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El ladrón arrepentido

(Fernando Regnault – Articulista).-

«Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.  Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:39-43).

Uno de los hechos más sorprendentes y maravillosos de la gracia ocurrió en el Gólgota, cuando uno de los ladrones crucificados junto a Jesús, recibió la revelación maravillosa de que Jesús era el Hijo de Dios. Este «malhechor», en medio de su propia tragedia y dolor físico, estaba callado considerando lo que estaba pasando con Jesús. Nunca habían asistido tantas personas a una crucifixión, nunca habían tratado todos con tanta saña a alguien, como lo estaban haciendo con Jesús. Tampoco nunca nadie en esas condiciones, había pedido a Dios que perdonara a sus asesinos, ninguna palabra corrompida había salido de su boca y el brillo y expresión de su mirada, reflejaban un amor que jamás se había visto en ser humano alguno. Con seguridad que él había oído hablar de Jesús, pues su vida, sobre todo los últimos años fue muy polémica y notoria a todo Israel. Pero también con seguridad, él no había sido parte de aquellas multitudes que seguían al Señor, su camino había sido diferente.

La gracia del Señor lo «tocó» allí en la cruz y en su corazón, y de una manera sobre natural «supo» que aquel hombre que estaba crucificado a su lado era Dios hecho hombre. Esto no había manera humana de que lo entendiera con su natural entendimiento, ¿cómo entender que Dios, el creador, estaba allí muriendo en una cruz junto a dos ladrones? Nadie lo había entendido, todos le condenaron y le injuriaban escarneciéndole duramente en esos terribles momentos. Nadie podía entender aquel misterio, Dios Padre lo tenía oculto a los ojos de todos para poder cumplir su propósito. Fue la única persona que en aquellas terribles condiciones adversas, defendió a Jesús, fue la única voz que se oyó en el Gólgota que glorificó a Jesús. Aquella revelación que el Padre puso en su corazón, le hizo sentir la majestad de la santidad de Cristo en contraste con su terrible condición. Sabemos que la fe sin obras está muerta y era necesario que este hombre diera testimonio de lo que Dios había puesto en su corazón. Cuando los sacerdotes, escribas y la gente injuriaba a Jesús, ¿qué les podía el decir?, no tenía ninguna posibilidad de ser oído, pero cuando el otro ladrón ofendió al Señor: «Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros» , este hombre no cayó, sino que se deslindó de lo que el otro ladrón dijo, pues aquel habló como si lo estuviera haciendo por los dos, al decir; «sálvate a ti mismo y a nosotros».

La transformación realizada en el corazón de este hombre fue extraordinaria, de pronto habló de «temor a Dios», cosa que no existía en su vida de malhechor. Le respondió: «Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación?». ¿Cómo pudo este hombre saber que quien está junto a él crucificado es Dios? ¡Es impresionante! ¿Quién puede entender normalmente, que Dios Todopoderoso está condenado a morir en una cruz junto a él? Él dijo: «estando en la misma condenación», es una situación muy extrema para cualquier mente, el Señor del universo en una cruz como si fuera un malhechor. Este ladrón dio testimonio de su fe al decir: «Ni aun temes tú a Dios», esta expresión tan corta involucra a todos los presentes, que se burlaban y escarnecía al Señor, es como decir: todos los que le ofenden no entienden, ¿pero tú? Tu estás en la misma condenación y con solo mirar su rostro sabes que Él es Santo, no es como tú y yo que justamente padecemos. Esa expresión: «ni aun tu» condena a todos los presentes que injuriaban al Señor, allí donde estaban los principales sacerdotes y escribas. Dios levantó una voz que dio testimonio de su Hijo. Parafraseando este hombre dijo: ¿Estos sacerdotes y escribas deberían tener temor, y no estar injuriando a Dios, pero ¿«ni aun tu» que estás a punto de morir le temes? ¡Que honra y que privilegio recibió este ladrón!, al ser la única persona que en el momento más crítico del sacrificio y humillación de Jesús, levantó su voz honrando al Salvador. Dio testimonio de la justicia de Cristo, y de la injusticia de su crucifixión, veamos: «nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo». Primero: reconoció su pecado y lo justo de su condena, «justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros», esto implica arrepentimiento y reconocer su condición de pecador. Segundo: exaltó la justicia de Cristo al decir «mas éste ningún mal hizo», reconoció la justicia del Señor Jesucristo, honrando así a Dios, al decir: «mas éste ningún mal hizo», estaba declarando que todos estaban haciendo una injusticia con Jesús, que el Señor no merecía aquel castigo.

