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Bachaquera advierte: “Que no les suceda lo mismo a ustedes”

[quote]“Pido perdón a todos aquellos de quienes me aproveché por sus necesidades y que desesperados vinieron a mí para recibir una respuesta sin misericordia”[/quote]

(Verdad y Vida – Redacción).-

En estos momentos de tanta crisis, desesperación y sufrimiento para el pueblo venezolano, las personas han optado por revender, con un costo excesivo, los productos de primera necesidad que se puedan conseguir, y de esa forma ganar dinero. Claro está que el revender la mercancía con precio excesivo ya lo hace injusto e ilegal, porque no se puede vender algo sino al precio que marca de venta al público.
Tal es el caso del oficio improvisado que llaman “bachaqueo”, donde hombres y mujeres se dedican a hacer colas interminables para adquirir a “precio justo” una mercancía que luego venden con un incremento de hasta 100 veces (y hasta más) su costo original.
Una mujer dedicada a este oficio, compartió por las redes sociales su testimonio que a continuación usted podrá leer, que sea Dios abriendo el entendimiento de todos aquellos que se dedican a “bachaquear” y puedan conocer al Dios que provee para sus hijos.
“Fui una mujer muy egoísta, mezquina y muy viva. En ocasiones me aproveché de la necesidad de otras personas. Varias veces cambié un kilo de leche por: un arroz, una harina y un litro de aceite.
La verdad no me importaba, pedía tres artículos a cambio de una leche que yo compraba a precio regulado. Siempre había una persona necesitada que me cambiara la leche por lo que pedía. Igual hacía con los pañales, a mí me costaban Bs. 70, pero yo los vendía hasta en Bs. 8.000; también con la fórmula para bebés. Confieso que fui muy sagaz y gané mucho dinero de esa forma, hasta revendí insumos médicos… me aproveché del dolor ajeno.
Pero un día me llamaron del colegio de mi hijo para decirme que el niño se había desmayado y que había convulsionado. Cuando lo lleve a la emergencia del hospital, la enfermera que me atendió me pareció conocida, pero con lo desesperada que estaba no quise ni recordar quién era.
Ella fue muy descortés y en realidad yo sentía que allí no me iban a ayudar. Entre mi hermano y yo llevamos al niño en brazos a una clínica privada donde me pidieron de todo para poder ingresarlo. Lo atendieron y le realizaron varias evaluaciones. Cuando le hacen unas placas en la cabeza, los médicos me dijeron que mi hijo tenía un tumor en el lóbulo izquierdo del cerebro. Allí me dijeron que había que hacerle una cirugía y me remitieron al mismo hospital que había visitado en un principio, por referencia del neurólogo de la clínica.
En cuatro días habíamos gastado todo el dinero que tenía. En el hospital nos pidieron todos los insumos y medicamentos para operar a mi hijo Diego, hasta las válvulas cerebrales, las sondas, todo lo que necesitaba, e inclusive algunas de estas cosas las tuvimos que comprar a precios excesivos (bachaqueadas). Yo me quejaba y le pedía a Dios que las personas fueran sensatas y se comportaran como humanos.
Un día me llamó una muchacha para decirme que me iba a donar una válvula que le había quedado de la operación de su hija. Nos citamos en la Plaza Altamira de Caracas, para que me la entregara y cuando nos encontramos, me dijo: ‘Ah, ¿es para tu hijo?, ¿usted se acuerda del día en que me vendió dos soluciones fisiológicas en Bs. 18.000? Yo las pague por la necesidad de operar a mi hija, pues fíjate que lo siento mucho. No puedo donarle algo cuando usted no tuvo misericordia de mí en aquel momento tan difícil. Si quiere la válvula debe pagarme lo que yo pague por ella, Bs. 28.000’.
En ese momento sentí que el mundo se me desplomó encima, no tenía palabras ni argumentos y mucho menos autoridad moral para enfrentar aquel momento; en este punto ya no tenía nada de dinero para pagar lo que aquella mujer me pedía. Le pedía a Dios que me ayudara, miraba a la gente en la calle hacer cambios de artículos por otros artículos o por dinero allí mismo frente a mí. Y esto me llevó a reflexionar: ¡Eso era lo que yo hacía!
Esa tarde me llamó mi mamá, ella estaba cuidando a mi hijo, me dijo que necesitaba que fuese al hospital cuanto antes. Finalmente llegué después de un viaje que me pareció eterno hasta el lugar. Me dijo que por fin había un cupo en el quirófano para operar al niño, pero yo no tenía la válvula para la operación. Le conté a mi mamá lo que había sucedido y de pronto escuché una voz del otro lado del pasillo que me decía: ‘¿Qué se siente cuando se aprovechan de nuestras necesidades? Así como cuando usted se aprovechó de mi desesperación de madre por una fórmula’. Cuando me fijé en quien me hablaba, vi que era aquella enfermera que me había resultado conocida la primera vez que fui a la emergencia, sentí vergüenza.
Finalmente, por no tener la válvula no pudieron operar a mi Diego, y mi niño falleció por la presión en su cabeza. ¡No saben cómo me siento y cómo me arrepiento de lo que hice! Esto me llevó a tomar la decisión de compartir mi historia con para que tomemos conciencia, y no clamemos justicia y misericordia cuando nosotros no somos justos ni misericordiosos con los demás.
No hagas a otros  lo que no te gusta que te hagan a ti, no hagan lo que yo he hecho porque lo he pagado muy caro con la vida de mi inocente hijo. Pido perdón a todos aquellos de quienes me aproveché por sus necesidades y que desesperados vinieron a mí para recibir una respuesta sin misericordia. A aquellos que creen que son vivos y sagaces, les digo que tomen conciencia y no sufran lo que yo sufrí”. [Fin de su testimonio].
La Biblia dice: “No se engañen. Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará” (Gálatas 6:7. RVC). Así como esta mujer tuvo que vivir momentos de profundo dolor y desesperación, hay miles de venezolanos que cada día sufren por tener que comprar a precios exorbitantes los productos de primera necesidad, es allí, en esos momentos, cuando más se debe actuar en amor, brindar ayuda al necesitado, dar sin esperar recibir nada a cambio y transmitir el amor de Dios a las personas. Es momento de amar al prójimo como a nosotros mismos y no lucrarse con la desgracia de un hermano venezolano. El corazón de muchos se ha endurecido por causa del hambre y la miseria, pero este es el momento de enmendar, de arrepentirnos y permitir que sea Jesucristo quien sane y limpie nuestro corazón.◄

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