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Cuando Venezuela recibió a los judíos

Actualmente observamos con estupor la manera en la que se trata a los venezolanos que por motivos de la crisis imperante se han visto obligados a partir de la nación, recibiendo tratos despectivos y ofensivos en muchos de los países donde han llegado, hasta se les llama «venecos» de manera humillante. Es necesario recordarles a las naciones del mundo, mayormente a las de Latinoamérica, la manera tan generosa que Venezuela siempre recibió a los inmigrantes que vinieron a esta tierra de gracia.
Uno de los casos más emblemáticos y con un alto costo político y militar para Venezuela se dio en 1938, durante el gobierno del general Eleazar López Contreras (1935 y 1941); cuando dos barcos de bandera alemana, el Caribia y el Koenigstein, partieron del puerto de Hamburgo con intenciones de atracar en Trinidad y Barbados, con 251 judíos entre ambos barcos, todos llenos de esperanza de encontrar refugio en estas tierras, pero ninguno de estos barcos pudo atracar en sus destinos porque, antes de hacerlo, sus permisos fueron revocados, pues ningún país quería problemas con el poderoso Hitler.
Otras naciones simplemente eran cómplices y les importaba poco que los pasajeros a bordo fueran devueltos para encerrarlos en campos de exterminio o simplemente fueran arrojados al mar, como era la bárbara intención de Hitler. Por lo que algunos intentos de atracar en varios países fueron irremediablemente negados. Fueron rechazados en la Guayana Inglesa, Trinidad y Tobago, Barbados, República Dominicana, Brasil y Curazao. Nadie quería a los judíos.
Pero Venezuela fue diferente, ya desde 1831, recién nacida la República, el presidente José Antonio Páez promueve el primer decreto de inmigración que facilitó la entrada de emigrantes europeos. Entonces a inicios de 1939, el Caribia arriba a costas venezolanas por La Guaira, puerto que le sirve a la ciudad de Caracas, y como la autorización de atraque y desembarco no había llegado se dirige a Puerto Cabello, estado Carabobo, y luego a la cercana isla de Aruba. Los pobladores que esperaban, enterados de las noticias, sorprendidos, vieron partir al buque.
Pero navegando hacia Aruba, el capitán recibe la autorización del gobierno venezolano y regresan a costas nacionales. Fueron muchas las gestiones por salvar a esos viajeros. La comunidad judía en primer lugar, también otras personalidades y organizaciones. Pero una en especial tuvo un efecto definitivo: los ruegos de la primera dama de Venezuela, María Teresa Núñez Tovar de López Contreras, quien asombrada por la insensibilidad de tantas naciones que negaron sus territorios a tantas familias en desgracia convenció al su esposo, el presidente de Venezuela, para que recibiera a los hijos de Abraham.
Fue la madrugada del 3 de febrero de 1939 que aquella gente, que venía escapando del odio y la repulsión, presencia un hecho conmovedor: Puerto Cabello salió de sus casas hacia el puerto y, con los faros de sus automóviles encendidos, guiaron al barco que pudo atracar. Aquellos seres, cansados, desesperanzados y tristes por tanto desprecio, se vieron recibidos por una muchedumbre en medio de aplausos y frutas. Las luces de camiones de pobladores y de las casas alumbraron su paso. Todos los atribulados judíos fueron recibidos en las casas de los pobladores venezolanos.
Veinticuatro días después, el 27 de febrero de 1939, más de 150 judíos a bordo del Koenigstein llegaron a La Guaira, tras ser aceptados, y se establecen en la Hacienda Mampote, donde fueron recibidos con todos los honores. A los pocos días la primera dama envía un cargamento de víveres, alimentos y enseres. Ambos buques fueron recibidos, sus pasajeros acogidos con el cariño, la espontaneidad y la natural solidaridad que en Venezuela siempre ha sido característico. A todos se les otorgó la ciudadanía venezolana y la estadía indefinida. Todo esto, sin importar la amenaza de la mayor potencia militar del momento: la Alemania de Hitler.
Pronto salió en la prensa la lista de nombres de los judíos llegados al país con sus correspondientes profesiones y oficios. Rápidamente encontraron trabajos dignos y comenzaron a prosperar. Había médicos, abogados, industriales, comerciantes, joyeros, relojeros, agricultores, a todos los necesitábamos en el país. Sabemos que un día no muy lejano Dios hará justicia en Venezuela, ya que un día esta nación hizo lo propio con los hijos de Abraham, el pueblo eterno de Dios: Israel.
Por lo que ahora ver y oír la xenofobia con la que son tratados los venezolanos de la diáspora nos produce tristeza y hasta enojo, ya que los hijos de la Venezuela generosa y llena de gracia jamás le negaron la entrada a ningún extranjero, más bien eran recibidos con los brazos abiertos y se le ofrecían todas las posibilidades de empleo y desarrollo personal y familiar. Yo soy hijo de inmigrantes, y mis padres echaron raíces en esta hermosa patria, legaron cuatro hijos, todos somos ministros del Señor, con 10 nietos y 4 biznietos, hasta ahora.
(Algunos datos fueron tomados del artículo: «López Contreras y los buques de la libertad», de Ramón Escovar León. prodavinci.com).

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