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El error de Humanidad, Eduardo Padrón

Este relato es ficticio, pero en él se encuentran algunas propuestas de filósofos que con el paso de los años han propiciado los cambios que están trastornando lo natural

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Una vez la Sra. Humanidad, cansada de soportar el agobio de tanta gente que año tras año venía al mundo; de tantos chicos y jóvenes que llenaban el planeta y agotada por lo que consideraba un peso excesivo, sintió que había llegado el momento para un cambio. Había que promoverlo, tenía que realizarlo costase lo que costase. Así que, en sus tiempos libres, cual precioso arte, armó su estrategia.
Lo primero que debía hacer era subvertir todo lo natural. Todo lo que se había levantado sobre ese orden debía ser trastocado, reordenado, desvirtuado de tal forma que socave incluso los credos más firmes y añejos de la historia humana y las costumbres más arraigadas de los pueblos y naciones.
Y así comenzó Humanidad a pervertir lo que el hombre había cultivado: sus creencias, sus ritos, sus intercambios económicos, sus esquemas, sus políticas, filosofías de la vida, su manera más básica de formar lo que llamaban sociedad, la familia. Lo que era desde un principio tenía que cambiarse radicalmente. Mientras el hombre siga multiplicándose no tendré descanso jamás.
¿Qué debe ser cambiado primero? Para que se acabe la reproducción y los desequilibrios de poder por las diferencias sexuales hay que obligar al mundo para que acabe con la distinción natural hombre y mujer. Ya no existirá esa denominación, ni hombre ni mujer. Aunque no sé qué cosa rara saldrá de eso. Pero no importa, con tal que logre lo que deseo. Así que de ahora en adelante haré que la gente crea que la existencia es primero que la esencia. La gente será convencida de que el sexo lo decidirá la persona, aunque haya una diferencia biológica. Ni el hombre ni la mujer nacen, sino se hacen.
Les haré creer que en el principio las personas no tenían leyes ni distinciones sexuales. Que los hombres tenían sexo entre ellos, las mujeres entre ellas e incluso, los niños decidían con quién tendrían sexo, pues todos eran libres. Esto será a su tiempo lo normal, aliviándoles de los problemas de la maternidad, de la paternidad, de la educación de los muchachos, del crecimiento demográfico; y la población irá teniendo más comida y recursos.
Humanidad pasaba el tiempo acariciando el sueño de librarse de tanta carga. Y en su determinación se decía a sí misma: “le haré la guerra a todo el que se oponga. Los humillaré hasta que acepten esta nueva cultura o ya no puedan vivir en ella. Acabaré con este orden e implantaré uno nuevo”.
Pasaron los años y aquel siniestro objetivo se convertiría en luz liberadora. El mundo fue seducido por la capacidad discursiva de Humanidad. Las nuevas leyes condenaban, perseguían y apagaban toda oposición al nuevo orden que lucía perfecto para cada lado.
Sin embargo, como era de esperarse, la procreación natural fue disminuyendo hasta que la población infantil cayó a un nivel peligroso. Y Doña Humanidad comenzó a sentirse débil pues con la muerte paulatina de la gente y sin más gestación ella les acompañaría en su destino. La cultura de la no vida le estaba robando la vida misma. Pronto el proceso sería irreversible, la población sería tan vieja que ningún cambio la salvaría. Y, por si fuera poco, un pensamiento la aterró profundamente. En la medida que la población humana iba bajando, los animales se multiplicarían, por tanto, los depredadores, que serán muchos, se encargarán de apresurar el fin. “El mundo será de los animales”, pensó para sus adentros.
Sin duda, este no había sido su cálculo. La muerte de la noción hombre y mujer, la abolición de sus roles, sus diferencias naturales y sus funciones, habían cambiado gracias a su incisivo discurso. Había sido creído y caló tan profundo en el mundo habitado que terminó debilitándolo y volviéndose en su contra propiciando su propia muerte. Así que moría junto con la muerte de los pueblos, sus culturas, sus relaciones y sus familias. Se dio cuenta final y tardíamente que lo natural era ella misma. Ese era el orden que nunca debió abolir.
El mundo les pertenecía ahora a los animales, y así sería por mucho tiempo, pues ellos nunca concebirían el mismo discurso de Humanidad. ¿Hasta cuándo? Hasta que lo natural en el hombre y la mujer retome su camino y renazca a su prístino orden que la mantenía viva y digna. Humanidad no volvería a equivocarse. Aunque dicen que siempre tropieza con la misma piedra. 

COLOFÓN

Amigo mío, este relato es ficticio, pero en él se encuentran algunas propuestas de filósofos que con el paso de los años han propiciado los cambios que están trastornando lo natural. Además, el mundo no terminará así, pues Dios, su Creador, tiene otros planes. Aceptemos que lo natural lo hizo Dios. Su creación es perfecta, ¿para qué cambiarla? No existe una sola razón válida que diga que esos cambios son necesarios. La humanidad no los necesita. Como dijo alguien, el hombre no puede mandarle al burro que vuele, ni le saldrá alas porque lo decrete una ley. El matrimonio homosexual no existe y no es natural. Y aunque esa relación se siga dando porque no hay ley que lo prohíba, no hay razón para hacerla legal. No me toca a mí juzgarles, pero sí puedo dar mi opinión. Respetemos las leyes divinas, que son las leyes naturales.  

“Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán. Le siguió mucha gente, y los curó allí. Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: “¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?”. Él respondió: “¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?” (Mateo 19:1-5. Jer 2001).

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
Min. Educación y Cambio
edupadron@gmail.com

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