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Cómo sobrellevar las penas

El terremoto que sacudió a Ecuador el pasado sábado, 16 de abril, cobró la vida de más de 650 personas; 4.000 están gravemente heridas, y cientos de miles se hallan esperando ayuda humanitaria. No puedo dejar de pensar en el profundo dolor de las familias ecuatorianas que han perdido a sus seres queridos. La vida es incierta; y la Biblia no miente cuando dice: «nadie sabe lo que será mañana» (Santiago 4:14). Esta catástrofe natural debería hacernos reflexionar en que las cosas que nos molestan en la vida cotidiana son nimiedades ante el indescriptible sufrimiento de perder a un ser amado de forma inesperada. ¿Has meditado en cuánto tiempo pierdes al día en quejas, pleitos, chismes, críticas y acumulando ira y rencor en el corazón? ¿Vale la pena? Por supuesto que no. Cada minuto de existencia es un regalo. Vivimos gracias al soplo de Dios. No malgastes el hálito de vida ocupándote de cosas que carecen de importancia.
Por naturaleza somos egocéntricos. Siempre estamos enfocados en nuestros asuntos. Poco nos importa la situación de los demás. Sin embargo, cuando enfrentamos una crisis o vemos a otros experimentar una profunda pena, el egocentrismo pierde sentido y solo importa una cosa: el amor. Cristo vino a este mundo a enseñarnos lecciones de amor. A mostrarnos que dando es como se recibe y amando es como alcanzamos la salvación. Jesús declaró: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13:34).
Todos experimentamos dolor en el transcurso de la vida, pero las personas que ayudan a otras superan más rápidamente su dolor. Esto sucede porque no se concentran en sí mismas, sino en cómo pueden hacer para aminorar el sufrimiento de los demás. La Biblia declara: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2).
Cuando enfrentamos situaciones difíciles tendemos a mirar hacia adentro, sin embargo, el Señor nos pide que miremos hacia afuera. Siempre habrá alguien que necesite de ti y tú siempre necesitarás de alguien. Dirígete hacia quienes precisan ánimo y ayuda. Una carga compartida es una carga reducida, y el Señor te animará a medida que animas a otros.
Cuando tenemos a Cristo en el corazón, vemos de modo distinto a los demás, no por lo que pueden hacer por nosotros, sino por lo que podemos hacer por ellos. Aprendemos que «los que viven, ya no viven para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2ª Corintios 5:15).

 

Liliana Daymar González
Periodista
lili_vidaenlapalabra@hotmail.com

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