Este ladrón arrepentido entendió, no sólo que Jesús era Dios, sino que era el Mesías prometido y que regresaría como Rey, así que volteándose hacia el Señor Jesús, «y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». En ese lugar estaban los más destacados maestros y eruditos de Israel, y todos estaban ciegos, no podían ver en esa cruz al Mesías, pero agradó al Señor abrir los ojos y el corazón a este ladrón, para que viera la Gloria de Israel en esa cruz. Clamó al Señor por misericordia, le dijo: «Acuérdate de mí», el Señor sólo menciona el nombre de los suyos. Recordemos la parábola del rico y Lázaro, solamente dijo el nombre de Lázaro, al rico que no era de Dios, no lo llamó por su nombre. El Señor llama a sus ovejas por su nombre, las conoce a cada una. Bajo aquella revelación que tenía este ladrón, parafraseando le dijo: «acuérdate de mi nombre cuando regreses como Rey y Señor». Prácticamente le dijo a Jesús: Tú eres el Mesías, te respeto y quiero estar en tu reino, no pidió que le salvara la vida como el otro ladrón había dicho. Él sabía que estaba a punto de morir, y en realidad le estaba pidiendo al Mesías que le resucitara cuando viniera en su reino. Es asombroso y admirable todo lo que este hombre entendió en ese momento, lo que no entendieron los apóstoles que tuvieron tanto tiempo con el Señor. El entendió que Jesús resucitaría de los muertos, pues de qué otra manera «vendría en su reino». Pero este hombre no trató de entender lo que estaba pasando, sólo creyó y habló lo que había en su corazón, no había forma de entender la locura de la cruz de Cristo. Dios honra a los que le honran, así que el Señor Jesús le respondió a su petición: «Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». No puedo imaginar lo que sintió el corazón de aquel hombre, quien en el umbral de la muerte y la perdición eterna, Cristo le concede el perdón de sus pecados y salvación eterna. Puedo asegurar que nadie murió antes más feliz en una cruz, allí a la sombra del Cordero de Dios. La Palabra no lo dice, pero yo casi puedo ver la sonrisa dibujada en el rostro de aquel hombre. La gran carga de pecados que pesaban sobre sus hombros, fue puesta sobre Jesús y la paz por primera vez llenó su corazón, los ángeles llevaron su alma a los brazos del Padre Celestial. ¡Exaltado y Glorificado sea mi Cristo!!!! 

¿Qué simbolismo tiene esta enseñanza para nosotros?  Este ladrón es símbolo de la Iglesia que sería redimida por la sangre de Cristo. La Iglesia está formada por personas que han recibido la revelación sobrenatural de que; Jesús, es el Cristo, de la misma forma como el Padre le reveló a Pedro que Jesús es el Cristo. Otro simbolismo que este pasaje contiene es: Así como este ladrón que arrepentido fue crucificado juntamente con Cristo, también la Iglesia arrepentida y redimida tiene que ser crucificada con Cristo, veamos: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20). La Iglesia sigue el camino de Cristo a ser crucificada, y morir como Él para ir al Paraíso, a esperar la resurrección. Otro simbolismo es: Así como este ladrón arrepentido, fue el único que levantó la voz para exaltar a Cristo, así la Iglesia es la única que exalta a Cristo en medio de un mundo que cada vez es más contrario. Así como el ladrón no tenía esperanza en este mundo, sino que le pidió al Señor entrar en su reino. También la Iglesia no tiene ninguna esperanza en este mundo, sino espera el reino de Dios. «Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo» (2ª Timoteo 2:7). ¡Dios te bendiga!!!

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