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Dios no es homófobo, pero…

Cada día que pasa se acalora el debate. La insistencia del lobby gay mundial es por su supervivencia. Dios es tajante y no «evoluciona» en su parecer ni en su Palabra que es eterna: toda unión que no sea entre un hombre y una mujer legalmente es condenada por el Señor; fue Él quien nos creó y determinó los lineamientos dentro de los cuales debemos vivir, que no se equivoque quien piensa que el libre albedrío que Dios nos dio a los humanos -sus criaturas- está por encima de sus mandamientos.

Pero el hecho de que Dios condene cualquier unión o práctica sexual desordenada -donde la homosexualidad es su mayor exponente-, no significa que Él sea homófobo. A saber, la homofobia es la «aversión obsesiva hacia las personas homosexuales» (DRAE). El Señor ni es obsesivo hacia sus criaturas ni les tiene aversión; si alguna aversión hemos de señalarle es a los actos de desobediencia -pecado- que cometemos los humanos, donde la homosexualidad es uno de ellos. Dios ama al pecador pero repudia su pecado.
Además, el Altísimo no sufre de miedos y menos de fobias, que son su mayor expresión. «Dios es amor» (1ª Juan 4:16) y también es veraz, por eso no padece de miedo ni mucho menos de fobia, pues «el verdadero amor echa fuera el temor» (1ª Juan 4:18). Él nos ama tanto, a pesar de nuestros pecados, que envió a su Hijo Jesucristo a morir en nuestro lugar para que al aceptarle y apartarnos de nuestras prácticas pecaminosas pudiéramos ser salvos de la eterna condenación (Juan 3:16). «Dios muestra su amor por nosotros en que, cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).
El tema de la conducta y la moral humana es un tema eminentemente espiritual y ninguna institución puede normar o legislar ese asunto, sino solo Dios, quien nos creó y nos puso límites en ambas áreas, no porque Él sea malo, sino porque nos ama tanto que nos está protegiendo de las graves consecuencias que acarrea el pecado en el hombre; consecuencias que trascienden este mundo y pasan a la eternidad, pues quien muere en desobediencia a Dios (en pecado), irá a eterna condenación.
La comunidad LGTB (lesbianas, gais, transgénero y bisexuales), alega tener derecho a unirse legalmente y así adoptar niños, olvidando que de los preceptos bíblicos salieron las leyes fundamentales que sustentan la vida institucional en las naciones del mundo, el hecho de que hoy hayan organismos judiciales y gobiernos que estén permitiéndoles «unirse legalmente», esas reformas legales no son supra-bíblicas, pues la Palabra de Dios es la máxima autoridad, crean o no los hombres en ella y en Dios que la estableció.
Jamás debemos olvidar que «donde terminan mis derechos comienzan los del otro». Por lo tanto, ¿qué derechos tienen los LGTB de alterar y dañar la institución familiar tal y como Dios la estableció desde el inicio? ¿Qué derechos tienen de adoptar niños cuando a los infantes nadie les consultó si desean vivir con dos hombres o dos mujeres como padres, ni su inocencia les permite percatarse de tal desastre existencial? ¿Qué derechos tienen de propagar abiertamente su desviación moral y sexual hoy cuando desde hace siglos lo han hecho solapadamente? ¿Qué derechos tienen de exigir baños exclusivos en medio de una comunidad normal conformada por varones y hembras?
Y así pretenden hablarnos de derechos humanos, cuando ellos son los primeros que no los respetan. Ningún ser humano tiene derecho, en nombre de los «derechos humanos» y de una igualdad inexistente, alterar la normalidad. Las personas que viven en rebelión por causa de su desordenada manera de relacionarse sexualmente no puede exigirle a quienes viven como Dios manda que acepten las condiciones «anti-natura» en la que ellos están extraviados.
«¡Ay, gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Todo aquel que quiera ser amigo del mundo, se declara enemigo de Dios» (Santiago 4:4). «Las intenciones de la carne llevan a la enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; además, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:7-8). En el capítulo 1 de la carta a los Romanos hay mucha más información al respecto.
Reiteramos, Dios no es homófobo, su amor lo llevó a salvarnos a través de Cristo, pero condena el pecado. Quien diga lo contrario jamás ha leído su Palabra y mucho menos acepta los preceptos divinos. Las consecuencias de ello serán eternas. ¿Por qué ir al infierno por satisfacer los deseos carnales y las pasiones desordenadas si Cristo les ofrece libertarles de ese yugo carnal y darles vida eterna? Él le ha dado libertad para que usted escoja…

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