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El peligro del hombre jugando a ser Dios

Una técnica de edición genética simple y poco costosa llamada Crispr cambió todo el panorama; pero la creación de dos bebés con genes modificados ha encendido las alarmas

(La Nación – Verdad y Vida).-

Hace dos meses, un científico chino llamado He Jiankui le anunció al mundo que había creado los primeros dos seres humanos inmunes al VIH y capaces de transmitir esa inmunidad a su descendencia, y así inaugurar una suerte de nueva especie humana, una diferente del resto de los mortales.
El anuncio estuvo lejos de cosechar la aprobación de la comunidad científica. Su supuesto logro fue calificado de irresponsable y disparó debates y reflexiones de corte ético. También encendió múltiples alarmas, al poner de manifiesto que la velocidad con que avanza la ciencia deja enormes vacíos en términos regulatorios, y coloca a los científicos en la posición de decidir si todo lo que se puede hacer ha de hacerse.
El escándalo provocado por el científico chino –despedido de la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur (China), donde trabajaba, y actualmente investigado judicialmente por el Gobierno chino– muestra hasta dónde han llegado las cosas hoy.
Y es que a partir del desarrollo de una técnica de edición genética simple y poco costosa llamada Crispr (2012), la manipulación de los genes de cualquier célula se ha vuelto un procedimiento sencillo y al alcance de muchos. Eso abre múltiples posibilidades, algunas muy controvertidas y que podrían modificar sustancialmente el curso de la vida humana tal como la hemos conocido hasta ahora.
Antes de Crispr existían otros métodos de edición de genes, pero eran más complejos y costosos. Este método, en cambio, permite alterar o eliminar una secuencia específica de ADN mediante una enzima que ubica y marca el segmento que se desea modificar o quitar. El procedimiento es tan simple que muchos lo comparan con un editor de texto. Sin embargo, al tratarse de una herramienta en fase de desarrollo, la comunidad científica mundial considera que no están dadas las condiciones para un experimento como el de He. Lo cierto es que, si bien ya pasaron seis años desde la creación de este método, aún no se han dado todos los debates necesarios acerca de cuáles son los límites que no es conveniente traspasar.
Pero ¿la hipotética existencia de un código de ética que regule los usos de Crispr habría sido suficiente para detener a He Jiankui? ¿De qué manera se podrían evitar aplicaciones indebidas, con efectos nefastos para la humanidad? A partir de la manipulación del código genético de una célula, hoy se puede lograr, y, de hecho, se hace, que una especie vegetal se vuelva resistente a un tipo de hongo o que un insecto no transmita una enfermedad.
También es posible que, mediante terapias génicas, se traten determinadas enfermedades ocasionadas por la alteración de un gen. Pero, al mismo tiempo, se abren otras posibilidades más discutibles y rechazadas por gran parte de la comunidad científica, como la variante eugenésica: gracias a esta técnica es posible barrer imperfecciones, borrar enfermedades o dotar a un individuo de características especiales que lo coloquen por encima del resto. El potencial es tan inquietante y sus efectos en el futuro tan inciertos que en 2016 el entonces director de Inteligencia Nacional de EE. UU., James Clapper, incluyó la edición genética en la lista de potenciales armas de destrucción masiva.
Entre los científicos hay consenso respecto a la edición genética de las células de un determinado órgano, llamadas somáticas, cuya modificación no es transmisible a la descendencia de ese individuo, como una técnica de gran potencial para la cura de enfermedades. En cambio, la modificación de células de un embrión humano o bien de óvulos o espermatozoides que luego den origen a un embrión, llamadas células germinales, no genera el mismo acuerdo; entre otros motivos, porque se desconoce si este tipo de modificación podría ocasionar, en el futuro, efectos no deseados. Pero lo que sí se sabe es que esas alteraciones serían transmisibles a las siguientes generaciones de ese individuo, lo que convertiría a él y a su descendencia en seres diferentes del resto de la especie humana.
De todas maneras, hoy existen diferentes instituciones que realizan ediciones en la línea germinal, aunque sin la posterior implantación en un útero. El caso del experimento de He Jiankui constituye una excepción a la regla. De acuerdo con sus afirmaciones, el científico chino modificó el ADN de dos gemelas, Lulu y Nana, hijas de madre sana y padre portador de VIH, para hacerlas inmunes a dicha enfermedad. El ‘affaire’ He se inscribe en el marco de una disputa geopolítica mayor: la rivalidad entre Estados Unidos y China, cuyos efectos se hacen sentir también en el ámbito científico. Sin embargo, quienes han seguido de cerca el tema afirman que el grave paso en falso que dio el científico chino obedece a tres causas: serias fallas en el protocolo de investigación, la ausencia de controles y un ego personal desmedido.

