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Dios vino a buscarme, ¿qué dice eso de mí?

Aunque Dios proveyó el medio para reconciliarnos consigo, eso no quita, de ninguna manera, nuestra responsabilidad de aceptar el programa divino y de creer en Cristo como la única provisión para quitar el pecado

Con mi acordeón en mano, desde muy pequeño cantaba aquel precioso himno, del cual una estrofa decía:
Al que debo yo servir, vino a servirme,
Al que debo yo buscar, me buscó a mí,
Al debo yo amar, me amó primero,
Y mis culpas por entero las borró.
Sin dudas, esto entraña el gran misterio de nuestra salvación. Mirémoslo juntos brevemente:
Primero, no solo fuimos conocidos por Dios desde antes de la fundación del mundo, sino amados en el Hijo, y destinados a ser santos en Él (Efesios 1:3-5). Pero, nuestra salvación no es solo un plan divino diseñado en la eternidad, sino una obra de Dios manifestada en el tiempo. Acerca de ello Cristo dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado (Juan 6:29). El hecho entraño que Jesús, siendo en forma de Dios, no estimara el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Filipenses 2:5-8).
Segundo, explicar, el significado de aquella cruz, cuya crónica tenemos en los cuatro evangelios, fue el encargo del Espíritu a los apóstoles después de la resurrección y ascensión del Señor. Uno de los más iluminados fue el apóstol Pablo, quien escribió la mayoría de los libros del Nuevo Testamento. Aunque sus trece cartas son hondas en la verdad, dos de ellas destellan un derroche glorioso de revelación sobre el misterio de nuestra salvación. Me refiero a las epístolas de Romanos y Efesios. En Romanos, el protagonismo de nuestra salvación está en Dios. En lugar de cargarnos con hallar la justicia mediante los requerimientos de la legislatura dada a Moisés, Pablo dice: Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él (Romanos 3:21–22). En Efesios, de igual manera, la mirada se dirige al cielo para oír decir: Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8).
En tercer lugar, al llegar a la carta a los Hebreos, encontramos confirmado el hecho que Dios tomó la iniciativa de salvarnos y, además, se explica nuestra responsabilidad de creer y mantener la fe. Pongamos los dos aspectos en el mismo plano:
Al describir el tabernáculo, Hebreos nos deja ver que todo el programa salvífico de la humanidad estaba de antemano en el corazón de Dios. Como dijimos hace unos días en nuestro canal de YouTube, Monte de Sion, en el programa “Amanecer con Dios”, el tabernáculo se comenzó a construir de adentro hacia afuera. Primero, el Lugar Santísimo con el Arca del Pacto y toda su indumentaria santa. Luego, el lugar santo y todos sus muebles y, afuera, la fuente de bronce y el altar del holocausto, donde se ofrecía la víctima por el pecado. Fue ordenado así al erigirlo, porque el Lugar Santísimo representaba la presencia de Dios entre su pueblo y, precisamente, es de Dios que sale el programa de santificarnos a través del derramamiento de la sangre inocente de un cordero.
Ahora, aunque Dios proveyó el medio para reconciliarnos consigo, eso no quita, de ninguna manera, nuestra responsabilidad de aceptar el programa divino y de creer en Cristo como la única provisión para quitar el pecado. Es de eso que trata mucho el libro de Hebreos. Por un lado, reitera que ya no necesitamos aquellos sacrificios. No tenemos que hacerlos, porque estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención (Hebreos 9:11–12). Pero, también Hebreos presenta al hombre en plena libertad de rechazar la gracia y endurecer el corazón (Hebreos 3:7,8,15; 4:7).
Por eso, dicha epístola nos da varias exhortaciones a los salvados, relacionadas con la necesidad de perseverar en la fe y a no descuidar el regalo que Dios nos ha hecho en Cristo. Aquí les dejo algunas de las muchas advertencias solemnes de Hebreos:

  1. Es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos… ¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande (Hebreos 2:1-3).
  2. Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio (Hebreos 3:14).
  3. Temamos, pues, no sea que, permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado (Hebreos 4:1).
  4. Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio (Hebreos 6:4–6).
  5. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió (Hebreos 10:23).

Es cierto, Dios vino a buscarnos en Cristo y nos salvó por su gracia. Y eso dice de nosotros que somos amados del Señor y que, todavía, somos vasos de barro, necesitados de la misericordia divina y del exhortarnos mutuamente mientras se dice Hoy.
Mis amados, les animo a ser de aquellos que ponen su mano en el arado y no miran atrás, y vienen a ser aptos para el reino de Dios. Les insto a que no recibáis en vano la gracia del Señor. Les invito a ser de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. Y les aseguro, que, aun un poquito, y el que ha de venir vendrá y no tardará.
¡Adelante! ¡Como somos la esposa del Cordero, digamos con el Espíritu, ven, Señor Jesús!
En Él, vuestro servidor.

Eliseo Rodríguez
Pastor, escritor y director fundador de Christian Zion University

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