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El otro ébola

(Wenceslao Calvo – Pastor).-

Una enfermedad parecida al ébola, en cuanto a los miedos que suscitaba, fue en el pasado la lepra. Aunque hasta el día de hoy en algunas regiones del mundo todavía es un azote, es evidente que ya no se trata del enemigo implacable que un día fue. Así como el ébola se ha hecho temible por varias razones, del mismo modo la lepra reunía una serie de características que la hacían particularmente odiosa. Entre ellas estarían las siguientes: Era un mal que iba más allá de lo meramente cutáneo y estético, afectando profundamente al organismo que atacaba; no se quedaba relegado a una parte del cuerpo, sino que se extendía por el mismo; el deterioro físico que producía era irreparable y repugnante; podía propagarse e infectar a otros; incorporaba unas consecuencias que iban más allá de lo físico, al recaer sobre la persona afectada una contaminación de aspecto ceremonial, lo que suponía su aislamiento del resto de la comunidad.
Por estas peculiaridades, la lepra llegó a ser una ilustración de lo que es el peor de los males posibles, el pecado, que comparte con ella dichas propiedades, solamente que entendidas en el sentido moral y espiritual. En efecto, el pecado es un mal profundo, hasta el punto de hundir sus raíces en nuestra misma personalidad. Es extenso, porque todas nuestras facultades han quedado dañadas por su poder. Es devastador, porque corrompe la imagen original de Dios en el hombre. Tiene consecuencias irreversibles, al dejarnos en un estado de suciedad moral, que nos excluye de la presencia de Dios. Y se manifiesta en múltiples ramificaciones: individuales y sociales, de pensamiento y de obra, de omisión y de comisión. Además, su capacidad de propagación es inagotable, hasta el punto de que es un mal universal.
Pero, a diferencia de la lepra y del ébola, para el pecado no hay remedio humano posible. Los sistemas éticos, filosóficos y religiosos elaborados por el hombre para erradicar este mal, son inútiles contra su poder. A lo más que llegan es a enmascararlo con un barniz de justicia propia, que lo único que logra es sugestionar al individuo haciéndole creer que lo ha vencido, cuando en realidad tal justicia propia no es sino otra forma sutil con la que el pecado se disfraza.
Aquí estamos ante algo verdaderamente pavoroso, porque una razón de su poder reside en su capacidad para presentarse como algo bueno y que nos va a proporcionar el cumplimiento de nuestros sueños y anhelos más elevados, cuando, en realidad, el resultado final nos hunde en la ruina y la perdición. Es decir, mientras en estos males que son el ébola o la lepra podemos discernir inmediatamente su naturaleza dañina y los rehuimos, en el pecado, lejos de captar su perversidad y rechazarlo en consecuencia, lo consideramos beneficioso y deseable. Hasta tal punto ha trastocado nuestra facultad de ponderar lo bueno y lo malo. Eso significa que el pecado no es un mal que está ahí fuera, sino que forma parte de nuestro ser y condiciona inevitablemente nuestro pensar y actuar.
¿Hay solución para este otro ébola? El evangelio viene a decirnos que sí y por eso es evangelio, esto es, buena noticia.
La causa del género humano gira en torno a dos representantes. Un representante es alguien que tiene capacidad para actuar en nombre de los representados y sus acciones repercuten sobre ellos. El primer representante que tuvimos es Adán, por quien el pecado entró en el mundo y también su consecuencia, la muerte. El contagio deliberado que él adquirió lo propagó a sus representados, que somos todos nosotros. De ahí que todos somos pecadores, como él, y también morimos, igual que él. Un solo pecado bastó para que el juicio de condenación recayera sobre los representados por él, lo cual indica la enormidad de la culpa. Una culpa personal del representante que se imputa o se pone a la cuenta de sus representados. La terrible consecuencia es el reinado de la muerte y la condenación, incluso en los que personalmente no son pecadores.
Pero el segundo representante es Cristo. Su obediencia y su justicia perfecta redundan en el beneficio de sus representados, que son aquellos que reciben la abundancia de su obra. Si la muerte es hija del pecado, la vida lo es de la justicia y de esa manera por medio de este otro representante esa vida prevalece sobre la muerte. La grandeza de la obra de este representante destaca en que surge en medio de una acumulación de pecados, al igual que la luz resalta más cuanto más densa es la oscuridad; es decir, si un solo pecado fue suficiente para arruinarnos, es lógico pensar que de un acopio de pecados nada sino más perdición podía proceder. Sin embargo, en medio de esa aglomeración de pecados surge la gracia de Jesucristo, que consiste en la imputación de su justicia perfecta a los pecadores que vienen a él.
La culpa de Adán es la perdición de sus representados. El mérito de Jesucristo es la salvación y bendición de los suyos. Por eso, más que preocuparnos por el ébola físico deberíamos preocuparnos por el otro ébola, buscando el remedio que hay en Jesucristo.
©Protestante Digital

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