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Desacato a la autoridad acarrea juicio

Antes que Dios creara el cosmos, ya en la eternidad había hecho seres espirituales a quienes delegó autoridad; lo propio hizo al crear nuestro planeta y al hombre para que «se enseñoreara, sojuzgara y administrara productivamente» la tierra, de nuestro desempeño en esa función daremos cuentas -en mayor o menor grado- a la autoridad originaria: Dios.                                                                                                                               Dios es la máxima autoridad, su poder y gloria están inherentes a su autoridad, pero Él la delega sobre los hombres, a quien escoge para que desempeñen una pequeña parte de Su autoridad, ya sea en la Iglesia o en las demás instituciones establecidas para ejercerla. A los escogidos para ser autoridades delegadas Dios los coloca como cabezas, por eso donde no hay cabeza la autoridad está distorsionada y habrá caos.
El apóstol Pablo nos ofrece un excelente tratado acerca de la autoridad en los primeros versículos de su carta a la Iglesia en Roma, capítulo 13, donde expresa: «Todos debemos someternos a las autoridades [“autoridad de gobierno”, traducen otras versiones], pues no hay autoridad que no venga de Dios. Las autoridades que hay han sido establecidas por Dios» (vs. 1); y si entendemos que la autoridad ‘es el derecho y poder de mandar y de hacerse obedecer’, debemos saber entonces que las autoridades o gobernantes deben hacer lo propio pensando en que sus ejecutorias serán juzgadas por Aquel que se las delegó a ellos, es decir, Dios. Inclusive, así hayan sido electos están ahí porque el Señor lo permitió.
Por otro lado, «someterse» es ‘ponerse bajo el dominio o autoridad de otro’, si es cierto que todos debemos someternos a las autoridades que tengamos sobre nosotros, las autoridades a su vez no deben olvidar lo que la Biblia afirma: «por sobre el alto está uno más alto», y «a quien mucho se le delega, mucho se le demandará».
Cuando Jesucristo fue llevado ante Pilatos para ser juzgado horas previas a su crucifixión, surgió este diálogo muy ilustrativo al respecto:
«Pilato le dijo:
—¿Es que no me vas a contestar? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, lo mismo que para ponerte en libertad?
Entonces Jesús le contestó:
No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si Dios no te lo hubiera permitido; por eso, el que me entregó a ti es más culpable de pecado que tú» (Juan 19:10-11. DHH).
Prosigue Romanos 13:2, señalando que «por lo tanto, aquel que se opone a la autoridad, en realidad se opone a lo establecido por Dios, y los que se oponen acarrean condenación [o “castigo”] sobre ellos mismos». Esto significa que quienes desacatan a la autoridad acarrean juicio condenatorio, con el consabido castigo, pero a ello no escapan tampoco aquellos que estando en autoridad se oponen a otras autoridades; tanto unos como otros serán castigados por la justicia, y si la justicia terrenal falla, de la divina jamás escaparemos.
Entonces, toda autoridad debe también someterse a otras autoridades, de lo contrario están descalificadas para ejercer la suya. Sin sujeción a la autoridad no tendrán autoridad, por lo menos no por mucho tiempo. Para mantener la autoridad debemos someternos a Dios como la máxima autoridad, eso nos ayudará a no mirar al hombre sino a la autoridad de Dios en ese hombre, no importando quién sea esta persona. Este es un principio divino de obligatorio cumplimiento, pero es lo que menos observamos entre nuestros gobernantes y los ciudadanos; luego nos preguntamos ¿por qué las naciones y el mundo están como están?
«…los gobernantes no están para infundir temor a los que hacen lo bueno, sino a los que hacen lo malo. ¿Quieres vivir sin miedo a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás su aprobación, pues la autoridad está al servicio de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, entonces sí debes temer, porque no lleva la espada en vano, sino que está al servicio de Dios para darle su merecido al que hace lo malo. Por lo tanto, es necesario que nos sujetemos a la autoridad, no sólo por causa del castigo, sino también por motivos de conciencia» (Romanos 13:3-5).
¿Leímos bien? Quien está en autoridad «está al servicio de Dios», no de intereses particulares, ni a merced de los inconstantes votantes a quienes hay que complacer para que vuelvan a elegirlos. Cuando esto no se acata, entonces el Dios a quien sirven en sus cargos de autoridad -aun cuando no crean en Él- los juzgará severamente. Muchos menos debe una autoridad proteger a quien hace lo malo, sino «darle su merecido». De no actuar de manera recta la autoridad genera un caos y ella misma se coloca en la silla del acusado ante Dios que los puso en su cargo de autoridad.
Quien tiene conciencia debería sujetarse a la autoridad de manera voluntaria, sea esta justa o injusta, pulcra o corrupta, pues haciéndolo estamos honrando a Dios quien nos premiará y a su vez juzgará a esa autoridad infiel. «Sométanse por causa del Señor a toda autoridad humana, ya sea al rey como suprema autoridad, o a los gobernadores que él envía…» (1ª Pedro 2:13-14b. NVI).

director@verdadyvida.org
@GeorgesDoumat

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