UN ACTO IRRESPONSABLE

“No creo apropiado modificar información genética que pueda ser transmitida a la descendencia –puntualiza Alberto Kornblihtt, profesor titular plenario de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires–. Si se trata de curar enfermedades hereditarias, en la mayoría de ellas los padres portadores generan embriones sanos y enfermos. Basta con un diagnóstico genético preimplantatorio para identificar los sanos y reimplantar solo esos en el útero de la gestante. Tampoco estoy de acuerdo con el uso de edición génica para crear variantes genéticas de humanos con propiedades distintas de las del resto y que sean heredables, sean estas cosméticas o de mejoramiento de la especie; por ejemplo, una resistencia a cierta infección. Esto se llama ‘enhancement’, mejora, de la especie y me opongo radicalmente”.
El científico español Lluis Montoliu, un referente internacional en el campo de la edición genética, considera que, a partir de esta técnica, hay dos tipos de laboratorios en el mundo: los que ya usan Crispr y los que van a usar Crispr.
Santiago Miriuka, médico e investigador, encabeza en el Instituto Fleni un equipo que investiga sobre enfermedades cardíacas por medio de la edición génica. Utiliza un tipo de células madre llamadas pluripotentes, que tienen la capacidad de dar origen a cualquier tipo celular de un organismo.
El especialista reconoce que con Crispr se ampliaron las posibilidades de investigación del equipo: “Si uno cuenta con esta técnica en el laboratorio, puede agilizar mucho el trabajo y responder preguntas que de otra manera no podría o sería más complicado responder. Antes, contábamos con otros métodos, pero este es más simple. Claro que la aplicación en organismos humanos es bastante novedosa, y como tal tiene que seguir un proceso. Los estudios clínicos son muy recientes, y habrá diez o quince en todo el mundo”, explica Miriuka.
Con él coincide Jorge Dotto, médico genetista y director del Registro Nacional de Datos Genéticos de Argentina –que depende del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos–, quien opina: “Vamos a tener que hacer sintonía fina acerca de qué usos le vamos a dar. El límite siempre tiene que ser el uso responsable de la herramienta. No tenemos que jugar a ser Dios”.
Más de 120 académicos de la comunidad científica china señalaron en una declaración pública que “cualquier intento” de hacer cambios en los embriones humanos mediante modificaciones genéticas es “una locura” y que dar a luz a estos bebés conlleva “un alto riesgo”. De cualquier modo, advierte Dotto, siempre va a haber alguien, como He Jiankui, que quiera cruzar los límites.
“El panorama es riesgoso –dice Miriuka– porque no hay límites ni sanciones concretas. Es necesario llegar a un consenso científico y político que fije ciertas pautas, sin perder de vista que la ciencia siempre va a ir por delante de la legislación”. Y agrega que si él fuera consultado para esas pautas, “haría hincapié en un aspecto: ‘seguridad, seguridad y seguridad’. Hasta no tener la certeza de que no va a ser perjudicial para el individuo y para el resto de su progenie, no debería aplicarse”.
Por su parte, Kornblihtt haría hincapié en tres ejes: “Primero, en la imprevisibilidad de consecuencias negativas, incluso en las generaciones siguientes a las del individuo editado. Después en los aspectos negativos a nivel de equidad social de un ‘enhancement’ reservado solo a los más pudientes. Y, por último, en lo incorrecto de la exacerbación del determinismo genético como eje de la paternidad”.
La mayoría de expertos en el tema remarca que el progreso en la manipulación genética de los últimos años está sobrepasando la poca legislación mundial y nacional que existe, de ahí la urgencia de trazar los límites cuanto antes. El filósofo Julian Savulescu, director del Centro Uehiro para la Ética Práctica de la Universidad de Oxford (Reino Unido), advirtió en entrevista con ‘El País’ que, en caso contrario, “va a ser imposible evitar la existencia de un mercado negro de edición genética. La gente querrá un niño perfecto y estará dispuesta a pagar para tenerlo. Puede ser el comienzo de un mercado negro de la perfección”.◄

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