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Cómo tratar conflictos

(Stuart Briscoe  – Articulista).-

Pablo escribe a “la iglesia de Dios en Corinto”. Dios puso la iglesia allí porque Corinto la necesitaba. Están “en” Cristo y “en Corinto”. Es decir, apartados para vivir para Dios, y a la vez puestos en un lugar geográfico, llamados allí a objeto de demostrar lo que significa vivir separados para Dios.
Esto se ilustra con el matrimonio. Antes de casarse, uno está solo, viviendo a su manera. Pero al momento de casarse todo cambia. Ya no vivo para mí. Ahora vivo para otro… me he separado de todas las demás personas (incluso mujeres) para entregarme a mi cónyuge. De forma parecida, al “casarnos” con Cristo tenemos que aprender a vivir para agradar a Dios y cumplir con los propósitos propios de esa nueva relación.

Diferencias entre cristianos
Sin embargo, en Corinto hay un problema. La iglesia debe ser de bendición a la ciudad, pero no puede, porque consume toda su energía peleando entre sí (ver 1ª Corintios 11:19: “Porque es preciso que…” comprendan que siempre habrá DIFERENCIAS, pero estas no deben causar divisiones) 1ª Corintios 12:4-6.
Hay diferentes dones, pero un solo Espíritu.
Hay diferentes maneras de hacer las cosas, pero un  mismo Señor. No nos deben confundir las diferencias, ya que las verdades de Dios son tan inmensas que nadie las entiende por completo.
Es como el relato de los cinco ciegos que fueron a “ver” un elefante. Uno le tocó la trompa: “¡El elefante es como una manguera!”, dijo.  El otro le tocó la barriga: “¡El elefante es como una pared!”, declaró. El otro le tocó una pata y expresó: “¡El elefante es como el tronco de un árbol!”. El otro le tocó el rabo: “¡El elefante es como una soga!”, dijo. El último le tocó un cuerno: “¡El elefante es como el pico de una pala!”. Todos tenían la razón, pero sólo tenían una parte de la verdad. Así somos nosotros con la verdad de Dios. Tenemos que respetar el hecho de que hay diferentes visiones que cada uno tiene, pero saber que la verdad divina es mucho más grande que la opinión de una sola persona.
Debemos, además, recordar que Dios da diferentes dones. Ahora, todos los dones son necesarios, pero cada uno es diferente. No es para que sirvan como causa para pelear; más bien deben motivar al aprecio. Nunca debemos permitir que el tema de los dones se convierta en un punto conflictivo.
En Corinto tenían un problema muy particular, veamos:
A algunos les gustaba Pablo, el gran intelectual, el teólogo.
A otros les agradaba Apolos, el predicador carismático lleno de entusiasmo, el que siempre tenía lindas ilustraciones, a pesar de que su teología era débil. Pero a la gente no le importaba.
Otros querían a Pedro, el tradicionalista; el que no le gustaba lo nuevo, siempre seguía las costumbres viejas. Todo tenía que ser como se hacía antes.
Estas diferencias llegaron al punto en que se convirtieron en tremendas divisiones; un hermano no hablaba con los otros, peleaban por defender sus preferencias, discutían. Es decir, se cortaba la comunión. La gente inconversa de la ciudad se miraba entre sí y decían: “Entre nosotros tenemos suficientes problemas, ¿para qué buscarnos más haciéndonos cristianos?”.
En 1ª Corintios 1:10 Pablo apela a los cristianos para que “hablen una sola cosa”, es decir, que emitieran una sola voz, que fueran de una opinión. En otras palabras, que busquen en amor ponerse de acuerdo (naturalmente, en armonía con lo que dice la Palabra de Dios). Nótese que a todos les llama “hermanos”.

Soluciones para el conflicto
Debemos concentrarnos en lo que concordamos, nunca en los desacuerdos. Como nos instruye Pablo en Efesios 4:25-32: “Lucha fuertemente para preservar la unidad en el Espíritu”. No es que se cree una nueva verdad. Ya tenemos la verdad; estamos de acuerdo en todo lo enseñado por Jesucristo. En cada creyente está esa verdad. El asunto es destacar esa verdad que ya poseen, no enfocarse en las diferencias.
La actitud correcta (como expresa el primer capítulo de 1ª Corintios), dice que tenemos que ser mansos, pacientes, amorosos y humildes. Pablo observa: “Les ruego…” No les grita ni los regaña, no pelea con ellos. Somos “hermanos”, pertenecemos a Cristo, tenemos la misma fe, Cristo mora en nosotros, es lo que enfatiza el apóstol. Respetándonos mutuamente debemos buscar las soluciones a lo que nos divide, buscando la clara enseñanza de la Biblia, dejando que lo secundario no destruya la armonía.

¿Cuál era la causa de la mala actitud?
Dice Pablo en 3:1: “No me puedo dirigir a ustedes como espirituales, sino como a carnales”. Y sigue diciendo (v. 3): “sois carnales cuando exhiben celos, contiendas. Quiero hablarles como a espirituales, pero no puedo, porque tienen un problema espiritual. Si fueran espirituales, estarían buscando las cosas de Dios, en lugar de sus intereses personales”. Si estuvieran viviendo llenos del Espíritu, buscarían paz, armonía. Es porque la carne pelea contra el Espíritu, y el mundo contra Cristo, y Satanás contra Dios (todo evidencia de la carne) que están enfrentando estos problemas.

La solución
La solución se encuentra en “La Palabra de la Cruz” (1:18). El mensaje de la cruz no sólo es para inconversos, es también para todos los creyentes. Tenemos que recordar a qué hemos muerto (al haber muerto con Cristo) y resucitar a nueva vida -a una de amor, paz y comunión. Es al aprender a morir a nosotros mismos que comenzamos a andar en amor. Tengo que reconocer que en Cristo morí a mis deseos personales. Un cadáver no puede responder, no puede pelear. Si reacciono, es porque “el hombre viejo” todavía está muy vivo.
Por tanto, aprendamos a apreciar las diferencias, entendamos que muchas de las cosas que nos dividen hoy nos las ha dado Dios, al brindarnos sus dones. Los dones no nos los da para engrandecernos, ni para que tengamos mejores puestos que otros. Nos da los dones para que podamos ministrar mejor a la iglesia de Jesucristo en su nombre. No son para promover la envidia, mucho menos para pelear, son para que podamos regocijarnos el uno en el otro al ver lo que Dios le ha dado a cada uno. Cuando uno entra en conflicto es evidencia inmediata de que la carne se está exhibiendo, y eso no es del Espíritu. Al contrario, es evidencia de que el Espíritu ya no está presente.
Por tanto, para la salud de la Iglesia, para el buen nombre de Cristo y para el bien del mundo inconverso que nos observa, muramos a nuestros propios deseos. Dejemos de envidiar a otros. Dejemos de pelear entre nosotros. Busquemos la paz y la armonía y el gozo que se encuentra cuando andamos verdaderamente en el Espíritu.

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