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Conocer según la carne, Eduardo Padrón

 Aprendamos a vernos a través de Cristo y no “según la carne”. Quien haya cambiado, cambia su forma de ver al hermano y ―¿por qué no?― a su prójimo

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Me cuesta un poco recordar a alguien que se haya detenido a meditar, escribir o enseñar sobre las palabras de 2ª Corintios 5:16. Casi llego a la conclusión de que definitivamente no lo he escuchado en el tiempo que tengo como cristiano y, por favor, no piense que al hacerlo yo, estoy descubriendo o reseñando algo novedoso. Al escribir sobre lo que dice la Biblia solo extraigo una enseñanza de la inspiración de otro. Nada original. Así que el primer sorprendido al leer esto soy yo mismo y, sobre todo, porque ya hace tiempo debí reparar en ello. Enseña 2ª Corintos 5:16 lo siguiente: “De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”.
Es interesante saber que cuando Pablo escribe estas palabras lo hace dentro de un contexto de vidas cambiadas por Jesucristo. Y cuando cambia una vida, también debe cambiar su percepción socio-espiritual. Y lo describo de esta manera porque los mismos fenómenos sociales que vemos a nuestro alrededor, también acontecen entre nosotros, pero sobre una base espiritual. Alguien dijo una vez que los problemas con los que brega el hombre en sociedad, deberían haberse resuelto dentro de la iglesia. Por tanto, el meollo de este asunto sería considerar la forma como recíprocamente debemos vernos los creyentes en lo que debería ser para nosotros un reordenamiento de lo socio-espiritual dentro de la iglesia. Así que apelando a lo dicho por Pablo, comienzo con esta pregunta, ¿cómo nos conocemos: en la carne o en Cristo?
Conocer a alguien según la carne es verlo de acuerdo a categorías humanas y determinar de esa forma el trato. Hay quienes lo condicionan dependiendo de si la persona es pobre, rica, importante; si es de alguna nacionalidad e incluso formándose juicios de valor. Igual sucedía con Pablo. Él vio al Señor antes de su conversión de una forma tan humana que solo lo percibía como el rey que vendría a liberar a Israel. La misma visión se la aplicó a los hombres al tratarlos de acuerdo a las especificaciones del mundo: si eran libres, esclavos, ricos, pobres, cristianos, judíos o gentiles. Es la forma mundana de ver a las personas y otorgarles un estatus.
¿Cuál es la enseñanza que emerge y se mantiene más allá del tiempo y las culturas? Es esta: Si estamos en Cristo ya no debemos vernos a través de los lentes de esas categorías humanas usualmente injustas. Sabemos que las categorías humanas seguirán existiendo; sin embargo, el gran reto es tratarnos no según la carne o el mundo, sino a través de Cristo. ¿Cómo debe cambiarnos esto?
Todos seguramente conocemos de nuestras sempiternas diferencias denominacionales que han determinado nuestro trato. Si pienso en los grupos que ya se habían formado en la iglesia de Corinto y el término que usó Pablo para sustantivarlos ―vea al respecto 1ª Corintios 3― concluyo que toda denominación es carnal en su esencia, aunque ya nos hallamos acostumbrado a ellas. Pero existe hoy ―y este es mi énfasis― en ciertos sectores de la iglesia una tendencia muy marcada hacia el elitismo que repotencia el elemento carnal. Hoy tenemos apóstoles, súper apóstoles, profetas y ministros que creen tener la palabra creadora al declarar y decretar lo que no les es dado hacer. Otros quieren que los llamen “padres” sin hacer caso a la instrucción de Cristo (Mateo 23:9). A los tales se les dan prestancia, lugares prominentes y hasta ministerios con un acento que jamás comulga con la idea de siervo que enseña la Escritura.
También es característica de hoy la práctica de una interpretación atada a posturas deconstructivistas; no se usa la interpretación ortodoxa ni hay interés por conocer el significado que inicialmente le dio el autor original; más bien es una interpretación “líquida” ―para usar el concepto de Bauman― pues se acomoda al sentir del momento. Palabras declaradas que lucen más como magia que como Palabra de Dios. Me sigo preguntando, ¿es eso el evangelio? Ojalá se levante una verdadera ola de ortodoxia en todos los aspectos y aún más, en la sana interpretación bíblica.
Una de las consecuencias de haber nacido de nuevo es que debemos mirarnos a través de Cristo y hacer que esta verdad y nueva condición determine nuestras interacciones. Entre nosotros no deben tener peso los esquemas jerárquico-posicionales que hoy se han acogido dentro de la iglesia. ¡Y claro que debe haber respeto! Pero nunca llevarlo al deforme grado que pone el cargo sobre la función. Vernos a través de Cristo es ver a Cristo en cada uno.
Creo que fue Armando José Sequera quien en uno de sus libros describe el problema de desarmonía entre los monjes en un monasterio. El superior no hallaba cómo acabar con aquellas riñas. Pero un buen día se le ocurrió la idea de decirles a sus querellosos monjes que había tenido una visión en la que se le revelaba que uno de los monjes era Cristo y, como no se sabía quién era, todos mejoraron su trato.
Da pena ver lo que ha venido sucediendo con la iglesia evangélica. ¿No le parece que es hora de que vayamos poniéndole un punto final a esto? Ninguna denominación hace más santo ni más espiritual a nadie. Tampoco hay nuevas revelaciones ni desarrollo de doctrinas; lo que Dios nos ha revelado es todo lo que tenemos. No hay que inventar nada que nos lleve a nuevos niveles o te meta en lo sobrenatural; ya eres espiritual porque estás en Cristo. Pero aprendamos a vivir en Él y a madurar. La verdadera espiritualidad es obediencia. En ella evaluamos nuestro andar cristiano.
Aprendamos a vernos a través de Cristo y no “según la carne”. Quien haya cambiado, cambia su forma de ver al hermano y ― ¿por qué no?― a su prójimo. Ni el mundo ni la iglesia mejorará con nuestra religiosidad, sino con nuestra conversión.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com

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