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Apousía y Parousía, Eduardo Padrón

Parousía es presencia y apousía ausencia. En el buen sentido hay una apousía de Cristo que anuncia su parousía

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“Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12).

Entiendo que el título no les dice mucho a unos cuantos, y tal vez nada a una mayoría. Sin embargo, alude tanto a lo cotidiano que nos sorprendería. Se los ilustro. Un joven fue enseñado a conducir por su padre. En todo el tiempo de su enseñanza y hasta que cumplió la edad para conducir solo, su papá le acompañaba, lo corregía y se mantuvo cerca evaluando su progreso hasta que llegó el día cuando el ave tendría que lanzarse al aire y batir sus alas solo; lo aprendido debía mantenerle, preservarle y orientarle en lo sucesivo. En la presencia del padre era una cosa, pero no en su ausencia. Estas dos condiciones son las descritas por nuestros misteriosos términos griegos: parousía es presencia y apousía ausencia.
Pablo enseñó a los filipenses como un padre. Estuvo con ellos en una presencia pedagógica que les instruyó en el camino del gozo cristiano; una satisfacción que resultaría del apego fiel y obediente a aquella instrucción esclarecedora, correctiva, motivadora que probaba su calidad cristiana. Pero en su ausencia la exigencia es otra. Algunas de las parábolas del Señor tienen esa idea. El señor de la viña, de la tierra o de la hacienda se va lejos y deja a sus siervos como mayordomos entrenados y orientados en el quehacer cotidiano durante toda su ausencia (apousía). Una atmósfera invisible de confianza y libertad deja latente su regreso cuando en su presencia (parousía) tendrían que rendirle cuentas de su obrar y de sus frutos.
La vida está llena de esos mini dramas que, casi sin darnos cuenta, prueban y demuestran lo que se lleva por dentro. Es en la soledad cuando las máscaras se diluyen y sin maquillaje alguno el alma desnuda muestra su verdadero rostro. En este juego de la vida unos son más habilidosos que otros. Sin embargo, en la vida cristiana este es un  ripio del “viejo hombre” que hay que erradicar. La verdadera prueba del creyente está más en lo cotidiano que en los grandes esfuerzos aislados y temporales. No se doblega el acero con un solo martillazo.
Hoy vivimos ―y permítanme decirlo así― en la apousía de Cristo. Su presencia es intangible, verdadera y constante tal como lo prometió: “Y tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos” (Mateo 28:20. NTV). Es el “ya” de su presencia invisible del que nos hablan los teólogos, pero sin obviar la cláusula de la expectación, el “todavía no” que nos anuncia su venida y que impone una esmerada espera. La pregunta es, ¿cómo nos comportamos en su ausencia? ¿Cuánto de lo aprendido estamos cumpliendo en la apousía del Señor?
Hay una respuesta muy específica a estas preguntas que da Pablo en Filipenses 2:12: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Una exhortación que un gran número de creyentes interpretan como un llamado a no perder la salvación, desplazando la verdadera lección en perjuicio del desarrollo cristiano. ¿Qué quiso decir Pablo?
Me gusta como traduce esta cita la Nueva Traducción Viviente: “Queridos amigos, siempre siguieron mis instrucciones cuando estaba con ustedes. Y, ahora que estoy lejos, es aún más importante que lo hagan. Esfuércense por demostrar los resultados de su salvación obedeciendo a Dios con profunda reverencia y temor”. Considero que esta es la llave: preocuparse, no por mantenerse salvo, sino por aplicar la salvación a todas las áreas de la vida.
La gran razón la da Pablo en el siguiente versículo: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”. Fuimos justificados una vez y para siempre, pero Dios en su buena voluntad sigue obrando en nosotros; “Dios produciéndolo todo, y nosotros obrándolo todo” (Barclay). Un creyente que pasa la vida tratando de mantenerse salvo, pierde un valioso tiempo pues no logra que las demás áreas de su vida sean afectadas por la salvación recibida. Lo peor es que el esfuerzo por mantenerse salvo puede conducirlo al legalismo o a una religiosidad sin grandes efectos en el carácter; al final, solo habrá alimentado la inseguridad.
¿Cuál es el gran anhelo de un maestro? Nunca será que sus discípulos se mantengan encadenados; firmeza no es cadena, es perseverancia en el andar sobre el saber que ya se sabe y el que va adquiriendo en su crecimiento, pues no puede crecer quien olvida lo enseñado ni quien lo cuida como tesoro viejo y desusado. Hay creyentes que son como una vajilla fina que solo se reserva para momentos especiales. Es mejor ser vaso usado que vajilla fina y para eso nunca debe olvidar la enseñanza recibida y jamás debe estancarse en ella. El crecimiento del creyente tiene una medida que no alcanzará en esta vida: el carácter de Cristo.
En la apousía de Cristo el reto es crecer con una calidad que emerge desde lo profundo y sobre la base de un nuevo hombre creado “conforme a la imagen de Dios” y que “se va renovando hasta el un conocimiento pleno” (Colosenses 3:10). No es una espiritualidad llana, superficial y solo carismática; es la profunda obra de Dios que emerge hacia la periferia de la vida; demostrable en hechos, posturas, actitudes, responsabilidad, honestidad y justicia aunque nadie nos esté observando.
La satisfacción del padre es saber que sus hijos hacen lo correcto donde quiera que estén, que van creciendo y asumiendo posturas maduras y responsables. Así debe ser en la vida cristiana, una evidencia diaria que demuestra quién es nuestro Padre y que le honramos en este mundo.
En el buen sentido hay una apousía de Cristo que anuncia su parousía. ¿En qué nos cambia estar conscientes de ello?

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
Min. Educación y Cambio
edupadron@gmail.com

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