdido. He aquí ahora el día de salvación (2ª Corintios 6:2).
Por tanto, el llamamiento divino dice aún al pueblo de Dios reincidente: si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón (Salmo 95:7-8). Cada predicador del Evangelio tiene el deber de urgir a quien evangeliza y decirle, arrepiéntete aquí y ahora, mañana puede ser demasiado tarde. Muchos de nosotros conocemos tristes historias de quienes dijeron todavía, hoy no estoy listo para aceptar a Cristo, quizás, mañana. Pero mañana nunca les llegó y perdieron fatalmente sus preciosas almas.
Jesús fue directo a la necesidad espiritual de un joven a quien había sanado de sus ojos físicos, pero necesitaba salvarse. Entonces le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Después que el hombre preguntó quién era el Hijo de Dios, y Jesús identificarse como el tal, de inmediato el hombre respondió: creo Señor, y le adoró (Juan 9:35-38).
El eunuco etíope evangelizado por Felipe sintió que había llegado el momento de bautizarse. Felipe no le dijo, todavía, sino le respondió: si crees de todo corazón bien puedes. Ambos descendieron del carro y Felipe le bautizó, y el eunuco siguió gozoso su camino (Hechos 8:35-39). 

El segundo aspecto de la obra de Dios al cual no se le debe decir todavía, es a la edificación de la casa de Dios.
El profeta Hageo confrontó a los israelitas que decían, no había llegado aún el tiempo de reedificar la casa de Dios. Por aquel síndrome de todavía, que los había hecho perezosos en hacer lo más importante, el profeta les dijo que estaban recogiendo su jornal en saco roto, o sea, aunque trabajaban duro, no estaban viendo la bendición de Dios. Después de diagnosticarles aquella horrible enfermedad, el profeta les recetó la medicina curativa: subid al monte, y traed madera, y edificad la casa de Jehová que está en Jerusalén (Hageo 1:4-8).
Cuando tenemos diligencia para asuntos propios de la vida, pero los intereses de Dios están dejados para después, es hora de arrepentirnos. El reedificar la casa de Dios física en Jerusalén, es un cuadro maravilloso de la diligencia que debemos poner en edificar la casa de Dios hoy, que es la Iglesia (1ª Timoteo 3:15). Y los materiales de construcción ya no están en un monte físico, sino en el sacrificio obrado por Cristo en el monte Calvario, donde Él compró la Iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28). Es la doctrina de Cristo, su sacrificio expiatorio, su sangre, la reconciliación con Dios, su Nombre, su resurrección, su ascensión, su oficio como Sumo Sacerdote a la diestra del Padre, la promesa de su advenimiento, lo que puede edificar verdaderamente la casa de Dios.
Si los ministros del Evangelio entendiéramos que la edificación del cuerpo de Cristo no puede hacerse padeciendo el síndrome de todavía, estaríamos listos diariamente para edificar la Iglesia del Señor con los materiales espirituales que Pablo citó a los Corintios, oro, plata y piedras preciosas (1ª Corintios 3:12a); o sea, la doctrina de Cristo entregada a sus santos apóstoles en el Nuevo Testamento. Sabemos que las verdades del Evangelio ya estaban profetizadas desde el Antiguo Testamento. Por tanto, usemos fervorosamente las Escrituras, la Biblia, para edificar hoy a la Iglesia del Señor ¡No digamos a esa necesidad, todavía!

La tercera manera como se manifiesta el síndrome de todavía es en relación a la venida del Señor.
Cristo citó el peligro que el siervo comenzara a decir: mi Señor tarda en venir, entonces, podría comenzar a golpear a sus consiervos y a comer y a beber con los borrachos. Entonces Cristo alertó que el Señor vendrá a la hora que aquel siervo no sabe y lo castigará duramente y lo pondrá con los hipócritas, donde será el lloro y el crujir de dientes (Mateo 24:48-51). El propio Cristo recetó un medicamento espiritual para cuidarnos del síndrome de todavía respecto a su venida. El dijo: Estad preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis (v 44).
La manera como se adquiere esta peligrosa patología del síndrome de todavía, es descuidando los valores de la vida cristiana trazados en la Palabra de Dios. Cuando se ha contristado al Espíritu Santo con acciones que no sean conformes a Cristo, ocurre un sentido de confort, propio de la superficialidad espiritual, que, aunque se sabe que las cosas no están bien con Dios, la persona cree que, en algún momento, tendrá tiempo para reparar la brecha, aunque no tenga que ser todavía. Pero, en verdad, el arrebatamiento de la Iglesia va a tomar a muchos totalmente desprevenidos, porque ya haya llegado el momento de irnos con Cristo y muchos estarán en horrible adormecimiento.
Nunca debemos perder de vista, que el acto de la venida del Señor ocurrirá como ladrón en la noche (1ª Tesalonicenses 5:2). Por tanto, la recomendación bíblica es que estemos preparados ya, para que aquel día no nos sorprenda como ladrón (v. 4). El Señor quiere una Iglesia tan sana del síndrome de todavía, que podamos decir con gozo: Ven Señor Jesús (Apocalipsis 22:20).

Amados, ante la urgencia de que el pecador se arrepienta hoy, ante la premura de que la Iglesia del Señor sea edificada y, debido a la inminencia de la venida de Cristo, no digamos, todavía, al deber de buscar las almas perdidas y predicarles hoy el evangelio. Los discípulos de Cristo pensaban que faltaban cuatro meses para que llegara la siega, pero Cristo les dijo: alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega (Juan 4:35).
Amados, no digamos más, todavía, sino seamos diligentes en hacer lo que se nos ha encomendado, y no lo dejemos para otro día.
 Con mi amor sincero, Vuestro servidor.

Eliseo Rodríguez
Pastor

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