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Babilonia, Persia y Occidente

(Wenceslao Calvo – Pastor y conferencista).-

El director de cine americano David W. Griffith recreó en su cinta Intolerancia el momento en el que se produjo la caída del imperio babilónico y el ascenso del imperio persa. La película, estrenada en 1916, supuso un acontecimiento en el entonces incipiente mundo del celuloide, habiendo quedado como uno de los grandes monumentos de ese arte. El filme, de lleno en la etapa del cine mudo, hizo época por la grandiosidad de sus cifras, en cuanto a número de extras, espectacularidad de decorados e inversión económica, por no decir nada de la ambiciosa puesta en escena de un instante cumbre en la historia del mundo antiguo.
Ese suceso, que marcó un antes y un después, supuso un cambio drástico en la hegemonía sobre los destinos de los pueblos sometidos. Uno de esos pueblos era el judío, que saludó con alegría el vuelco producido, al inaugurarse una nueva etapa bajo el dominio persa.
Testigo directo del día que supuso el hundimiento de un imperio y la elevación de otro fue Daniel, en cuyo libro se recoge el relato de cómo en una noche se desencadenó todo. Él, Daniel, había vivido durante más de setenta años bajo los babilonios, alcanzando puestos de relevancia en el Estado gracias a su excelencia personal y extraordinarias facultades. Babilonia representaba todo lo que un judío odiaba, al ser la patria de la magia, que busca producir resultados sobrenaturales por medio de instrumentos ocultos, de la adivinación, que procura averiguar el futuro para tomar las acciones más convenientes, de la astrología, que enseña el poder de las estrellas sobre nuestro destino, y del politeísmo religioso, que atribuye a una variedad de divinidades el origen y mantenimiento del mundo.
Probablemente Daniel, como muchos otros judíos, dio un respiro de alivio cuando el poder babilónico cayó estrepitosamente para no levantarse más. Ahora eran los persas los nuevos amos. Y entre Babilonia y Persia había todo un mundo de diferencia. Los persas eran monoteístas, creyendo en Ahura-Mazda, el Señor de la luz, que ordena al hombre vivir justa y rectamente, buscando y practicando el bien, para lo cual debe negarse a sí mismo. La religión persa enseñaba una ética muy elevada, que no tenía nada que ver con la degradación moral que la babilónica transmitía. El triunfo persa se podría caracterizar, en términos actuales, como el advenimiento de nuevos valores. No los valores decadentes y corruptos de los babilónicos, que hacían agua por todas partes y que sólo podían satisfacer a mentes corrompidas y depravadas, sino nuevos valores, sanos, vigorosos y transparentes. Verdaderamente había amanecido una nueva era. La pesadilla de Babilonia se había acabado para siempre.
Además, entre los nuevos valores introducidos por los persas estaba la tolerancia, ejemplificada en el edicto de Ciro que permitía a los judíos deportados regresar otra vez a su tierra. Dicha tolerancia suponía una permisividad hacia otras creencias, muy diferente a la asfixiante atmósfera coercitiva que había sido Babilonia. Vientos de libertad se respiraban por todas partes. Vientos de cambio. Probablemente Daniel, aunque ya viejo y avisado por los años, también estaba entusiasmado con el cambio. Después de todo, había elementos de coincidencia, puntos de contacto, entre el judaísmo y lo que los persas habían traído, como el monoteísmo y un pronunciado sentido moral.
Pero las cosas no son lo que parecen y pronto se hizo manifiesto para Daniel que la ética persa, con su elevada noción de la justicia y del bien, podía ser puesta a un lado si ello servía a determinados propósitos, teniendo Daniel que enfrentar el ataque de quienes buscaban destruirlo. Ahora ya no era el jovencito que fue llevado a la corte babilónica y que tuvo el valor de negarse a someterse a una normativa degradante. Ahora era un anciano, de escasas fuerzas físicas. Sus enemigos procuraron encontrar una rendija en su integridad, en lo referente a la administración de los asuntos seculares. Pero la ética de Daniel era tan elevada, que sobrepasaba a la ética persa. Entonces sus enemigos maquinaron un plan para hacerle caer: Consistió en que tuviera que decidir entre la lealtad a su conciencia y su Dios y la lealtad a la ley civil. Y para ello elaboraron una ley, que iba directamente contra la justicia propugnada por los valores persas, para que Daniel no tuviera escapatoria. Porque lo que les importaba no era la justicia sino acabar con este hombre y lo que representaba.
Daniel, a pesar de que ya estaba en una edad en la que lo último que quiere cualquiera es complicarse la vida, no tuvo duda de qué es lo que tenía que hacer, aunque eso le supusiera la vejación y la muerte. Su caso nos enseña una lección muy importante: Incluso los mejores sistemas humanos de ética y valores pueden ser transgredidos y negados por quienes los propugnan, si hay intereses más convenientes.
Su caso enseña también que hay leyes torcidas que son el cauce que sirve para legitimar planes torcidos, previamente urdidos. Como los planes son perversos, las leyes que le dan garantía jurídica también lo son, aunque sean legales. La ley, de ese modo, se convierte en un mero expediente para conseguir un propósito que es maligno.
Tengo la impresión de que Occidente se parece bastante a los antiguos persas. Teóricamente la justicia y el bien son los valores supremos y los cristianos tenemos mucho en común con los mismos. Sin embargo, como ocurrió con los persas, hay leyes fundamentales que han sido aprobadas por los parlamentos, que atentan contra lo justo y lo bueno, como es el caso de la redefinición de matrimonio y de familia. El dilema que se nos plantea a los cristianos es parecido al de Daniel: Si vamos a plegarnos a la ley civil o vamos a ser fieles a nuestra conciencia, moldeada por la Palabra de Dios. Eso significará enfrentar las consecuencias. Pero el ejemplo de Daniel muestra que Dios honra a los que le honran y vindica a quienes vindican su ley por encima de cualquier otra.

©Protestante Digital

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